PREGUNTA:
¿Es razonable esperar algún tipo de enculturación del Cursillo español a unos ambientes y cultura diferentes?
RESPUESTA:
No sólo es razonable, sino esencial; aunque casi siempre, no en el sentido y manera en que generalmente se entiende y aplica.
Somos muy conscientes de que la respuesta anterior es algo ambigua. Esto no se debe a que hayamos interpretado mal la pregunta. La pregunta usa (y de hecho subraya) el término enculturación, que tiene un alcance y significado mayor que la simple adaptación en el sentido suave de “ajustar” las idiosincrasias culturales españolas a otras culturas. Tanto es así, que el hecho de que el auténtico Cursillo pueda sobrevivir en muchos años a su fundador, Eduardo Bonnín, dependerá en gran medida de la capacidad que tengamos de entender y aplicar estas “diferencias”.
Por ello, el problema es de importancia considerable para el movimiento y sobre todo para ustedes, los dirigentes, y adquirirá-de ello estamos seguros- importancia y urgencia durante los próximos meses y años, tanto aquí en Canadá como en el extranjero. Por tanto, estaríamos haciendo dejación de nuestro deber si no intentáramos, por lo menos, encuadrar el problema en unas líneas generales-haciendo una distinción clara entre los conceptos claves (es decir, enculturación y adaptación)- y citar algunos ejemplos de uno y otro e identificar y distinguir entre las adaptaciones legítimas y aquéllas que no lo son.
El concepto de enculturación es tan viejo como la humanidad misma.
Las palabras solían definir el concepto, sin embargo, los términos “enculturación y “enculturar” son nuevos. No entraron en el léxico de uso común hasta alrededor de 1994, al mismo tiempo en que nacía el Movimiento de Cursillos.
Mientras que el hecho de compartir la fecha de origen no es más que una coincidencia, no es en absoluto coincidencia el hecho de que el concepto de enculturación y el Movimiento de enlace indisolublemente. Tanto es así, que, si las palabras no existieran, Cursillos habría tenido que acuñarlas (o inventarlas), porque ellas son, en un sentido muy real, la visión, misión y método del Movimiento de Cursillos.
El problema, sin embargo, es que, debido a que estos términos son tan nuevos (ni siquiera figuran en los diccionarios publicados con anterioridad a los últimos años de la década de los setenta), han sido interpretados un poco a la ligera y de forma intuitiva y con consecuencias cada vez más perjudiciales hasta el punto que, como dice Eduardo, el árbol de Cursillos se ha convertido en un árbol de Navidad al que han adornado con tantas decoraciones (las adaptaciones) que apenas podemos ver el propio árbol.
Para entender lo que Eduardo quiere decir, y apreciar las implicaciones de sus palabras, necesitamos analizar las definiciones:
Enculturación: se define como “el proceso por medio del cual los individuos aprenden la cultura de su grupo a través de la experiencia, observación e instrucción”.
Abundando en nuestro intento de clarificar este concepto, es necesario entender la cultura en el sentido de “las creencias colectivas y los comportamientos observables resultantes característicos de un grupo determinado” (en nuestro caso, cristianismo y Cursillos).
De esta definición podemos ver que lo que enculturación realmente significa es simplemente ese proceso natural de absorción, u ósmosis-el tipo de aprendizaje in situ o “a pié de obra”, por así decirlo- utilizado por prácticamente cada cultura o grupo, como medio de introducir a sus nuevos miembros al acervo de valores comunes o compartidos (las creencias y comportamientos resultantes de las mismas), etc.
Enculturar: se define como cambiar, modificar o adaptar (las creencias, comportamientos, ideas, etc.) por medio de la enculturación.
De todo esto podemos ver que el verbo “enculturar” se formó del sustantivo, porque contiene dentro de su definición el propio nombre.
