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16/MAR/2026
Vuelo 1
Reflexión sobre el mensaje cristiano: Cristo no sólo señala el camino de la vida, sino que es la respuesta a la búsqueda humana de sentido. Cuando la persona se descubre a sí misma y experimenta que Dios la ama, nace la fe vivida y la amistad que permite comunicar esa verdad a los demás.

El Señor, además de redimirnos haciéndose hombre con su encarnación, nos señala el camino de la verdad y de la vida, diciéndonos que es él mismo, o sea, que, ante cualquier problema, que se nos presente, en EL, en su persona, hallaremos siempre la orientación certera, la luz clarificante y el dinamismo del preciso estímulo para seguir adelante.

Pero todo ello no de una manera mágica, sino con la sencillez y la transparencia del que decide, con honradez y limpieza, emplear su libertad para ir tratando de realizar en su vida la verdad del mensaje evangélico.

La fe en las palabras del Señor nos abre un horizonte inmenso de posibilidades que tal vez nunca nosotros, en nosotros, hemos experimentado ni posibilitado, porque nuestra actitud seguramente a pesar de nuestra buena voluntad no ha sido la correcta.

Las palabras del Señor: “Ama al prójimo como a ti mismo”, “Cuando dos o tres se reúnan en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”, “No juzguéis y no seréis juzgados”, “Amaos los unos a los otros”, “Cualquiera cosa que pidiereis al Padre en mi nombre os la concederá”, “Yo estaré con vosotros”, “Conforme creáis, sea hecho”, “Bienaventurados los que sin ver creen”-

Estas afirmaciones y muchas más, todas rubricadas con su Resurrección, no son solamente una amorosa invitación a cumplirlas, sino también una maravillosa ocasión para experimentarlas, pues si la fe no se hace convicción vivida, es muy difícil que crezca y se desarrolle y hasta que llegue a recorrer ninguna etapa hacia su plenitud.

Cristo es la solución. Y no una solución cualquiera sino la solución. Es una pena que siendo tan clara y precisa la solución, no nos dediquemos primordialmente, antes de cualquier otra cosa a pensar y estudiar la manera para que este mensaje llegue a los más posibles, a cada persona a cada corazón y cada inteligencia, reflexionando el mejor modo de poderlo conseguir: rezándolo, afilándolo, afinándolo, detalle a detalle, con atento y despierto interés, primero tratando de hacerlo verdad en nosotros mismos, y después hacia los que tenemos a nuestro alcance, para propiciarles y simplificarles el recorrido hacia sí mismos donde duerme el deseo, que quizá hace tiempo desean sin saberlo, de hallar sentido a su vida y de hallar con ello la felicidad, que ansían en lo hondo de su corazón, pero sólo percibido, cuando un resquicio de su agitado vivir les permite pensar en serio, ignorando que de su interior puede  brotar el agua viva de que Cristo hablaba a  la Samaritana.

En resumen: que los cristianos tenemos la llave de la felicidad de muchos. Cuantos hay que están dando patadas a la puerta de la felicidad intentando abrirla a la desesperada y se desesperan por no conseguirlo.

Nos duele y nos quema el alma que muchas personas ignoren esta gran verdad y la multitud de posibilidades que ofrece.

Pero no olvidamos que es muy difícil que lleguen a captar todas estas verdades, sin primero haber entrado en sí mismos, y sin descubrir por sí mismos, su dignidad de personas, porque normalmente el hombre, ignora que, para trascender a lo trascendente, o mejor dicho al Trascendente por antonomasia, Cristo el Señor por su Gracia tiene primero que descubrirse a sí mismo, entrar en sí mismo.

La persona no sabe que tiene la posibilidad de ser y sentirse persona, esto es capacidad de convicción, de decisión y de constancia, dentro de un mundo que, con el fin de manipularla, esta obstinado en que no lo sea.

Al hombre no le ha llegado la noticia de que Dios le ama. Tampoco sabe que tiene una vocación, una llamada personal y particular de Dios, que, si no corresponde a ella, nadie puede ocupar ni su sitio ni su cometido, sino él.

Esto que parece triste, presentado como obligación, compromiso o responsabilidad, es enormemente atractivo si se muestra como es: como una posibilidad que no está tan lejos de lo que la gente piensa, porque es algo que la persona busca, quiere y le ilusiona.

Sentirse motivada por una motivación constante.

Saber que su vida tiene sentido.

Sentirse amado por Dios y aprender a amar a los demás también por Dios.

La pena es, como ya hemos dicho, que siendo la única solución el que Cristo esté en el corazón y en la inteligencia de las personas, se emplee el tiempo en pensar, estudiar, lamentar y criticar la problemática que se deriva en el mundo por no aplicarla, problemática que, desde Adán a nuestros días, ha venido siendo siempre la misma: la producida por falta de Dios en la persona del hombre.

Sin duda el problema más acuciante es como meter a Dios en el corazón y en la inteligencia del prójimo. Pero Cristo nos enseña también la manera: acercarnos, comunicarnos, abrimos, tratar de conseguir su amistad, el contacto limpio de existencias, buscar al hermano para escucharle con verdadero interés, para aprender de él, no para sermonearle ni atosigarle, con nuestras ideas e iniciativas.

Entendemos que el procedimiento y el proceso que se sigue normalmente: la música, la cultura, el deporte, etc. no conduce a la solución si nos remansamos en ello. Esto puede ser el aperitivo, un entrante, para llegar después a cada uno en particular y hacer un puente de amistad de persona a persona, de corazón a corazón. A veces queremos aprender estudiando lo que tan sólo amando se puede entender.

El hombre que ejerce de persona, en el fondo del fondo lo que más le interesa es resolver el problema de su vida, que es lo que de verdad piensa cuando piensa de verdad, no el de su ocio.

Es algo muy verdad, aunque sea incomprensible, que uno de los mayores regalos que Dios ha hecho al hombre, es su inteligencia, la facultad de poder pensar, pero con bastante frecuencia, se da la paradoja que el hombre solamente es feliz cuando no piensa. Lograr que piense, que recorra el camino hacia el interior de sí mismo. Que se descubra como persona y que ejerza como tal, dándose cuenta de que es capaz de una convicción clara y fuerte, de una decisión valiente y de una constancia lúcida.

Eduardo Bonnín Aguiló

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