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23/ABR/2026
El “por qué” de Cursillos
Reflexión sobre el “por qué” de Cursillos: ante un cristianismo percibido como complejo y un mundo en crisis, propone redescubrir el amor y la amistad como sentido de la realidad, impulsando personas y ambientes desde lo auténtico.

Hace 25 años “El cómo y el por qué” explicitó los motivos personales y conceptuales de quienes iniciaron los Cursillos.

Se escribieron aquellas páginas en un contexto eclesial realmente polémico hacia Cursillos, y en un lenguaje mucho más actual del que se utilizaba entonces en la Iglesia, pero que hoy no resulta ya totalmente vigente ni plenamente sugestivo.

Desde entonces, muy poco se ha profundizado en el por qué fundante y desencadenante de los Cursillos. Tanto el capítulo correspondiente de “Instrumento de Renovación Cristiana” como el de “Mentalidad” de IFCC, diríase que son poco más que glosas de aquel texto básico.

La reflexión durante estos años, entre nosotros, ha insistido mucho más en el “qué” y el “para qué” (esencia y finalidad) que en el elemento causal. La razón debemos buscarla en que se ha escrito y se ha pensado para ayudar a quienes ya aceptaban los Cursillos como realidad, y los estaban incluso dirigiendo o manejando. Había que centrarles y orientarles, pero era innecesario motivar a quienes ya estaban volcados en el esfuerzo.

Sin embargo, el por qué es siempre lo más liberador y lo que compromete de una forma más viva y personal. En múltiples ocasiones se ha dicho en Cursillos que al hombre hay que impulsarle sus “por qué”, y no encasillarse en un “cómo”. Es obligado pensar que otro tanto suceda a escala de movimiento, y que sea en el por qué donde únicamente podamos buscar la alegre unidad multiforme de unos Cursillos genuinos, vivos y eficaces.

II

El descubrimiento básico, motivador, fue sin duda observar que el sentido de la realidad coincide con el sentido del Evangelio.

  • Si la realidad tiene un sentido, éste es evidentemente el amor. A escala personal, por simple percepción de lo que nos pasa, sabemos que el grado de felicidad o infelicidad se produce en torno a lo que amamos y somos amados. La fuerza creativa de lo real es siempre el amor (a personas, cosas, instituciones) o la revulsión que produce su contrario, el odio.

Este sentido de la realidad puede descubrirse por puro sentido común, o científicamente, en examen riguroso hacia el que apuntan, clara o balbucientemente, las tesis de psicología profunda y antropología actuales, así como todos los planteamientos filosóficos elaborados después de que la humanidad ha alcanzado un nivel de comunicación suficiente a escala cósmica.

  • Por otra parte, el sentido del Evangelio es también el amor. Dios nos ama, y su palabra y su noticia son de que esto es tan verdad que se identifica con lo amado y se hace hombre, para vivir en todos los hombres. Nuestro Dios no sólo nos explica sino que es el sentido de la realidad, y por ello será históricamente posible recapitular todas las cosas en Cristo.

III

Frente a esta convergencia entre lo que, desde la fe, sabemos es la verdad, y lo que desde la razón —el sentido común— vemos es la realidad, se plantea una doble observación igualmente lúcida:

1.- El cristianismo que percibe el hombre de hoy, por desgracia, es todo un complejo entramado de misterios, preceptos, instituciones y ritos. Veinte siglos después de Cristo, el hombre tiene una vaga idea de que su mensaje era el amor, pero no  se siente cristiano cuando ama y, si decide aproximarse al cristianismo o ha vivido en un ambiente que le llamaba cristiano, habrá captado con mucha mayor intensidad aspectos y conceptos muy distintos —al menos a primera vista— del amor.

Como consecuencia, el hombre real de nuestros días sólo detecta un cristianismo complejo, escasamente evangélico, donde el amor se utiliza para la retórica, mientras lo concreto se centra en los elementos míticos o mágicos, en el grupo de presión que en ellos se ampara, y en una moral de preceptos, generalmente frustrantes.