Está claro pues que los “cambios, modificaciones y adaptaciones” de las “creencias, comportamientos e ideas, etc.” a que se refiere son los que se necesita hacer en el individuo para convertirlo en miembro de la “nueva” cultura para “aguarla” o por cualquier otro medio hacerla “más aceptable” a la cultura “vieja” o existente.
Si lo analizamos detenidamente, éste fue exactamente el proceso por el cual Jesús llegó a ser judío. El “vivió” su judaísmo en casa y en la comunidad. Fue instruido por sus mayores, rodeado de valores judíos e inmersos en las tradiciones hebraicas de sus antepasados terrenales hasta que, a decir de todos, se hizo un judío bueno y practicante.
De lo anterior es importante notar que no nos estamos refiriendo aquí simplemente a las prácticas religiosas y observancia de la ley, sino al efecto colectivo y manifestaciones (o los comportamientos resultantes notables) de “hacer realidad” su fe en cada aspecto de sus vidas.
Con el tiempo, Él llegó a entender las cosas bajo una luz diferente, de tal manera que, al principio de su ministerio terrenal, se identificó, de palabra y hecho, con una “nueva” y “diferente” escala de normas y valores.
Para que esos “nuevos” y “diferentes” valores fuesen considerados como una cultura de verdad, se necesitaba la existencia de un grupo o comunidad de creyentes, o más precisamente, practicantes.
Así pues, ¿cómo hizo Jesús para establecer esta “nueva” cultura, que ahora conocemos como cristianismo? ¿Por medio de amenazas, sanciones, leyes, autoridad, y otras miríadas de formas de imposición que era la práctica habitual y probada de su época? ¡No! ¡Jesús lo hizo simplemente a través de la enculturación!
Él vivió estas nuevas maneras de entender la vida y las compartió con sus amigos hasta que el atractivo de lo que ellos experimentaron, observaron y oyeron les convenció para que cambiaran, modificaran, y adaptasen sus creencias, comportamientos e ideas heredadas o judías, a las de la nueva cultura: el cristianismo.
Además, y en el grado en que ellos se volvieron “esculturados” de verdad (es decir vivieron la nueva cultura en lugar de simplemente alabar de boquilla sus principios) fueron capaces de “llegar a ser” cristianos y, así, atraer a otros al “proceso de enculturación”.
Como metáfora podemos pensar en el proceso utilizado para convertir los pepinos (o la piel de sandía, la remolacha, los nabos, etc.) en forma de encurtidos. Podemos dedicarnos todo lo que queramos a los pepinos propiamente dichos, los podemos seleccionar, lavar arreglar, e incluso blanquearlos, pero por mucho que hagamos, a menos que nos centremos en la salmuera, por una parte, comprobando que contiene la sal suficiente y las especias necesarias para producir los encurtidos deseados, y por otra, en el tiempo de inmersión (es decir, la enculturación), no llegaremos nunca a obtener encurtidos-únicamente conseguiremos pepinos podridos- o si no algo con un resabio, -encurtidos, tal vez, pero no los auténticos McCoy (o Vlasic o Señora Whyte, etc.)
Esta es la clave del Cursillo, la clave de la enculturación. Son por una parte “la salmuera” y por otra “el proceso de inmersión” los medios por los cuales los ciudadanos de a pie, con sus múltiples variedades (e incluso aquéllos que ya han sido lavados, arreglados, o blanqueados) se vuelven totalmente vivos, totalmente humanos, practicantes de la cultura cristiana que define y “es característica del Reino de Dios” aquí en la tierra.
Este proceso fue estudiado y ciertamente bien comprendido por Eduardo. Lo que, es más, si fue en su día lo bastante bueno para Jesús, tenía que ser lo bastante bueno, por así decir, para todos los proyectos y objetivos que Eduardo previó para los Cursillos.
