Berlín, 18 de octubre de 2001.
Mis queridos cristianos todos:
Ha sido una gracia de Dios el que me pueda hallar aquí con vosotros, correspondiendo a la amable invitación que me hizo oportunamente nuestra hermana Frances Ruppert.
Mi edad y mis achaques no me permitían asistir, pero, por la gracia de Dios, mi salud dio un vuelco favorable y aquí pude estar.
Le estoy muy agradecido a nuestra hermana Ruppert, y a sus colaboradores, porque durante su mandato, ha sabido cumplir a la perfección el cometido del OMCC, que no es otro que clarificar y mantener la esencia y la finalidad de nuestro Movimiento, para que haya unidad de mensaje.
También es muy de agradecer su incesante voluntad en lograr la anexión de nuestro Movimiento al Consejo Superior de los Laicos, sugerencia que ya en el IV Encuentro Latinoamericano, en 1976, nos hizo al Cardenal Pironio, (q.s.g.h.), diciéndonos que, si no lo hacíamos, corríamos el peligro de vernos marginados del resto de los movimientos seglares eclesiales.
Pido al Señor que nuestros hermanos del Brasil sepan también ser fieles a los postulados que persigue nuestro Movimiento, con el fin de que la buena nueva del Evangelio llegue a los más posibles.
No olvidando que Dios al encarnarse en Cristo, no se hizo estructura sino persona, y por su resurrección, persona viva, viviente normal, cercana, que nos conoce, que nos busca, que nos quiere y que nos ofrece su amor y su cercanía y quiere acompañarnos en nuestro vivir, con la luz de su palabra y con el suave impulso de su humana ternura.
Sabemos bien, porque lo intentamos vivir cada día, que cuando nos abrimos a la fe, y creemos y sobre todo vivimos estas realidades, comprobamos en vivo y en directo, que la esencia del Cursillo de Cristiandad, su núcleo más vivo, no tiene dimensión visible en el espacio, porque se mueve al nivel íntimo, profundo, personal y vital, donde la impresión es tan evidente para uno mismo, para su sí mismo, que la interpretación ajena nunca puede expresarla con exactitud, tan sólo puede vislumbrarse o entreverse en aquello que dice: “… el hálito de Dios, que cuando pasa, nos deja la nostalgia de la gloria” o lo que sentían los discípulos de Emaús, cuando Cristo les acompañaba en su camino, o lo que “todos los sentidos suspendía” a San Juan de la Cruz.
Entonces se percibe el eco de lo cierto. Y se tiene así, frente a la vida, la serenidad que da la costumbre, sin perder el asombro que produce cada amanecer.
Esto es lo que nos proponíamos al principio del principio y lo que seguimos proponiéndonos todavía.
Hoy que los Cursillos se han extendido a los 5 Continentes, nos sentimos emocionados y agradecidos, muy contentos, pero no satisfechos, al complacernos en comprobar, una vez más, que aquella idea que se nos metió en el alma, cuando teníamos 20 años, no era una quimera, ni un capricho de juventud, ni una exaltación propia de la edad, sino un plan del Espíritu de Dios.
Seamos fieles a este plan y demos gracias a Dios que se dignó escuchar nuestras plegarias, cuando en la capilla del local diocesano de la Acción Católica, juntamente con Don Sebastián Gaya, entre otras muchas cosas, de decíamos al Señor:
¡Señor!
“Creemos que los hombres te buscan sin hallarte”
“Creemos que tendremos el arrojo de enseñarles el camino”
“Queremos que nos des la simplicidad de tus santos, el arrojo de tus mártires y la alegría de tus hermanos”
“Que no necesitemos milagros para creer y obrar, pero que tengamos tanta fe, que merezcamos que nos los hagas”
Eduardo Bonnín