2.- A su vez, el hombre de hoy vive en plena crisis de civilizaciones y valores, en un clima general de incomunicación y de instrumentalización humana, y acuciado por un ambiente de competitividad a ultranza.

Este hombre sólo se siente feliz al amar y ser amado, pero amar o no le es fácil o no le es rentable, y casi le resulta ridículo esperar que otros le amen de veras.

Como su más honda intención es inasequible, se neurotiza, y se refugia en las realidades conexas o en los sucedáneos del amor —el sexo, el poder, el dinero, las empresas colectivas (políticas o de otra clase), etc.— : todo aquello que le permite un mayor nivel de comunicación con las personas y las cosas, aunque sepa que esa comunicación no llegará a ser amor real casi nunca.

En resumen, un cristianismo “complicado” y un hombre “acomplejado” eran y siguen siendo los datos en presencia.

IV

Pese a la gravedad de este planteamiento, cabe una solución que surge de una intuición fundamental y esclarecedora:

Cualquier idea distinta del amor, para realizarse en el mundo, tendrá —tiene— que manipular la realidad. En nuestro caso, en cambio, bastará con que la realidad, consciente de su propio sentido, genere espontáneamente su propia dinámica creadora. Seguirá existiendo posibilidad de error (si lo espontáneo no es auténtico), pero cualquier error será finalmente un dato enriquecedor de futuro, al suceder que la realidad sea más amada que el propio protagonismo de sus errores o aciertos.

Es preciso pues observar la dinámica de lo real, y hacer incidir en ella, sin alterarla, la conciencia de que, siendo fiel a su propio sentido y plenitud, está conectada con lo trascendente e inmersa en él. Realidad histórica y tangible y trascendencia serán así simplemente dos perspectivas de una única entidad y se potenciarán mutuamente.

V

Las fuerzas motrices de la realidad que no quedan fuera del ámbito operable son:

  • Las personas, que además de modificar, conscientemente o no, la realidad que les circunda, dan sentido a cualquier alteración de lo real, ya que ésta sólo tiene sentido si sirve para hacer un mundo más humano, donde la persona se realice como tal, en solidaridad con las demás personas.
  • Las estructuras o sistemas de organización de la convivencia y de las acciones colectivas. Toda estructura impide o retrasa unos cambios sociales determinados, mientras facilita que se lleven a cabo unas realizaciones concretas. Actúan las estructuras con una cierta autonomía y una evidente interdependencia respecto de las personas que las manejan, de aquéllas que están situadas en su marco o en su entorno, y de las restantes estructuras conexas.
  • Los grupos de amigos, que son el único sistema de convivencia sin sistema, sin estructura, sin comportamientos previamente atribuidos, sin finalidad expresa y concreta, y cuyo único “por qué” reside en que quienes los integran se sienten bien —amigos— con los demás.
    Los grupos de amistad no tienen un ámbito excesivamente delimitado, sino fluido, y se presentan con círculos concéntricos espontáneamente formados (un núcleo básico donde todos son amigos de todos, otro espacio donde algunos son amigos de algunos, y un ámbito en el que otros mantienen esporádicamente relaciones amicales con alguno del primer o segundo círculo). 
    El grupo actúa, por una parte, sobre sus componentes y, por otra, sobre su entorno. Junto a múltiples realizaciones y decisiones que ha adoptado un hombre al calor de su grupo de amigos, hay siempre actividades / no atribuibles a una individualidad, sino al conjunto del grupo. 
    Por otra parte, es notorio que hay muchos grupos reducidos de personas (una oficina, un equipo deportivo, un consejo de administración) que constituyen una estructura y pueden dar lugar a verdaderas relaciones amistosas entre sus miembros, pero estos grupos, cuyo centro de interés suele ser siempre el nódulo estructural y no la amistad, se entienden incluidos ya en el apartado anterior. 
    En lo que se nos alcanza, la valoración de los grupos o núcleos de amigos dentro de la dinámica de lo real, no se había aplicado conscientemente ni en la Iglesia ni en los movimientos humanos seculares, hasta Cursillos.
  • Finalmente, es de señalar que cada ámbito de convivencia humana, distinto del grupo de amistad, además de estar configurado por una estructura, posee además lo que designamos como un ambiente o “clima” colectivo. 
    El ambiente de un centro de trabajo, un club de recreo o una familia (clima de cordialidad, de incomunicación, de laboriosidad, de descontento), puede variar grandemente sin que se altere, al menos por el momento, la estructura en que se asienta, ni cambien de “papel” sus componentes. 
    El clima ambiental o ambiente actúa sobre la realidad y la configura, porque mueve a las personas que lo “respiran” a una actitud más o menos creativa, y porque precipita con gran frecuencia una alteración de estructuras que sin aquel ambiente hubiera tardado o hubiera requerido un esfuerzo mucho mayor.

