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7/MAY/2026
Esencia y finalidad
Reflexión sobre la esencia de los Cursillos de Cristiandad: un método centrado únicamente en lo fundamental cristiano, destinado a provocar una conversión personal auténtica y no a servir ideologías, estructuras o espiritualidades particulares.

Pretendemos descubrir y propulsar una unidad de criterio, y realidades ya existentes, mediante una vertebración de estas ideas y de estas realidades situando las verdades que manejamos en la pista de lo evidente.

La esencia de los Cursillos de Cristiandad está en que son un método para posibilitar a los hombres la vivencia de lo Fundamental cristiano, para que las almas, por su propio peso (por el peso de gravedad del Espíritu), vayan estructurando Cristiandad con lozanía y vigor de cristianismo primitivo, construida en la perspectiva más pura y actual del Magisterio Pontificio, según las líneas puras de Evangelio.

El movimiento de Cursillos en si mismo entraña, exige y facilita que, primero en el Cursillo y después y con mayor razón en la Reunión de Grupo que es su finalidad y su realización en la Iglesia, se maneje se proyecte y se encauce todo lo Fundamental y nada más que lo fundamental cristiano.

Añadir más o menos alegremente en el montaje de los Cursillos algo ajeno a lo Fundamental Cristiano y por tanto no exigible a todos, es reducir su eficacia, desvirtuar su esencia y comprender la jubilosa unidad de todos en la simplicidad de lo substancial cristiano.

Por tanto, los Cursillos de Cristiandad no son ninguna espiritualidad, ni de una espiritualidad, sino un cauce para posibilitarlas todas al abrir el hambre de Dios en las almas. No son pues tampoco, contrariamente a lo que pudiera tal vez pensarse, propios y exclusivos de la espiritualidad seglar; pero son en la actualidad el único “movimiento de Iglesia” que nosotros conocemos para facilitar a las almas la vivencia de lo Fundamental Cristiano de un modo plenamente asequible a todos los bautizados, y por tanto también y primariamente a los seglares.

De estas verdades se desprende también que todos los que han vivido en cristiano en la historia han coincidido y coinciden exacta y necesariamente en ello. Y es evidente por lo tanto que los Cursillos no pueden pedir como movimiento más de lo que pide el Bautismo pero tampoco menos.

Un Cristiano desmedulado solo puede entusiasmar a quienes carecen de médula humana y un cristiano con vegetaciones producidas por pías manías solo puede complacer a los “píos”; y como los hombres que se logra convencer son siempre del tamaño de los ideales que se les proponen, o acaban siéndolo, solo el cristianismo íntegro y auténtico es capaz de mover aglutinar y potenciar todas las personalidades al ritmo de las más profundas y acusadas.

Hay además en la Iglesia una serie de realidades —devociones, organizaciones, estados, espiritualidades— que el Espíritu Santo cuida de suscitar y sin la vivencia de lo Fundamental carecerían de sentido, que no son exigibles a todos y por lo tanto los Cursillos no pueden exigirlas tampoco.

No siendo los cursillos propios de una espiritualidad determinada evidentemente tampoco pueden pretender ser una organización nueva o agruparse en alguna ya existente puesto que la única organización que agrupa a todos los que viven lo Fundamental Cristiano será siempre en la iglesia.

CURSILLOS DE CRISTIANDAD Y EFICACIA TEMPORAL

Para quienes están al día en materia de inquietudes el problema de la eficacia temporal es acuciante. Tal como se nos presenta algunas veces, hasta parece que exclusivo. Si alguien no toma partido a favor de esta ansia de eficacia temporal del cristianismo se ve condenado a ser “de derechas”, “carca” o “trascendente”. Los demás son de “izquierdas”, “avanzados” y “encarnantes”. Términos poco menos que jeroglíficos para entendernos.

Es necesaria ante todo saber que hay dentro de esta realidad y imantadora llamada “eficacia temporal”. Ella es, simplemente, el logro de unas nuevas estructuras políticas, económicas y sociales acordes con la justicia y con los tiempos. Lograr estas estructuras es, se dice la tarea más urgente del cristianismo en el siglo XX, y la única tarea eclesial propia del seglar. Se maneja continuamente la frase del Apóstol, “Todas las cosas sean vuestras, vosotros de Cristo y Cristo de Dios”. Se dice que antes de preocuparnos de que” nosotros seamos De Cristo”, es preciso lograr que “las cosas sean nuestras”. Se maneja también con insistencia la frase de Santo Tomás: “no se puede oír con provecho la palabra de Dios con el estómago vacío” (¡si el bueno de Santo Tomás hubiera sabido que su único rasgo satírico tendría tanta trascendencia!). Y se maneja con especial devoción la idea de la “consecratio mundi", Bastante difusa en Pío XII, pero que se concreta hasta sus más insospechados y aún sospechosas consecuencias.

En ningún punto de la actuación de Jesucristo y de los Apóstoles encontramos asidero para atribuir al cristianismo una eficacia temporal ni tan solo una inquietud para lograrlo, en el sentido de inquietud como “interrogación constante”. En cuanto a la doctrina novotestamentaria, solo las alusiones paulinas a la realeza universal de Cristo (El nombre que está sobre todo nombre, “instaurare Omnia in Christo”, en El Han sido creadas todas las cosas, etc.), sirven de base a los “encarnacionistas” para sus afirmacione. Sin embargo estas afirmaciones en San Pablo tienen una extraña serenidad; las da como diagnóstico: no como receta. Él ve a Cristo como cima de toda la creación y como condicionante de toda criatura. Lo ve como algo ya realizado o como algo que se realizará inexorablemente porque es “desde el principio de los siglos”. La mayor prueba está en que San Pablo no dice nunca los cristianos la hora de lograr esta realeza de Cristo. No la plantea como un programa, sino como un punto de partida jubiloso. No es para El causa de inquietud, porque sobre ello no caben interrogantes. “Así es”, simplemente. 

Las pruebas del argumento podrían multiplicarse: San Pablo ve a Cristo como rey del universo, y ve muy cercano el fin de los siglos. Para El el mundo romano, con esclavitud, corrupción y paganismo, no era obstáculo a que éste “instaurare Omnia” se realizara. El “todas las cosas sean vuestras, Vosotros de Cristo y Cristo de Dios” no es una frase de realización ascendente sino descendente como es lógico y evidente. No es que cuando las cosas sean ya nuestras nosotros podremos comenzar a ser Cristo, porque siguiendo el razonamiento llegaríamos a que solo después de esta etapa Cristo sería de Dios. La realización —¡y ahí se abre el más maravilloso panorama! — es descendente.

En ella veo yo un primer condicionante —un punto de partida, luego un programa —una meta—, y por último una consecuencia de la consecución de este programa. El punto de partida es que “Cristo es de Dios”. Solo por esta razón: porque El —que es uno de nosotros— es el alfa y omega, el centro de todas las cosas, podemos nosotros llegar a la consecución del mensaje evangélico. Sólo porque Cristo es de Dios —el genitivo griego es mucho más expresivo que este “de” tan entorpecedor— tiene alma y razón el que nosotros queramos ser de Cristo. El programa, puesto que Cristo es “de” Dios, será ser nosotros de Cristo. En ello tendremos que volcar todas nuestras potencias hasta lograr la identificación auténtica e integral del “no soy yo en quien vivo”. Esto *********

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