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5/MAR/2026
¿Los Cursillos sin estrenar?
En la Comunicación del Secretariado de Mallorca al IV Encuentro Mundial de Dirigentes de Cursillos de Cristiandad se afirma que el Movimiento de Cursillos aún está “por estrenar”. Invita a redescubrir su esencia: evangelizar desde la persona, vivir lo fundamental cristiano y transformar el mundo desde dentro.

Comunicación del Secretariado de Mallorca al IV Encuentro Mundial de Dirigentes de Cursillos de Cristiandad. 

INTRODUCCIÓN

Es probable que tanto la presente comunicación, como su título, extrañe a más de dos, pero a los que hemos estado en el Movimiento de Cursillos, o mejor dicho, a los que hemos vivido, siempre que hemos podido, ocupados y preocupados por su existencia desde sus inicios y hemos continuado en ellos hasta hoy, entendemos nos obliga en conciencia a no callar y a decir una vez más ante el mundo —como hicimos ya cuando publicamos el “Manifiesto”— que el Movimiento de Cursillos, está por estrenar.

Entendemos que hemos de decirlo y proclamarlo a los cuatro vientos, para que se enteren bien los que, sin duda creyendo hacer un obsequio a Dios y a los Cursillos, se dedican a distorsionarlos, a mutilarlos, a desvirtuarlos, a modificarlos y a torcer su rumbo, tal vez sin haberse molestado a pensar para qué sirven, qué de novedoso presentan y aportan y qué cometido están llamados a desempeñar.

Y están sin estrenar, no porque no haya habido gente que haya dedicado y tal vez consumido sus horas, su tiempo y su vida para intentar darles vida, para que vivieran, pues sabido es que tan sólo viven las obras que consiguen que haya personas dispuestas a desvivirse para que vivan, sino que están por estrenar por la misma razón que también lo están a la vista de las personas inquietas, y nosotros lo somos mucho, el Mandamiento Nuevo, el Padre Nuestro, y las Bienaventuranzas.

Y esto sucede así, porque nos duele que los cristianos estemos demasiado habituados a la existencia de todo lo que nos ha llegado a través de la Iglesia y tendemos a desconocer o a olvidar la maravilla que es su simple subsistencia. Se diría que lo que ha brotado y partido de la vida terrestre de Jesucristo lo venimos soportando los cristianos, como si se tratara de una herencia pesada y exigente, humanamente imposible, sin ver la espléndida tarea plena, asombrosa, indeleble, paradójica y única a que nos va conduciendo nuestro vivir, cuando admitimos que Cristo es la verdad, y que Él mismo se ha hecho camino para que los hombres tuviéramos acceso a la auténtica vida. Al decir que los Cursillos están por realizar, no olvidamos lo conseguido gracias a ellos, expresado por medio de personas y hechos que son un indicio claro y real de lo que se conseguiría si su finalidad se realizara con más precisión, decisión y convicción

Los que tienen bienes, suerte o el santo de cara ¿cómo podrán transferir a los que tienen menos o a los que no tienen nada, algo que fuera un camino hacia la nivelación o el equilibrio entre unos y otros?

Porque se da el caso que el dar, paternaliza y el recibir produce resentimiento a quien lo recibe.

No hay duda de que lo que Dios no quiere es: que unos puedan ganar en unas horas lo que otros en un año y que muchos no puedan vivir por falta de dinero, mientras que hay otros que no saben vivir, sin fastidiar ni fastidiarse, porque el dinero les sobra.

Así como están las cosas, todos los que dan algo se sienten paternales y a veces con derecho a indicar, cuando no a mandar, cómo tienen que emplearse sus dádivas.

Por otra parte, los que reciben algo se creen siempre con el derecho a recibir más.

Es curioso observar el lento proceso histórico de lo acaecido. Por ejemplo: antes, y de ello no hace mucho tiempo, en el terreno de la remuneración del trabajo, se pagaban pluses por los puntos que cada uno tenía según el número de familiares. Los puntos eran distribuidos de manera autonómica por cada empresa. Al contratar un nuevo empleado, importaba saber cuántos puntos le correspondían (según el número de hijos) y ello significaba una disminución de la cantidad que cobraban, menguaba lo que ya tenía cada uno asignado de ese plus. El reparto tenía que hacerse entre más personas, como en los aciertos de las quinielas, a más acertantes, menos dinero.