Las instancias dinamizadoras (o paralizantes, o alienadoras) de la realidad sobre las que cabía actuar, son pues de cuatro tipos distintos: personas, grupos, ambientes y estructuras.

VI

Finalmente, ha de considerarse una última intuición motivadora: 

La amistad es la única concreción del amor que suele entender el hombre de hoy, porque a su vez es la única que está habitualmente a su alcance, excepto si el hombre, con su neurosis de aislamiento, se automargina de la realidad.

La amistad la encuentra este hombre, bien en determinadas personas —amigos— bien en algunos ambientes donde se siente cordialmente respetado y escuchado con interés desinteresado, lo que le mueve a actuar a la recíproca.

VII

Esta visión del sentido de la realidad y de su dinámica explican y motivan, no precisamente todo lo que se ha hecho, pero sí aquello que se posibilitó con la creación de Cursillos.

En primer lugar, la persona se configura como eje, ya que el amor cristaliza en ella y le posibilita el techo de todas sus auténticas dimensiones —individual y comunitaria, afectiva y volitiva, receptiva y creativa—. Pero no con todas las personas pueden incidir con igual eficacia en la realidad que debe reconducirse a su verdadero sentido. Se precisaban personas:

  • Inquietas por el sentido de la vida, como realidad primaria.
  • Objetivamente capaces de una acción transformadora de su entorno.

Quienes, con su forma de ser y actuar, más que por su situación y por su puesto, tienen facilidad para variar o crear un ambiente determinado donde trabajan o actúan, eran pues las personas más idóneas para iniciar la realización propuesta.

B) En segundo lugar, debía crearse un ambiente de real amistad, en que estas personas:

1º.- Descubrieran, por la intensidad del clima de amor operativo y por la reflexión en común, que en el amor reside la clave:

  • De su personal plenitud y felicidad, ya que les integra en el sentido real de su existencia,
  • De su eficaz contribución en la transformación de su entorno, y por él, de la realidad toda, cuya planificación verá ya como históricamente posible.

2º.- Se decidieran, libre y realmente a:

  • Formentar la consistencia de sus grupos de amistad, y procurar la creación de otros, densificando siempre el nivel de comunicación interpersonal entre los componentes del grupo.
  • Procurar que en los ambientes en que trabajan y actúan, se genere un verdadero clima de amistad, o, al menos, inicialmente, un estilo de actuación que valore y respete a cada persona.
  • Crear y mantener un ambiente nuevo y concreto, pero cada vez más generalizado, cuya única finalidad sea precisamente la comunicación habitual en amistad de todos aquellos que han descubierto esta misma evidencia.

Estos dos objetivos configuraron el Cursillo propiamente dicho, donde persona, mundo y Dios intentan ponerse de manifiesto (verbal y ambientalmente) como vinculadas en su eje por el amor.

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