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25/MAR/2026
El hombre es amado por Dios
Los Cursillos anuncian la verdad esencial: Dios ama a cada persona. Desde la amistad y la experiencia personal, impulsan una fe vivida que transforma la vida y el entorno. Desviarlos de su esencia o instrumentalizarlos rompe su dinamismo y autenticidad.

Nos lo recuerda el Santo Padre en la Encíclica “Christifideles laici”: “¡El hombre es amado por Dios!, este es el simplísimo y sorprendente anuncio de que la Iglesia es deudora respecto del hombre. La palabra y la vida de cada cristiano pueden y deben hacer razonar este anuncio: ¡Dios te ama, Cristo ha venido por ti; para ti Cristo es “el camino, ¡la Verdad y la Vida” (Jn 14-6)

Por eso decimos que los Cursillos de Cristiandad, son la mejor noticia: -no puede existir ninguna mejor- que Dios nos ama; comunicada por el mejor medio, que es la amistad; hacia lo mejor de cada uno, que es su ser de persona, y por tanto su capacidad viva, personal y consciente de convicción, de decisión y de constancia.

Sabemos bien, y en cada Cursillo genuino, se puede ir comprobando, que la fe que tiene uno en la realidad de que Dios le ama, impulsa a las personas desde sí mismas, a través de los acontecimientos y las cosas que se le presentan a su vivir, hacia su más radical originalidad, hacia su más dinámica creatividad, y hacia su más desbordante plenitud.

Cuando esta buena noticia es captada, creída y llevada a la práctica es órbita y cauce de la mejor realización personal y de la más adecuada integración social.

Para el cristiano que lo es de verdad, para el que de verdad quiere serlo, todo acontecer es un reto constante, una invitación, una propuesta que sitúa al hombre ante la disyuntiva de poder ser más plenamente él mismo, más humano, más persona, o, por el contrario, huir de sí mismo y abandonar el camino hacia su personal plenitud y destino. Pues la vida individual bien vivida es aquella que llevamos cuando vencemos las contingencias de la materia por las permanencias del espíritu.

Y ahí está el motivo que nos ha movido a apuntar siempre a la distancia que hay desde la piel del hombre a dentro del hombre.

Y ahí es precisamente donde estamos dirigiendo nuestros esfuerzos desde el inicio del Movimiento de Cursillos, hacia el interior del hombre, donde nos dice el Evangelio que está el reino de Dios.

Para irlo logrando, hay que ir comprendiendo, que el Movimiento de Cursillos  de Cristiandad es, antes que otra cosa, un espíritu, un estilo, un talante, por cuya razón es muy difícil dar de él una definición cabal en la que puedan caber todos los elementos que los integran y estructuran, por eso su definición tiene que ser siempre aproximada y abierta, porque a las cosas del espíritu es imposible apresarlas, expresarlas y reducirlas a conceptos, pues estos son siempre desbordados por su radical y continuada vitalidad.

Porque entender, comprender y sobre todo vivir lo que el Movimiento de Cursillos proclama y persigue, supone saber mirar, enfocar y experimentar lo cristiano en su auténtica esencialidad, en su núcleo vital más certero, centrado y preciso, que es el que se deduce de la simplicidad del Padre Nuestro y de la frescura perenne de las Bienaventuranzas.

Es que la religión es la historia de lo que el hombre ha hecho para acercarse a Dios, y la fe, es creer en lo que Dios ha hecho, por Cristo, para acercarse al hombre.

Sin duda uno de los problemas que los Cursillos hacen emerger en las comunidades que no acaban de entender el porqué y el para qué de los Cursillos, es querer domesticar, y emplear a los que han vivido la experiencia de un Cursillo, para intentar revitalizar lo que desde hace mucho tiempo está desvitalizado, y que se ha venido llamando cristiano, sin acabar de serlo del todo y de verdad, por carecer del empuje y la garra para contagiar y convencer a la gente de su entorno, y donde se hace lo de siempre, con la desgana de siempre, lo que evidencia un pío comportamiento que alguien certeramente llamó el cansancio de los buenos.

Los que se dicen buenos tienen que comprender que la proliferación anárquica de la buena semilla produce conflictos nuevos que, si no están preparados para afrontarlos y no se encauzan convenientemente y con mucha caridad, crean problemas que estorban su placida manera de ser cristianos. Pero gracias a Dios no es siempre así, sino que cuando, con vivo interés y lúcida humildad, los cristianos de la primera hora – los Cursillistas veteranos- entran en contacto con los convertidos o reconvertidos en un Cursillo, y son acogidos y comprendidos por ellos, sin paternalismos trasnochados, toda la comunidad cristiana se siente animada y rejuvenecida con el nuevo vigor y renovado empuje de los nuevos hermanos, lo que redunda en bien de todos.

Y se logra, con el mutuo y recíproco conocimiento de cada uno, que unos afinen y templen su criterio y que los otros salgan de su monótona y aburrida rutina.

Cuando pretendemos otras cosas de los Cursillistas y les aturdimos con “ofertas” apostólicas, de las que tanto abundan en el mercado de lo pío, sin dar tiempo a que vayan asimilando lo recién descubierto o redescubierto, y les sermoneamos pretendiendo que maduren como los plátanos en la cámara de nuestras reflexiones, cortamos o dislocamos el proceso de su conversión, y fastidiamos con ello muchas cosas. Sobre todo, cuando les metemos en tareas intraeclesiales obligándoles a seguir un “rol” que no es el suyo, entonces ya no actúan impulsados por la dinámica personal de su normal vivir lo cristiano, que es sin duda lo que más puede contagiar y convencer a los de su entorno.

Frecuentemente nos quejamos de la falta de candidatos y la causa a veces la motiva que a los que han vivido un Cursillo, les desubicamos de su normalidad, empleándoles en acciones apostólicas que les quitan el tiempo para dedicar y disfrutar de la amistad de los amigos de siempre, los que, al verle tan agobiado, les desaparecen las ganas de vivir ellos también el Cursillo.

Unas veces porque ignoramos lo que yendo a Cursillos se puede conseguir de ellos, y otras porque queremos conseguir algo que los Cursillos no están llamados a conseguir, nos desanimamos y llegamos a pensar que los Cursillos no sirven, y hasta si somos un poco humildes, tal vez pensemos que los que no servimos somos nosotros. Y ninguna de las dos cosas resuelve nada.

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