Menos mal que el buen sentido hizo pronto obsoleta tal manera de proceder, manera que a pesar de que sea relativamente poco el tiempo transcurrido desde que se abandonó, hoy nos parece hasta pintoresco.

Parece ser que en el terreno laboral se ha tenido que obrar siempre de cara al objetivo de conseguir contener los impulsos viscerales de los trabajadores, por lo que se ha puesto más el acento sobre la necesidad de hacer frente con inteligencia a las perentorias necesidades de los necesitados y muchas veces no de los más necesitados, sino de los más dados a protestar, si bien casi siempre con bastante razón.

Además, el asunto no es fácil, porque se puede comprobar que una empresa que gana dinero y da un plus a sus operarios, crea una costumbre con la que va a contar siempre el empleado, además de pensar, también siempre, que si les han repartido diez mil es porque han ganado diez mil millones.

Se puede constatar también que los incentivos producen más rencores que alegría. Y, por otra parte, es difícil que un hombre o una mujer amargados y agobiados trabajen con gusto y, trabajar a disgusto, erosiona la persona y la hace irascible e incapaz de entusiasmarse por el trabajo bien hecho o por la calidad del producto que ayuda a producir.

El ideal sería que cada uno pudiera conseguir que su vocación fuera para él vacación. Pero ello exigiría la posibilidad de poder acceder a todo un abanico de opciones posibles que, hoy y por ahora, son muy difíciles de posibilitar a todos.

No obstante, puede ser positivo para ver de encontrar soluciones, reflexionar desde cuándo existe en la humanidad el hecho de que cada uno tenga que trabajar para poder vivir. Antes había gente que no trabajaba. El tener un trabajo fijo y constante era algo no generalizado todavía; trabajaban los esclavos. Mucho tiempo después hubo quienes trabajaban de sol a sol. Más tarde vino la reglamentación: trabajar ocho horas, pero sin seguro: ni de accidentes, ni de vejez y desde luego sin vacaciones, que eso fue llegando paulatinamente con el tiempo.

Es curioso observar que, si se ha ido avanzando en el terreno de ejercer un comportamiento más humano, no ha sido fruto de la previsión inteligente de los hombres “guías” de la humanidad, sino que, si se ha podido llegar a estos logros, ha sido por la presión de los oprimidos al despertarse y despejarse, después de muchos años de “sueño” y de conformismo tenido por “ética”, fomentada y a veces formulada por los beneficiarios inmediatos de tan enojosa situación.

Es interesante pensar y reflexionar, a la vista del proceso histórico en que se han desarrollado y madurado algunas ideas, la sucesión de acontecimientos que han tenido lugar desde su balbuciente puesta en marcha hasta su uso normal y corriente.

Antes la gente tenía cisternas o se iba a buscar el agua a la fuente pública y a lavar la ropa al lavadero o el río. Un día la gente pudo vivir de manera más urbanizada. Sería bueno y, seguramente posible, saber la fecha en que se dio este salto hacia delante

Hoy, en toda zona urbanizable y sobre todo en la ya urbanizada, se cuenta con un entronque con la red general de aguas para disponer de ellas para beber, cocinar, lavar, etc.; y con una alcantarilla donde van a parar las aguas residuales.

Con las normas que rigen ahora, cada familia para vivir (y algunas para mal vivir o para tan sólo sobrevivir), necesita de una cantidad de dinero que entre y que sale después para comida, luz alquiler o pagos de casa, muebles, teléfono, coche, seguros, etc. ¿Desde cuándo esto es así? Al principio el hombre vivía de la caza y en los litorales, de la pesca.

Alguien ha dicho que el hombre ha de llegar a tener por su esfuerzo, (trabajando y pensando), lo que gratuitamente le fue dado desde el principio en el Paraíso. Es de suponer que allí podía ver lo que hoy llamamos televisión, sin televisor, así como trasladarse veloz de un sitio a otro sin emplear ningún jet ni ningún artilugio parecido.

Evidentemente vamos camino de ir consiguiendo que el hombre se esfuerce menos, trabaje menos, pero la pena es que hasta ahora resulta en perjuicio del mismo hombre. Lo que se mecaniza, robotiza e informatiza, va todo orientado a lograr aumentar la producción y a reducir los costos, eliminando con ello puestos de trabajo. Los que salen perjudicados no suelen ser los más aptos para arbitrar soluciones razonables y adecuadas, por lo que el comprensible crispamiento que produce a los perjudicados a su agobiante situación les sitúa ante la forzada disyuntiva de una resignación desesperada o una violencia contenida y amargada.