El comprendió que lo que le pasaba al mundo, incluso al mundo abrumadoramente católico de su Mallorca nativa, No era falta de conocimiento de Cristo, o del cristianismo, sino una falta de cristianos esculturados. Cristianos que se hubiesen sentido motivados por el testimonio de una cultura cristiana en acción, el cristianismo aplicado, hasta el punto de que se sintieran atraídos “a esta cultura” (es decir, la salmuera) y de esta manera motivados a ser enculturizados, (es decir, permanecer en la salmuera) a fin de que otros se sintieran atraídos, y así sucesivamente.
Así (dicho en dos palabras), nacieron los Cursillos de Cristiandad, con el método, la misión, y la visión de hacer realidad el Reino de Dios, no por ninguna revelación de una nueva verdad ni por la aplicación de algún medio nuevo o esotérico, ni imponiendo o forzando situaciones, sino por el “proceso de enculturación” –centrándose en la salmuera-, el sencillo (aunque ni mucho menos fácil), haciendo realidad y viviendo nuestra cultura cristiana, de tal manera que nosotros, así como aquellos a nuestro alrededor, podamos ver cómo nos amamos unos a otros y así animarnos a nosotros mismos a perseverar y a “los otros” a unirse a nosotros y permitir ser enculturizados por nosotros y con nosotros.
Algo así como la frase propagandística de la película Campo de sueños:
“Si usted lo construye, ellos vendrán”.
De esto podemos ver que, en un sentido muy real, cursillos es un movimiento dedicado a “en culturizar” un método de enculturación cristiano.
Desgraciadamente, la enculturación es una navaja de doble filo, y debe manejarse con destreza porque corta por los dos lados y puede fácilmente dañar lo mismo que está intentando proteger. De manera similar, cursillos es experiencial y por consiguiente muy pronto a la adaptación, ya sea por accidente, plan o simple “ignorancia inocente”.
Por tanto, si alguien, en algún lugar, introduce un “cambio” en el método o en el fin de semana, etc. (es decir la salmuera), o desplaza el enfoque del cuarto día (es decir, el tiempo de inmersión o enculturación), sea cual sea su motivo o justificación, hará que todos los candidatos que lo experimenten asuman que es auténtico ya que es el único Cursillo que conocen. A los que les guste se quedarán y lo promoverán, e incluso defenderán “su versión” (o marca de encurtido) como auténtica con entendible e inocente, aunque errónea y descaminada, convicción.
A medida que este proceso continúa e incluso se van añadiendo pequeñas adaptaciones poco significativas, el resultado puede ser devastador. No sólo porque estos cambios modifican el auténtico Cursillo, alejándose así del carisma que el Espíritu Santo confirió al fundador y a su método (no el nuestro o el de ustedes, como si el carisma se otorgara a cualquier facsímil con tal de que se imprimiera en él el nombre de Cursillos), sino porque una vez estas “adaptaciones” han sido, también ellas, en culturizadas, son casi imposibles de descubrir a corto plazo e igualmente difíciles de corregir, ya que han conseguido “suscriptores” que, o bien creen que son auténticas, o si no, piensan que son lo bastante buenas para ser defendidas, ¡qué caramba!
Tal es el estado actual de Cursillos, tanto aquí en Canadá, como en cualquier otra parte del mundo. Dado que todas las adaptaciones importantes y la mayoría de las menos significativas ocurrieron antes de que Cursillos llegara a nuestras playas, el “peligro” que ellas suponían no era evidente, y por consiguiente nuestro movimiento ni fue prevenido ni estaba preparado para hacerles frente.
Dado que la lista de “adaptaciones” es extensa y está realmente más allá del alcance de este escrito, citaremos unas pocas para ilustrar el tema al que nos estamos refiriendo:
El auténtico Cursillo es un movimiento evangélico en la misma medida que los Boys Scouts son una organización para ayudar a los mayores a cruzar la calle. Está claro que Cursillos evangeliza, pero no por sistema sino como consecuencia de su enfoque primario, que es la enculturación de la cultura cristiana. Cursillos se preocupa por hacer realidad el Reino de Dios en la tierra, proporcionando los medios y el método de perseverancia con los que los cristianos puedan comprender su verdadera identidad de “hijos queridos de Dios”, y así motivarse para entrar en una siempre creciente y actual relación amorosa con el Padre (la piedad).
