El hombre o la mujer cuando se dan cuenta que son personas no pueden menos de pensar. Todos sienten un impulso interior que les mueve a encontrar la Verdad, les parece demasiado el que la Verdad, al encontrarla, asimilarla y aprender a vivirla les haga libres, porque esto de ser libres, les fascina tanto o más que la misma Verdad, aun teniendo una idea bastante equivocada de ambas cosas.
Ser libres, hoy que hay tantas cosas que nos estorban y aturden, es un lujo que nos parece excesivo.
Es que uno no se siente con fuerzas para vencer su timidez o su miedo, ante tanta circunstancia adversa, para poder afrontar la realidad con criterio cristiano, pues se da cuenta que las leyes y las estructuras sociales casi siempre sostienen una cosmética de lo cristiano, lo que engendra y produce la simulación o el disimulo, cosas que repele a los que piensan con un mínimo de honradez.
Pero lo cristiano no hay que buscarlo ahí, sino donde Cristo nos dice que está situado el reino de Dios, que es en el interior de cada uno.
Si cada uno se preocupara de descubrir lo que hay en su interior y las posibilidades que puede posibilitar no podría dejar de alegrarse.
Más que por otra cosa el mundo de hoy se encuentra desorientado, precisamente porque el hombre vive abocado a su exterior, sin pensar en el tesoro que lleva dentro, sin embargo, ante las personas que tienen fe, no puede menos de sentirse atraído.
La sinceridad de los convencidos que hablan desde el aplomo de su fe no puede menos de llamar su atención y hasta les despierta cierta envidia. Ignoran que tal cosa está al alcance de todas las fortunas y que lo que importa es poner los medios, y no a medias, para que el Señor haga después lo demás.
La dimensión interior de la persona es mucho más importante que lo exterior. Si nos reconocemos como personas y nos reconocemos en cada persona, aprendemos a captar y apreciar algo único e irrepetible, en uno mismo y en cada uno. Tenemos conciencia de no ser un número de una serie, sino que tenemos una singularidad personal que nos caracteriza y diferencia de los demás seres humanos. Este sentido de único e irrepetible es lo constituye la dignidad de la persona.
El reconocimiento del valor de la persona en sí misma, descubierto primero en uno mismo y después trasladado a los demás, es lo que crea el vínculo humano de la amistad, que es sentirse cercano de otras personas y poder comunicarse con ellas de manera abierta y sincera.
Eduardo Bonnín Aguiló