El hermano y ya amigo Alfonso Vélez Leija, me invita a colaborar en este número de “CAMINO, VERDAD Y VIDA”, publicación que además de tener un título que invita a andar por el camino de Cristo, guiados por su verdad e impulsados por su vida; lo precisa y lo matiza aún más, si es que cabe, con su subtítulo, al explicitar en él, que “Prolonga un encuentro…”
Es que el encuentro que se produce en el Cursillo de Cristiandad no puede parar ahí, sino que tiende a ser prolongado en el tiempo y en el espacio, hasta convertirse en auténtica amistad, en frutífera cercanía, que anima a andar, que orienta los pasos y que impulsa hacia la meta.
La gozosa circunstancia de querer celebrar los 20 años de Cursillos en la Diócesis de Torreón es sin duda una ocasión propicia para la reflexión y el agradecimiento.
No necesita demostrar, por la simple razón de haberse hecho evidente en muchas partes, que el Movimiento de Cursillos de Cristiandad, donde ha sido captado, entendido y experimentado en línea con su finalidad plena, ha movilizado —puesto en movimiento— a muchas personas.
Normalmente, todo el que tiene capacidad de llaneza, y sabe vivir los tres días del Cursillo con la disposición y la actitud, interna y externa que se precisa para poder acoger con provecho su mensaje, encuentra su centro en Cristo liberador, y trata de orbitar en ÉL y por ÉL, su vida de una forma personal, sin olvidar la comunitaria.
Como la Gracia es creativa, cuando es captada por el eje de la persona, le potencia lo mejor de sí misma y le impulsa a nuevas realizaciones, que —si no son manipuladas— suelen tener el inconfundible perfil de la más radical originalidad.
Cuando las ideas, las inquietudes, los deseos y las voluntades de muchos —de una comunidad concreta— hacen fructificar nuevas realidades, es muy bueno poderlas contemplar en su vertiente retrospectiva y prospectiva, desde la ventana abierta de un acontecimiento, como la celebración de los 20 años, para poder reflexionarlas con lucidez y agradecerlas con el calor que tiene siempre lo vivido y compartido de manera entrañable.
La reflexión sobre lo que nos sucede, o lo que ha sucedido en situaciones que nos afectan, es cabalmente el instrumento más útil para ubicarnos en la realidad, liberarnos de sus servidumbres, y proponernos transformarla; lo que, por otra parte, no acertamos a conseguir sino encarnamos dicha reflexión con el estilo propio de nuestra personalidad y en la pista solidaria y cálida de la amistad.
Tomar conciencia de las realidades que hostigan nuestra integridad y que, por ello mismo, están hostigando también al Movimiento de Cursillos, es el primer paso necesario para una puesta a punto.
Se dice que, en los inventos y experimentos de vehículos espaciales, lo que ha supuesto más dificultad, lo que ha sido más laborioso, mucho más que el invento en sí ha sido poder dar —por fin— con la aleación adecuada para conseguir una clase de material que pudiera resistir las grandes temperaturas a que la velocidad y la fricción con la atmósfera la someten.
Se diría que, al hombre de hoy, se le pide lo mismo: necesita también reunir en su persona determinadas cualidades sino quiere ser víctima de las presiones a que, necesariamente, en todo momento, viene a estar sometido.
Todo hombre (o mujer, claro), por el sólo hecho de serlo, se siente, tal vez en este tiempo más que nunca, atraído por una serie de fuerzas que le instigan a prestarles una atención desmedida, intentando inclinarle, instrumentalizarse y hasta radicalizarle en un aspecto concreto en detrimento de los demás.
El hombre es un equilibrio de equilibrios equilibrándose y precisa de mucha voluntad de equilibrio —no del equilibrio vacilante del equilibrista, sino del equilibrio integrador del Evangelio— para que los acontecimientos inesperados y las situaciones nuevas no le descompensen, y para que sus inercias no le paralicen.
Hoy el hombre, los hombres, nos sentimos presionados y constreñidos en nuestro ser de hombres por el poder, el tener, el saber y el placer; para que pueda emerger la persona libre, hace falta contener la incidencia que pretenden tener cada una de estas presiones en nuestra vida. Normalmente será preciso interiorizar la realidad que nos presiona, asumiéndola y transformándola desde nuestra intención más honda; y en muchos casos incluso será necesario poner un dique que contenga y aun contrarreste el ímpetu, no pocas veces desbordado de sus demandas.
A la presión de poder, a la tentación de poder, hay que encauzarla hacia su finalidad, que es el servir; a la del tener, hay que situarla en el punto preciso en que el tener no cosifica, que es el equidistante del miedo de ser esclavo de la miseria, y el no menos dramático de serlo luego de los caprichos. El saber que presiona al hombre para que se aísle de lo real, o lo instrumentalice, debe servirle para ir esclareciéndose con la verdad, para que, a medida que nos adentremos en ella, nos vaya haciendo de verdad más libres. Y al placer hay que convertirlo en gozo, porque se sepa situarlo en una pista de conjunción de los impulsos y las convicciones.
La paz, la justicia, la fraternidad… todo lo que la humanidad ansía, se le puede dar el hombre cristiano (fe, esperanza y caridad, hechas vida en el hombre), mientras éste encuentre el camino, el estilo y el impulso para serlo con autenticidad. Sin mesianismos y sin fanatismos, sino en espíritu y en verdad.
Si el Movimiento de Cursillos sigue en su tarea de simplificar, posibilitar y facilitar el camino para que los hombres encuentren un clima adecuado para poderlo ser de verdad, sin desintegrarse ante las pruebas duras, sino intentando ser uno mismo en el concierto de los que se esfuerzan para integrar todas las realidades en un todo humano por cristiano y cristiano por humano, irá cumpliendo en el mundo su misión.
La celebración de los 20 años, además de ser una gran ocasión para agradecer lo conseguido, lo es también para programar con ilusión y esperanza lo que sin duda va a conseguir Cristo por nosotros, si tenemos el buen gusto de seguir avanzando con entusiasmo en su camino en su verdad y en su vida.
Eduardo Bonnín