Con esta nueva identidad va creciendo el sentido de dignidad personal y humildad de espíritu que nos permite ver la vida, no como una serie de sucesos afortunados e infortunios aleatorios que necesitan ser buscados o evitados, sino como la voluntad de nuestro amado Padre quien, si se lo permitimos, nos mostrará las bendiciones increíbles y la sabiduría que Él nos da si somos capaces de analizar las cosas de la vida “con oídos que oyen y ojos que ven”
A medida que nuestra piedad, y estudio progresan, también lo hace nuestra acción, de tal manera que empezamos realmente a vivir nuestra creciente comprensión de lo que significa ser cristiano, en auténtica unión (o comunión) con nuestros hermanos, sus otros hijos queridos. Al hacerlo así, entramos en la Familia de Dios. Donde vive la Familia de Dios, reina el Reino de Dios. Ese Reino tiene una cultura y si esa cultura no es del mundo, pero es vivida “en el mundo”, entonces, en la medida que la vivamos de verdad será la medida en que en culturizaremos a los que están a nuestro alrededor –y haremos realidad el Reino- y restauraremos todas las cosas en Cristo.
El Cursillo que vino a Canadá ya “había sufrido adaptaciones”, de tal manera que su enfoque era principalmente la evangelización. La Reunión de Grupo y la Ultreya, las llaves de la perseverancia y en realidad el mismo proceso de enculturación pasaron a un segundo plano en el Cursillo del fin de semana. El rollo cuyo nombre es simplemente Estudio del Ambiente, diseñado para señalarnos lo eficaces que podemos ser simplemente viviendo de verdad nuestro cristianismo en cada lugar, en cada ambiente donde el Padre ha decidido situarnos, se volvió Estudio y Evangelización de Ambientes. En lugar de permitir que nuestra cultura cristiana en acción revele la dignidad y respeto que nos merecen y tenemos a cada hijo de Dios (conozcan o no su verdadera identidad) y así atraerlos y motivarlos de manera que puedan florecer la amistad y la confianza (con el apoyo personal que ellas conllevan) que harán posible la creación de Reuniones de Grupo y Ultreyas, ahora hablamos de objetivos apostólicos “infiltración en los ambientes” como si fuéramos algún tipo de fuerzas especiales cristianas o comandos de Cristo en misión especial de convertir a la gente o hacer prisioneros, etc.
Una vez se han introducido estas “adaptaciones”, entonces otras similares parecen bastante lógicas. Ahora hay lugares donde han cambiado el trípode. La piedad ha dejado de ser simplemente nuestra relación creciente con Dios para convertirse en santidad, que es únicamente una sola dimensión de la piedad. El Estudio que tenía que ver con nuestras ganas de aprender, se ha vuelto formación, que es un régimen particular de estudio con un objetivo concreto en mente. La acción, con su sentido y dimensión globales de ser cristiano realmente en todo lo que somos y hacemos, se ha vuelto evangelización, un tipo particular de acción, en absoluto idónea para los laicos, en su sentido habitual de “predicar la Buena Nueva” y convertirnos nosotros en la Buena Nueva y que nuestras acciones resulten evangélicas.
Así pues, ahora, en lugar de que el fin de semana sea únicamente la preparación para que empiece el proceso de encurtir, hemos llegado a creer que podemos hacer buenos encurtidos en tres días y luego emplearlos para alimentar al mundo.
Al ver que falla el proceso, hacemos más “adaptaciones”, intentando desesperadamente compensar lo que parecen ser puntos débiles del Cursillo, cuando en realidad no son más que las inevitables consecuencias de “las inocentes adaptaciones”.
