Publicado en “Los iniciadores opinan”. Febrero 1990
A los que, porque así lo quiso Dios, y sin ningún mérito por nuestra parte, fuimos los iniciadores del Movimiento de Cursillos de Cristiandad, nos duele comprobar que casi siempre las faltas de fidelidad al Movimiento, sean normalmente debidas a no tener clara su finalidad. Para que ésta esté centrada y se mantenga siempre viva, activa y operante, es preciso conocer LA MENTALIDAD que la explicita y esclarece, y EL METODO que la orienta y encauza.
LA MENTALIDAD
La Mentalidad puede proceder de una opción cristalizada o de una cristalización optada, y en estos casos es estática; puede ser buena, hacer el bien y estar desfasada en el modo, en la manera o en el objetivo, o sea en la misma mentalidad.
No podemos domar las verdaderas, ni que las ideas (verdad concretada y por ello recortada) nos domen… mejor debemos vivir la aventura de caminar en un sentido, y con sentido, hacia donde la vida y la historia reclaman; una fe ilumina, una esperanza indica y un amor dinamiza.
Hay que ir respondiendo a las circunstancias históricas, con responsabilidades y preocupaciones intrahistóricas, bajo la visibilidad meta-histórica y todo con personas concretas y para personas inconcretables.
Las mentalidades pueden ser pluralistas, pero para ser válidas no pueden ser opuestas al soplo del Evangelio.
EL MÉTODO
El Método, a pesar de haberse demostrado eficaz, no puede sustituir a la reflexión. Todo lo que tiene un éxito sonado, resonante, parece que obliga a entregarse en manos de una fórmula para repetir el éxito.
El Método de Cursillos de Cristiandad, no es para arrancar decisiones, sino para madurar convicciones.
El hombre descubre la Verdad en la medida en que se empeña personalmente en buscarla, en combatir por ella, en defenderla.
La fe obliga a una profunda exigencia de sinceridad que reclama y requiere un continuo y desvelado avizorar lo mejor.
El Movimiento de Cursillos, no tan sólo no tiene que dispensar de todo esto, sino que tiene por objetivo darle una vigencia y una constancia viva y apasionada, ya que implica un interrogante a la luz de la Gracia sobre el momento del mundo y el hacer llegar hasta lo más hondo de cada uno, las exigencias de una fe vivida a partir de la dignidad humana, que abraza por igual a todos los hombres.
Eduardo Bonnín