Si uno bucea en su mismidad con sinceridad, halla en el fondo del fondo de sí mismo cualidades buenas y cualidades malas.
Si la reflexión es serena, y no motivada por el golpe de mar de un suceso, de algún acontecimiento desagradable que hay enturbiado o encrespado la superficie, normalmente quieta del lago de su interioridad, donde suelen reflejarse las ondas que en lo hondo causan y producen la resonancia de los acontecimientos que a uno le toda vivir en su vida.
Uno mismo, para ser sí mismo, ha de pertrecharse para defenderse de todo lo que pretenda echar raíces extrañas en su mismidad; y la vigilancia se impone porque dentro de cada uno existen semillas y gérmenes que al tener un cultivo apropiado crecen, se propagan de manera totalmente acelerada.
El egoísmo de cada uno tiene mil facetas y lo más peligroso es cuando se presenta disfrazado de otra cosa para despistar.
La posesión plena de uno mismo exige tener a raya el egoísmo.
Lo peor del egoísmo es que está reñido con la felicidad cuando uno observa, en hora serena, la trayectoria del surco que ha abierto un acontecimiento determinado en su interior, puede saber si éste se dirige hacia su mejoramiento o en el sentido contrario a él.
Cuando se tiene tesón para mantenerse hombre a pesar del peso de las circunstancias, el hombre va descubriendo su ser de persona. Esto es su convicción, que no es más que su singularidad, su originalidad y su creatividad, que se va perfilando al ir venciendo las dificultades que se oponen a ser sí mismo.
El hombre que tiene la valentía para bucear hasta el fondo de sí mismo, se encuentra con Dios. Y el hombre que busca de verdad a Dios, lo descubre en el fondo de sí mismo.
Este encuentro pone en su quicio la persona y le hace ver las cosas desde su óptica precisa para verlas con objetividad.