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1/ABR/1970
Descubrir
Reflexión sobre el “descubrir” cristiano: tomar conciencia de lo esencial de la fe y de las posibilidades que abre el encuentro con Cristo. Este descubrimiento impulsa a vivir con autenticidad, revisar el propio testimonio y transmitir con alegría el mensaje de salvación.

Descubrir para un cristiano es tener una visión maravillada y un concepto triunfal del cristianismo, no como una aventura renovada en la que se juega a todo o nada, pero en la que aquel que es suficientemente valiente como para arriesgarse entero, nunca pierde a plazo eterno.

Descubrir es saber que la vida del hombre es una flecha disparada de la nada al infinito, de lo pasajero a lo inmutable, del tiempo a la Eternidad.

Descubrir para nosotros es haber tomado o retomado conciencia en tres días, que se puede ser más y mejor cristiano durante toda la vida, es un no quedarse en el “ruido” de lo accidental o en la “apostura” de lo importante, sino apuntar y comprometernos con lo esencial, que para un cristiano no puede ser otra cosa que lo Fundamental Cristiano, algo así como un despertar al luminoso horizonte de posibilidades que nos abren el Bautismo y la Confirmación, posibilidad de nacer, vivir, sufrir, morir y resucitar con Cristo, haciendo concreta y palpable la perenne vigencia y eficacia de la Redención.

Descubrir es comprobar que por ser Iglesia, los cristianos somos el presente de Cristo en este agitado siglo XX y esto nos obliga, como hombre equilibrados,  a hacer un alto en el camino y preguntarnos si la imagen de Cristo que reflejamos al mundo, que por cierto la necesita, es auténtica y convincente o por el contrario, si nuestro testimonio tanto individual como comunitario, puede hacer que alguien llegara a repetir lo que no hace mucho dijera un pensador ateo: “Yo no cuestiono la dignidad del Cristianismo, cuestiono la indignidad de los cristianos”. Palabras duras son estas y quizá no muy bien intencionadas, ya que nunca se puede generalizar, pero ante una crítica en lugar de ponerse a la defensiva, más conveniente es autoexaminarse para descubrir con la ayuda de Dios, que si somos humildes nunca falta, qué parte de razón tiene, inmediatamente corregir y proseguir la marcha con nuevos bríos, dejando a su vez que la porción de errores o mentiras que muchas veces encierran las críticas, se desvanezca por la fuerza y autenticidad de nuestro testimonio; sólo así siempre en la vida de un cristiano todo será positivo y no habrá desperdicio posible, lo que “viene bien” se agradece y lo que “viene mal” se ofrece; por algo San Agustín dijo: “Todo es Gracia”.

Descubrir es no conformarse con haber tenido o querer tener un encuentro personal con Cristo, sino iniciar un diálogo, entablar una amistad, emprender un seguimiento con todas sus pruebas, para terminar, viviendo en una comunidad con El, que es como vislumbrar y hasta preguntar lo que será el “abrazo eterno” en el seno del Padre. Sólo por este “camino estrecho” se llega a comprender porqué el cristiano es un hombre que descubre y confía, acepta y espera, porque el Espíritu Santo le hace entender e interpretar a San Pablo cuando nos dice “que la doctrina de la cruz es tontería para los que se pierden pero poder de Dios para los que se salvan”, aunque los tibios y sucios de corazón se escandalicen y los incrédulos o “fríos” lo señalen como si estuviera loco.

Hermanos, lo más formidable de todo estriba en haberlo descubierto, sino en que si queremos podemos hacer que lo descubran todos, porque podemos y debemos ser transmisores y testigos del jubiloso y triunfal mensaje de Salvación que nos legó Cristo, para que mañana volvamos juntos a redescubrirlo, en una permanente reedición de los que es seguro y cierto por ser CAMINO, VERDAD Y VIDA.

Eduardo Bonnín Aguiló

Buenos Aires, abril 1970.

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