Hace 25 años “El cómo y el por qué” explicitó los motivos personales y conceptuales de quienes iniciaron los Cursillos.
Se escribieron aquellas páginas en un contexto eclesial realmente polémico hacia Cursillos, y en un lenguaje mucho más actual del que se utilizaba entonces en la Iglesia, pero que hoy no resulta ya totalmente vigente ni plenamente sugestivo.
Desde entonces, muy poco se ha profundizado en el por qué fundante y desencadenante de los Cursillos. Tanto el capítulo correspondiente de “Instrumento de Renovación Cristiana” como el de “Mentalidad” de IFCC, diríase que son poco más que glosas de aquel texto básico.
La reflexión durante estos años, entre nosotros, ha insistido mucho más en el “qué” y el “para qué” (esencia y finalidad) que en el elemento causal. La razón debemos buscarla en que se ha escrito y se ha pensado para ayudar a quienes ya aceptaban los Cursillos como realidad, y los estaban incluso dirigiendo o manejando. Había que centrarles y orientarles, pero era innecesario motivar a quienes ya estaban volcados en el esfuerzo.
Sin embargo, el por qué es siempre lo más liberador y lo que compromete de una forma más viva y personal. En múltiples ocasiones se ha dicho en Cursillos que al hombre hay que impulsarle sus “por qué”, y no encasillarse en un “cómo”. Es obligado pensar que otro tanto suceda a escala de movimiento, y que sea en el por qué donde únicamente podamos buscar la alegre unidad multiforme de unos Cursillos genuinos, vivos y eficaces.
II
El descubrimiento básico, motivador, fue sin duda observar que el sentido de la realidad coincide con el sentido del Evangelio.
Este sentido de la realidad puede descubrirse por puro sentido común, o científicamente, en examen riguroso hacia el que apuntan, clara o balbucientemente, las tesis de psicología profunda y antropología actuales, así como todos los planteamientos filosóficos elaborados después de que la humanidad ha alcanzado un nivel de comunicación suficiente a escala cósmica.
III
Frente a esta convergencia entre lo que, desde la fe, sabemos es la verdad, y lo que desde la razón —el sentido común— vemos es la realidad, se plantea una doble observación igualmente lúcida:
1.- El cristianismo que percibe el hombre de hoy, por desgracia, es todo un complejo entramado de misterios, preceptos, instituciones y ritos. Veinte siglos después de Cristo, el hombre tiene una vaga idea de que su mensaje era el amor, pero no se siente cristiano cuando ama y, si decide aproximarse al cristianismo o ha vivido en un ambiente que le llamaba cristiano, habrá captado con mucha mayor intensidad aspectos y conceptos muy distintos —al menos a primera vista— del amor.
Como consecuencia, el hombre real de nuestros días sólo detecta un cristianismo complejo, escasamente evangélico, donde el amor se utiliza para la retórica, mientras lo concreto se centra en los elementos míticos o mágicos, en el grupo de presión que en ellos se ampara, y en una moral de preceptos, generalmente frustrantes.
2.- A su vez, el hombre de hoy vive en plena crisis de civilizaciones y valores, en un clima general de incomunicación y de instrumentalización humana, y acuciado por un ambiente de competitividad a ultranza.
Este hombre sólo se siente feliz al amar y ser amado, pero amar o no le es fácil o no le es rentable, y casi le resulta ridículo esperar que otros le amen de veras.
Como su más honda intención es inasequible, se neurotiza, y se refugia en las realidades conexas o en los sucedáneos del amor —el sexo, el poder, el dinero, las empresas colectivas (políticas o de otra clase), etc.— : todo aquello que le permite un mayor nivel de comunicación con las personas y las cosas, aunque sepa que esa comunicación no llegará a ser amor real casi nunca.
En resumen, un cristianismo “complicado” y un hombre “acomplejado” eran y siguen siendo los datos en presencia.
IV
Pese a la gravedad de este planteamiento, cabe una solución que surge de una intuición fundamental y esclarecedora:
Cualquier idea distinta del amor, para realizarse en el mundo, tendrá —tiene— que manipular la realidad. En nuestro caso, en cambio, bastará con que la realidad, consciente de su propio sentido, genere espontáneamente su propia dinámica creadora. Seguirá existiendo posibilidad de error (si lo espontáneo no es auténtico), pero cualquier error será finalmente un dato enriquecedor de futuro, al suceder que la realidad sea más amada que el propio protagonismo de sus errores o aciertos.
Es preciso pues observar la dinámica de lo real, y hacer incidir en ella, sin alterarla, la conciencia de que, siendo fiel a su propio sentido y plenitud, está conectada con lo trascendente e inmersa en él. Realidad histórica y tangible y trascendencia serán así simplemente dos perspectivas de una única entidad y se potenciarán mutuamente.
V
Las fuerzas motrices de la realidad que no quedan fuera del ámbito operable son:
Las instancias dinamizadoras (o paralizantes, o alienadoras) de la realidad sobre las que cabía actuar, son pues de cuatro tipos distintos: personas, grupos, ambientes y estructuras.
VI
Finalmente, ha de considerarse una última intuición motivadora:
La amistad es la única concreción del amor que suele entender el hombre de hoy, porque a su vez es la única que está habitualmente a su alcance, excepto si el hombre, con su neurosis de aislamiento, se automargina de la realidad.
La amistad la encuentra este hombre, bien en determinadas personas —amigos— bien en algunos ambientes donde se siente cordialmente respetado y escuchado con interés desinteresado, lo que le mueve a actuar a la recíproca.
VII
Esta visión del sentido de la realidad y de su dinámica explican y motivan, no precisamente todo lo que se ha hecho, pero sí aquello que se posibilitó con la creación de Cursillos.
En primer lugar, la persona se configura como eje, ya que el amor cristaliza en ella y le posibilita el techo de todas sus auténticas dimensiones —individual y comunitaria, afectiva y volitiva, receptiva y creativa—. Pero no con todas las personas pueden incidir con igual eficacia en la realidad que debe reconducirse a su verdadero sentido. Se precisaban personas:
Quienes, con su forma de ser y actuar, más que por su situación y por su puesto, tienen facilidad para variar o crear un ambiente determinado donde trabajan o actúan, eran pues las personas más idóneas para iniciar la realización propuesta.
B) En segundo lugar, debía crearse un ambiente de real amistad, en que estas personas:
1º.- Descubrieran, por la intensidad del clima de amor operativo y por la reflexión en común, que en el amor reside la clave:
2º.- Se decidieran, libre y realmente a:
Estos dos objetivos configuraron el Cursillo propiamente dicho, donde persona, mundo y Dios intentan ponerse de manifiesto (verbal y ambientalmente) como vinculadas en su eje por el amor.