La admiración de los santos es una dimensión visible y agradable del dogma de la Comunión de los Santos.
Asombrarse ante lo que es de verdad maravilloso es claro síntoma de fina sensibilidad y evidente buen gusto. La admiración no es ni adulación interesada, ni halago superficial, es algo más profundo, que emerge al captarse con asombro entusiasmado algo de la motivación íntima de una persona, por lo que la vamos conociendo tal cual es.
Cuando una persona se encuentra con otra, el mismo encuentro fomenta en cada uno la facultad de saber pasmarse, admirarse, asombrarse ante lo real, lo verdadero.
La admiración auténtica consiste en saber ver al otro como persona y por tanto como ser singular, único e irrepetible, como ser personal que deviene porque vive y aviva muchas cosas con su vivir.
En la actualidad la gente es menos agradecida porque todo el mundo habla de derechos.
El área de los derechos, en todos sentidos, se ha ensanchado tanto, que queda muy poco espacio para la gratuidad.
Todo el mundo se cree con derecho a todo.
El cumplimiento escueto y pelado de la ley, no es capaz de entusiasmar a nadie, lo que de verdad alegra es lo que se hace porque sale de dentro, porque le da a uno la gana, por el gozo que produce ir más allá de lo que se debe de hacer, por el desinteresado interés de hacer lo que uno quiere.