25 años de Cursillos de Cristiandad, suponen un avance continuado en planos distintos y diversos. Cada uno de ellos puede ser materia de reflexión que nos conduzca al agradecimiento asombrado y reiterado por lo que el Señor ha ido consiguiendo durante este tiempo, en nosotros y en muchos otros.
Son innumerables las vidas que antes de vivir la aventura y la experiencia de un Cursillo, y al decir de ellos mismos, eran tan sólo barro y tristeza, y, ahora “son luz en el Señor”.
Todos sabemos que el Cursillo no tiene en sí su finalidad, lo que se pretende con él, es que LO FUNDAMENTAL CRISTIANO, consciente, vivo y activo en el hombre, fermente el mundo o, mejor dicho, la humanidad, que es la vida de los hombres del mundo en su mundo, en su ambiente, en su circunstancia, en su lugar.
El Cursillo pone en situación y ocasión de contagio a unas personas con otras, para que a través de una comunicación vital en el terreno de la amistad y de la gracia, puedan ir aprendiendo, amando, lo que tan sólo amando se puede entender.
Por la gracia de Dios, muchos han sido los que al ir a un Cursillo, como el ciego de nacimiento, “se lavaron y vieron”; tal vez como él, en un principio, y también por el ímpetu insólito de lo recién descubierto, los hombres les parecieron árboles, pero su unión con el Señor, por la gracia y su contacto cálido, frecuente y eficaz con los hermanos, les fue serenando su espíritu, les profundizó su convicción y les fue impulsando su decisión, y, aun que pueda haber habido sus baches, desde entonces su actitud ante la vida, ha sido distinta, más motivada, más animada, más contagiosa.
Cuando se acoge el mensaje del Cursillo y se va realizando en la vida, uno lo dice al otro, el otro al de más allá, y la noticia, la buena nueva de haber encontrado sentido a su vida, se va propagando, extendiendo y dilatando… y llega a ser tanta su extensión, que uno no puede menos de recordar –agradecido- el comienzo del Evangelio de Mateo, donde relata la genealogía de Jesús: fulano de tal, engendró a tal y tal engendró a cual, y así se llega al nacimiento de Cristo, el Salvador.
Es siempre interesante por demás leer y recorrer las sucesivas listas de los asistentes a Cursillos de una localidad, desde que fueron iniciados. En ellas es interesante observar que, como los jornaleros de la parábola evangélica, unos fueron llamados a la primera hora, otros lo fueron más avanzado el día, a otros el Señor los llamó al atardecer; unos a distintos espacios de tiempo y a otros en distintas etapas de su vivir, pero a unos y a otros les fue ofrecida la gracia, la semilla fue echada, pero no todo ha ido fructificando de la misma manera.
Desde siempre nos ha acuciado la realidad que contiene aquella idea de que “no está bien, aquello que, estando bien, pudiera estar mejor”. Siempre cabe más y siempre cabe mejor, cuando se sabe que lo que se hace es por Cristo. Por esto, juntamente con la acción de gracias por lo concedido, por lo logrado, creo oportuno dedicar un recuerdo y una oración por todos aquellos que no obstante ser buena la semilla sembrada, y aún habiéndola recibido con gozo, tuvo y tal vez tenga todavía, serias dificultades en fructificar.
Que nuestra oración agradecida y confiada consiga, por los méritos de Cristo y la mediación de la Virgen, Madre de todos, que todos los que hemos sido llamados, nos sintamos hermanos de todos, estemos dispuestos y abiertos y seamos felices.
Eduardo Bonnín