Y lo peor del caso es que, si los estudiosos no son capaces de aportar su intelecto para pensar el mejor camino para ir logrando una eficaz evolución y unos medios que permitan llevarla a la práctica para conseguir la mayor equidad posible, sobrevendrá necesariamente una revolución, con sus correspondientes traumas, víctimas y secuelas.

Se dice, y sin duda es así, que “El pensador progresa en pensamiento exactamente mientras no pierda contacto con aquellos que no piensan”. Tal vez la raíz del problema esté ahí, El mundo de los viven de las ideas aisladas, concebidas y orientadas tan sólo hacia un determinado sector de la sociedad, prescindiendo del resto, de los que el planteamiento de su vivir les aleja de todo lo que no sea tratar de subsistir y hacer frente a las necesidades vitales de su dificultosa existencia, trabajando a veces tal vez más de lo humanamente posible, para ganar el dinero preciso para poder vivir, y todo el egoísmo, el orgullo y la ambición desbordada de unos pocos, colapsa las posibilidades de casi todos.

La idea es que todos los avances sirvan para que se trabaje menos, para poder ir logrando que cada vez sean más los que puedan disponer de algún espacio de tiempo y de su paz, con el fin de que llegue a ser posible para muchos poder pensar. Porque poder pensar, y poder pensar que se vive y darse cuenta de lo que el hecho de vivir reporta, es por ahora impensable.

Pero el mundo avanza y uno de los acontecimientos que más cambios puede ocasionar es que el hombre está descubriendo un poco y cada día más, que es persona. Y por tanto capacidad viviente de convicción, de decisión y de constancia para captar y entusiasmarse por lo que él cree verdadero, eficaz y gratificante.

Esto ha sucedido hasta ahora pero el mundo se nos está volviendo pequeño. Las cosas cambian, las estructuras también, todo. Tan solo lo fundamental cristiano, sigue teniendo toda la fuerza comprometida de lo simple. Pero siempre, claro está, que no quiere imponerse “manu militare” por la ya súper obsoleta vía del poder. El haber hecho de lo cristiano un molde preconcebido, para meter en él a la fuerza y con aires imperiales, a todos los hombres y a todas las culturas, ha desviado la rectitud de muchos hombres y ha herido de muerte muchas culturas. Si la historia es una fe de erratas, es una pena que los cristianos no las tratemos de eliminar al tiempo y al ritmo que nos exigen las sucesivas ediciones. El drama es que casi nunca lleguemos a darnos cuenta de que lo cristiano sin lo humano no puede ser cristiano. Y no tan sólo es que no pueda ser ahora, cuando el hombre va liberándose de muchas adherencias que se han incrustado en lo cristiano falseándolo, sino que no la ha sido nunca, cuando no ha dejado de ser humano.

Por otra parte, lo humano deja de serlo cuando contiene alguna dosis de la doctrina del que, desde el Evangelio, nos dice que Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Esto es la orientación, la claridad y el dinamismo que hace posible el vivir con ideal, orientación y estímulo.

Por esencia, nunca lo cristiano puede ser un molde, sino que tiene que ser un fermento y un fermento que sólo puede fomentar en el corazón y en la inteligencia del hombre, porque es a imagen de Dios. Por algo dice Cristo en el Evangelio que el reino de Dios está dentro de nosotros mismos. Todos los despistes de los cristianos de siempre son siempre causados por el obstinado empeño de querer situar el reino de Dios en otra parte, olvidando que Dios se hizo hombre, no se hizo estructura.

Hubo un tiempo en que las cosas humanas parecía que tenían que emplearse para proteger a las divinas. Hoy constatamos que tan solo las realidades divinas, hechas vidas en los hombres que las realizan con convicción y con decisión, pueden dar el criterio exacto para que los avances científicos y técnicos tengan la densidad humana precisa para contribuir a un auténtico progreso, donde todos los hombres nos sintamos hermanos.

Y esto es posible cuando el hombre se conciencia y llega a descubrir que es dentro de sí mismo que se encuentra el reino de Dios. Y al reflexionar, hasta a veces lo siente reflejado dentro de su conciencia y se le hace sensible por medio de su paz, su alegría y su bienestar consigo mismo, que es el único que puede proporcionarle la felicidad alcanzable en este mundo y la que le va a producir el gozo de contagiarla a los demás.

