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20/FEB/2026
America nel nostro pellegrinaggio
Fin dalle sue origini a Maiorca, il Movimento dei Cursillos nacque con una vocazione universale e si diffuse rapidamente in America, dove trovò un contesto umano vario che ne arricchì lo sviluppo. Il testo riflette sulla sua crescita, sui suoi successi e sui suoi rischi, difendendo un approccio centrato sulla persona, sulla libertà e sulla vita autentica del Vangelo come cammino per continuare a costruire comunità e speranza.

En el clima de júbilo del acto de clausura del primer cursillo de la historia, hace ya casi 40 años, en esa pequeña isla del clásico Mar Mediterráneo que es Mallorca, uno de los dirigentes plasmó en una expresión atrevida y casi retadora, la seguridad de éxito y la convicción de universalidad que caracterizaban a aquel pequeño grupo de seglares que iniciaban el Movimiento.

"No pararemos hasta dar un cursillo en la luna".

No era quimera, ni ingenuidad, ni prepotencia; era esperanza desde la fe. Se había construido todo el método -pese a las incomprensiones de los sabios- desde la persona y para la persona. Y desde esta certeza surgía la convicción, nunca ya resignada, de que lo que nacía tenía valor universal, y había de traspasar tierras y mares, fronteras y continentes -quizá incluso espacios siderales-, porque donde fuera que una persona quisiese ser feliz o le doliera no serlo, el método y el movimiento de Cursillos algo tenía que decirle y mucho que aprender.

Poco después nuestra esperanza fue tornándose en gozo y experiencia, alumbrando nuevas esperanzas. Los Cursillos se extendieron primero a diversas zonas del territorio peninsular español y después, en 1953 dieron un salto histórico a Colombia. En 195? empezarían también en los Estados Unidos, y el año siguiente en México y poco después en Venezuela, y desde ahí, imparablemente ya, al resto del continente americano -del Nuevo Mundo- . Y al mismo tiempo o poco después, a todos los puntos cardinales, en un proceso que no cesa.

Para quienes iniciaron la aventura de los Cursillos, América ofrecía la imagen previa de ser un continente de colores de fortísimos contrastes, de acogida múltiple, de visión nueva, donde se conjugaba como en muy pocos otros lugares la afirmación de lo individual y el sentido del otro y el del conjunto. Por suerte, a nuestro entender, el Evangelio -aun habiendo entrado en sones de conquista- era allí más música que letra, más eco general que voz escueta, más brújula que norma.

Los Cursillos nos parecían hechos a la medida de la sin medida de las Américas.

Así resultó ser. Nuestra dimensión americana, en una primera etapa, se centró esencialmente en la oración y en el disfrute del género epistolar. Nunca habíamos pensado que aprenderíamos tanta geografía para dirigir más certeramente nuestra oración hacia el lejano lugar donde se celebraba un nuevo Cursillo, y desde donde alguien nos escribía con la misma ilusión con que nosotros profundizábamos en nuestra propia realidad.

Pero después quiso el Señor que quien primero firma este artículo tuviera la suerte de viajar con frecuencia a América, y contactar directamente con la realidad cada vez más cuajada de los Cursillos en aquel continente.

Y lo que hemos percibido allá es una encarnación renovada y más transparente de lo que ya vivíamos aquí: que cuando en un determinado lugar y tiempo los Cursillos cuentan con un grupo de seglares enraizados en la normalidad de sus vidas y preocupados y volcados en sus ambientes laicos, en comunión con un grupo de sacerdotes -o quizá con uno solo- entonces los Cursillos se mantienen vivos, dinámicos y con vigor de estreno; y que, cuando, en cambio los Cursillos gravitan alrededor de impulsos pastorales expresamente intra-eclesialeas, para nutrir o mejorar otras obras y movimientos de Iglesia como afán primario, entonces el Movimiento adopta un tinte sacrificial que le hace languidecer, o un carácter de círculo cerrado, donde la organización se come la mística y donde vemos con tristeza que lo antes alejados de la fe, primero se les acerca, y después se les cerca.

Hoy que los Cursillos están ya en los cinco continentes, creemos poder afirmar que el testimonio que de América nos llega es globalmente de los más enriquecedores, sin poder negar que tiene también algunas lagunas que el carácter tan multiforme y hasta contradictorio de esas entrañables tierras hace quizá por ahora- inevitables.

Nos preocupa especialmente que estas limitaciones del Movimiento de Cursillos en América puedan ser trasposición de defectos o carencias nuestras, trasplantadas allá desde la España fundacional. Por caridad, que nadie vincule la onda expansiva de Cursillos desde España al resto del mundo -y en concreto a América- con recuerdos de conquista ni con nostalgias de Quinto centenario. Los Cursillos no son de una cultura, y por tanto tampoco de una nación; al menos así quisimos que fueran, desde su inicio: gentiles con los gentiles.

Creemos que las diferencias de ritmo y de rumbo detectadas, a que antes aludíamos, que están presentes en toda la geografía de Cursillos, no son sino la trasposición a nuestro tiempo de aquellas diferencias de acento en el mensaje del Evangelio que ya contemplamos en los Hechos de los Apóstoles, entre Pedro y Pablo, o entre circuncisos y no circuncidados. Ojalá sepamos crear en esas encrucijadas el clima de reunión de grupo que late en el relato apostólico, y convertir en dinámica creativa esas divergencias, y lo hagamos en esa caridad hecha de respeto y atención a la persona que es la más honda entraña de Cursillos.

En cualquier caso, América ha sido el lugar desde donde el Movimiento ha alumbrado sus definitivas estructuras unitarias y de comunión: los secretariados nacionales, los grupos internacionales y la oficina mundial. 5u radical vocación de universalidad como movimiento ha encontrado en la entraña plural y cósmica de América su propia dimensión.

Tras estos casi 40 años de presencia en América, seguimos pensando que América es un continente de colores, que aún espera que alguien sepa decirle vivencialmente que esos son los colores mismos del alma en Gracia, de tal forma que pueda ser plenamente ella misma en el gozo del Evangelio. Alguna estrofa de esta canción hemos ya cantado entre todos, pero es preciso seguir cantándola y peregrinando en pos de la persona, aquí y allá, para que el canto se haga coral y magnífico.

Y creemos que así sucederá porque seguimos sin renunciar a "dar cursillos en la Luna" -si hubiera allá a quien darlos-, y porque pensamos -como hemos dicho ya- que:

"Unos hombres, 

con ayuda de la ciencia 

y del apoyo económico,

hay recorrido la distancia 

que hay de la piel del hombre 

a la Luna; 

nosotros intentamos algo inmensamente más difícil;

llegar desde la piel del hombre 

a dentro del hombre,

para conocer mejor el camino 

hacia nosotros mismos

y el camino hacia los demás; 

para tomar mayor conciencia de la maravilla de nuestro vivir; 

para mejor saber convivir

con los demás hombres

la aventura de ir siendo persona".

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