Cuando ante alguna circunstancia los hombres toman conciencia de su humanidad – cuando están en juego los valores inflexibles y válidos para todo hombre norma- entonces el hombre se expresa, se exprime, manifiesta y destila su personalidad.
El hombre que en esa circunstancia nada destila, no hace sino manifestar su carencia sustancial, o en todo caso su carencia de normalidad.
El que destila y expresa, vale en tanto en cuanto vale – con valor vital- para él lo que destila.
Son sus coordenadas mentales y su jerarquía de valores los que pueden descubrir la realidad y la posibilidad de la acción puesta. No es, por tanto, lo que aparece, sino lo que él caos aparecer en su verdad (que no es ni su intención ni su imaginación) lo que revela su substancia y el valor de esta substancia.
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Ahora bien, el quid no es éste, porque ¿en cuáles circunstancias toma el hombre conciencia de su humanidad – que él concebirá como su hombría? ¿Cuáles son los valores válidos en el individuo normal? ¿Es lo normal lo auténtico, y por esto lo ideal? Quizá esta sea la pista de despegue. Si lo normal es lo ideal, ¿por qué el hombre no toma esa conciencia humana y humanitaria frente a cualquier hecho normal? Posiblemente porque lo normal es hoy en día la anormalidad. Realmente, porque lo normal hecho como norma impuesta y no como creación espontánea carece de sentido. Comer, es tan normal en el hombre de hoy como en la edad de piedra; pero en aquél el comer era una obra de arte, desde el elegir entre una comida u otra (porque lo bueno no era lo aceptado, sino lo mejor ante mi gusto sin descontar mi provecho) hasta plantar simientes extrañas y casar los animales. Aquel acto normal era una creación personal o colectiva. Hoy es la aceptación instintiva de lo que mereció la aceptación empírica.
Pero no nos lamentemos de ello. Ahí está la fuente del progredo, de la civilización. Es el ir “instintivamente” lo que antes exigió tensión del alma y acierto de selección, que permite ejercer este esfuerzo en el campo siguiente. El que el acto de comer haya reducido al mínimo lo que constituyó su preocupación, conservando -¡claro está!- lo que ya entonces fue su ocupación, ha permitido preocuparse por otras cosas más “humanas”.
A lo que íbamos: el hombre de hoy se ve envuelto en una suma enorme de ocupaciones, fruto de las preocupaciones de sus antepasados. Y no le queda tiempo —o ganas— para preocuparse. Mira y observa: quien hace “lo normal” por necesidad, por vicio, o por costumbre logra, a fin de cuentas, lo mismo que quien lo ha hecho por creación, por arte o por gracia. El fallo está en que no sabe – o no quiere- sino mirar y observar. Si en su lugar se acercarse y probase vería que hay entre los dos modos de hacer lo normal la misma diferencia que entre el comer una naranja un hombre cualquiera o un individuo sin sentido del gusto. Ambos comen – ambos hacen- pero uno sólo gusta y “sabe” (sabe, en definitiva, lo que es una naranja).
Hacen falta hombres que sepan ahondar – trascender- su “pan nuestro de cada día”. Han de aprender a dar un contenido vital a su vida, han de “accionar” sus actos y “saber” sus obras: sus ocupaciones y sus preocupaciones.
Y es quizás sólo frente a cualquier acto de uno de esos hombres, cuando se revela la amplitud, la anchura y el “gusto” de lo humano. Cuando alguien se topa con su posibilidad realizada en su presencia y fuera de sí, no tiene “más remedio” (bendito remedio) que hacer aflorar su realidad, único posible primer paso para lanzarse a la persecución de la posibilidad: dar contenido y sentido a lo que hace, para que lo que va haciendo dé contenido y sentido a su sustancia.
Así todo se aclara y todo da luz. Es la reacción frente a lo normal hecho por arte y Gracia, lo que denota la normalidad del individuo. Lo normal continúa siendo lo común, pero es también aquí la apuración de lo común, la perfección de lo mediano, única base para que lo perfecto se dé también en lo heroico. Cabría hablar en términos jurídicos. Cabría transportar los conceptos “letra de ley” y “espíritu de la ley” hacia la “letra de lo normal” y “el espíritu de lo normal”. ¿Es justo aplicar la letra sin el espíritu? ¿Es “normal” todo lo que se hace normalmente? Los actos no tienen justicia ni normalidad. Únicamente es posible la calidad en lo libre. …
Texto incompleto.