Tal vez el acontecimiento más importante de esta época que nos ha tocado vivir sea, sin duda, el descubrimiento de la persona.

Ser persona. Ir siendo persona, ejercer de persona es un personal y progresivo despertar a una progresiva concientización, cuya trayectoria, si no se desvía, se encamina hacia la meta de ir consiguiendo que lo que se sabe, lo que se tiene y lo que se puede, se emplee para ir siendo más persona.

Aún no hace mucho tiempo que, sobre todo en los pueblos, se consideraba que tan sólo eran personas el médico, el maestro, el cura, el boticario y algún que otro terrateniente o cacique. Los demás no contaban para nada, nunca se les tenía en cuenta. Nunca eran escuchados porque todo el mundo pensaba que habían nacido para obedecer y actuar de comparsa y al servicio de los mandamases de turno.

En el área de las realidades cotidianas y de los valores que de verdad valoran los comportamientos, pueden observarse dos planos distintos: lo inmediato y lo verdadero.

Lo inmediato es que lo que puede verse, lo que nos circunda, lo que nos invade en cada momento de nuestro existir y que no pocas veces nos eclipsa o nos nubla lo verdadero. Lo inmediato es el precio que tiene cada cosa y lo que hace posible su posesión, muchas veces al margen de su conveniencia.

Lo verdadero es lo que para cada uno vale de verdad. El valor con el que valoramos los demás valores. Lo verdadero es el verdadero aprecio que tenemos a las cosas y a las personas. Esto no puede ser impuesto desde fuera porque no se le puede poner precio al aprecio, porque el aprecio es personal y fruto de una actitud interna decidida y decisiva.

A un padre que tiene un hijo que estudia le es más práctico prometerle una bicicleta si aprueba el curso, y después comprársela, que tratar de intentar lograr que el hijo llegue a saber valorar el hecho de estudiar y aprobar, ya que esto le exigiría una mayor atención y dedicación que, a lo mejor, le privarían de unas horas de televisión o de dedicar tanto tiempo a su hobbie favorito.

Cuando se pretende manipular a las personas se les aturde con algo inmediato que les capte primero la atención y después la intención, para mantener tensa su voluntad y poderla desplazar hacia los deseos del manipulador, aliñado el aliciente con la prédica de ideologías mesiánicas, que son precisamente contrarias y antagónicas a las que el verdadero Mesías predicó y practicó.

No se trata de imponer nuevas formas de religiosidad, sino de tener fe en Dios y en el hombre que, a lo largo de los siglos, siempre ha sabido vivir asimilando lo bueno de lo malo y encontrando el camino-a veces tan sólo un simple atajo-para seguir la vida, apostando siempre por la vida, que ha ido y va descubriendo primero en sí mismo y después en los demás o simultáneamente.

La osadía. el coraje y la audacia que provocan las injusticias en las personas que ejercen de personas deberían emplearse para posibilitar las posibilidades de poder llegar a la única solución posible, que no está en la práctica de ningún reglamento, sino en reconocer en cada persona un valor absoluto y emplear la medida con que nos medimos a nosotros para medir a los demás.

Esto de querer a los demás como nos queremos a nosotros mismos fácilmente desorienta, pues a pocos cristianos se les ha venido enseñando la verdad, tan ventilada por los psicólogos en la actualidad, de que si uno no se ama a sí mismo está casi imposibilitado de poder amar a los demás.

Con el crónico trastorno que ha venido produciendo la ancestral manía de la gente pía de alterar la escala de valores, situando la obediencia, el callar y el simular entre los primeros, además de ponerles como reclamo la etiqueta de la humildad para que la gente se amoldara sin chistar a sus mandatos, siempre orientados a manipularles, se ha enredado bastante el panorama.

Es prodigioso pensar dónde se podría llegar si en lugar de emplear la fuerza se empleara la luz. De seguro que se lograría más energía para poder acelerar de manera más eficaz la solución del problema.

Llama la atención que el Evangelio al decirnos que los cojos andan, que los ciegos ven y que los sordos oyen, al llegar a los pobres, no dice que a los pobres se les construyen viviendas sanas y ventiladas o que les ha sido enviado a cada uno un importante donativo, sino lisa y llanamente de que son evangelizados, que les llega la Buena Noticia. Y ello es que cuando la Buena Noticia llega a conocimiento y sobre todo al corazón del hombre que lo tiene disponible por necesidad o por convicción, está en condiciones de experimentar la potencia inaudita del Evangelio.

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