El apoyo que se da a los recién llegados, a través de la amistad, que es el verdadero aglutinante que mantiene unido todo el proceso de enculturación, especialmente en los momentos difíciles en los que uno ni siquiera está seguro de que hay un Dios, se ha convertido ahora en muchos lugares en simple publicidad, por medio de panfletos, folletos, e incluso páginas web, que invitan a cualquiera a venir y “vivir la experiencia de un Cursillo” (como si Cursillos fuese simplemente el fin de semana de tres días, o algo que pueda ser experimentado en este sentido) llamando por teléfono a fulano o zutano.
Puesto que ya no estamos centrados en ser cristianos y en permitir que la realidad del “mirad como se aman” atraiga a otros, tenemos dificultad en conseguir candidatos para llenar nuestros Cursillos de fin de semana y demostrar nuestro convencimiento de que los Cursillos de fin de semana so el principal motor del movimiento, y nos vemos obligados a rellenar las listas de participantes animando a viejos cursillistas a que repitan la experiencia, ya sea como un reconstituyente o como una renovación de aniversario, como si el cofre que guarda el tesoro se hubiese convertido en el tesoro mismo.
A la inversa, y en zonas donde el fin de semana todavía entusiasma y motiva a los candidatos, rápidamente dirigimos su entusiasmo hacia acciones sociales cristianas concretas etc., como si nosotros supiéramos mejor que Dios dónde y cómo deberían trabajar sus hijos, y después justificar todo esto con el consabido “si obtenemos buenos resultados, debe ser bueno”.
Los alejados, estos pepinos “de jardín” (o remolachas, nabos, etc.), que son en realidad el objetivo primario-aunque no exclusivo- de Cursillos porque no sólo resultan ser los mejores encurtidos, sino que han demostrado tener un gran aguante, ahora son reemplazados con mucha frecuencia por una variedad hidropónica “de invernadero”, que ni se conserva bien en adobo ni es muy sabrosa, en realidad lo único que tiene a su favor es que es toda del mismo tamaño y color, y por ello se ve muy bonita en el estante.
Podríamos continuar sobre este tema, pero pensamos que ha quedado claro. El Cursillo es mucho más de lo que sabíamos y mucho más de lo que sabemos.
Seguramente, la inmensa mayoría de estas adaptaciones se hizo de forma totalmente inocente, pero eso no nos protege de sus errores.
Aunque en realidad el estudio exhaustivo de todas esas adaptaciones no ha hecho más que empezar aquí en Canadá, hemos aprendido unas cuantas cosas que deberían sernos útiles en el futuro:
Primero: nunca deshierbes un jardín, si no sabes distinguir entre la cosecha y las malas hierbas. Segundo: si quieres conseguir encurtidos de calidad y de larga duración, haz una buena salmuera. Tercero: por buena que sea la salmuera, los encurtidos deben “en culturarse” en la sal muera durante un período mucho mayor que tres días.
En cuanto a las adaptaciones que pueden y deben hacerse-en realidad ya casi se han hecho- estarían en la categoría de “ajustes” a los que hemos aludido al principio de este escrito. Cosas como, por ejemplo, ajustar el horario del fin de semana, que tiene previsto una siesta de dos horas y media, según la tradición española, y de esta manera se podría pasar la hora de la cena de las 9.00 o 9.30 p. m. a una hora más canadiense, a las 6.00 o 6.30 p. m.
Hay mucho más de lo que queda escrito, no obstante, y en realidad nos lo debemos a nosotros mismos, a los que fueron antes que nosotros y especialmente a los que vendrán detrás. Aseguramos que hemos hecho todo lo que había que hacer para estar seguros de que no estamos destruyendo precisamente lo que todos nosotros, como dirigentes de Cursillos, nos hemos comprometido tácitamente a sostener: Cursillos.
PD: Éste es precisamente el motivo por el que el Secretariado Nacional se ha comprometido a crear una Escuela nacional de dirigentes canadienses, y es justo por esta razón que la Escuela de dirigentes fue creada en primer lugar: para ser los guardianes de la llama de Cursillos, la enculturación del método de Cursillos.