Caracas, Venezuela
“El hombre actual escucha más gustosamente a los testigos que a los maestros”.
Evidentemente, esta frase del Papa, que se ha puesto como lema de este Encuentro, cuadra perfectamente en una reunión de personas inquietas, metidas y comprometidas en el Movimiento de Cursillos.
Precisamente porque hemos visto comprobadas y contrastadas con la vida de las ideas esenciales que el Movimiento de Cursillos persigue, sin duda hemos llegado más que a saber, a experimentar que nada en él puede ser teórico, sino eminentemente práctico.
En el Cursillo la gente capta lo que en realidad somos, queremos ser, o nos duele no ser, no lo que sabemos, ni lo que predicamos, ni lo que proclamamos.
Es la comprobación viva de la fuerza de la afirmación del Señor: “Aún más bienaventurados, los que, conociendo la Palabra de Dios, la ponen por obra”.
Sería de desear que en este Encuentro lo evidenciásemos una vez más con el mismo clima que en cursillo, sin que pueda producirse la paradoja de que alguien pueda escuchar estas palabras y las demás que se pronuncien en estos días, como puras teorías explicadas por expertos o por maestros.
Porque como el Papa indica, cuando aquí digamos valdrá o no valdrá por la densidad de testimonio que traduzca. Nunca como simple argumento de autoridad, ni por lo bien o mal que lo expongamos.
Y mucho más todavía, lo que os pueda decir yo, que os agradezco muy sinceramente la atención de invitarme a participar en este Encuentro y soy consciente al hablar como invitado, de que quien pueda tener autoridad de alguna clase para diagnosticar lo que pasa sois todos los demás, pero de ninguna manera quien os habla.
Os puedo asegurar que no tengo hilo directo con el Espíritu Santo, y que nunca consigo acostumbrarme a las maravillas del Señor, por lo que tampoco os puedo valer como experto.
Si mis palabras han de tener algún sentido, éste será precisamente el valor de un testimonio, y ello en la medida en que en la hora presente esté yo consiguiendo hacer realidad en mí la obra de Cristo. Y digo en la hora presente porque de ninguna manera me puedo considerar más testigo, por serlo de la primera hora.
Creo que la afirmación de Pablo VI, que nos convoca responde a un doble motivo:
- Por una parte, es evidente que lo vivo vale, se valora y se cotiza mucho más que lo teórico y especulativo, y esto es particularmente notorio en nuestro mundo y en nuestro siglo, donde el culto a la praxis es casi una idolatría.
El cristianismo no es una ideología, sino una palabra dicha por Quien nos ama, y su verdad es su misma vida.
Las teorías nos pueden servir de entretenimiento, de tertulia, pero solamente las realidades son capaces de generar otras realidades; al fin y al cabo, las teorías valen sólo si son capaces de descubrirnos el sentido de la realidad.
En otro caso se quedan en pura ilusión.
- Pero, por otra parte, la frase del Papa nos descubre otro aspecto: se diría que en esta hora y entre los cristianos padecemos una importante sequía de personas, que, en sentido más humano de la palabra, merezcan ser llamados maestros, porque sean capaces de iluminar con verdad, con claridad, y con atractivo (con garra), la conjunción que necesariamente existe entre el hombre, el hoy y el Evangelio.
El Evangelio nos dice que “uno solo es el maestro”. Actualmente diríamos quizá, para explicar esto mismo, que una sola es la maestría, la del Señor, que de vez en cuando se complace en suscitar en el mundo hombres que participan de dicha maestría, y aciertan a crear un estilo en el vivir cristiano, o a formular un sistema de pensamiento que patentiza, en un momento dado, aquella coherencia de que hablábamos, entre el hombre, el hoy y el Evangelio.
Sin embargo, la sequía de maestros no creo que esté en nuestras manos solucionarla, y que el papel que el Señor nos ha reservado es el de ser, nada menos que sus testigos, o sea, hombres enraizados en la realidad, que quieren vivir fieles al Evangelio y a sí mismos.
Es curioso que a pesar de la sequía de maestros de que os hablaba, nosotros, los cristianos -o mejor dicho, los que nos esforzamos por serlo- y que tenemos por guía, señor y maestro al mejor de todos, no pocas veces, en lugar de emplear todos nuestros esfuerzos para vivir su palabra, nos dejemos arrastrar por la corriente imperante.
Es difícil encontrar un cristiano vivo y activo, consciente y consecuente, que no haya sido atacado por el sarampión de moda, de creerse obligado al protagonismo a ultranza.
Hoy, todo el mundo se siente maestro en Israel. Unos piensan como si el cristianismo obligara a todos a ser líderes en el campo político y económico. Otros, se conforman con algunos adictos, para ir realizando sus planes, sus proyectos o sus ideas. Pocos hay que tengan bastante y se sientan felices con saber dar su nota precisa en el momento oportuno. Quien más, quien menos se cree obligado a tener que dar todo un concierto.
Es lógico que la magnitud del desarreglo del mundo actual suscite vocaciones de arregladores, pero no lo es tanto que precisamente los cristianos, pensemos que la solución pueda venir de cualquier teoría nueva.
Esas teorías suelen confeccionarse a base de intentar meter, en la coctelera de lo brillante, la cuestión de moda y retazos del Evangelio. El Evangelio, servido en rodajas y aliñado al gusto de cada época ha sido a menudo lo que nos ha hecho olvidar la extraordinaria potencia de su fuerza.
Vamos dando testimonio de muchas cosas, pero no siempre tenemos en cuenta que lo único que puede dar valor a todas las demás es ser testigo vivo de la más importante de todas.
Por descuidar tan principal extremo, venimos dando la impresión de que parece que intentamos averiguar si el Evangelio tiene razón, en lugar de iluminar con el Evangelio la razón de todas las demás cosas.
Esta ha sido una vieja tentación de los cristianos, que más que gozarnos en los éxitos y en las realidades de los demás, ha parecido que lamentábamos no haberlos tenido nosotros. En épocas en que se imponía el prestigio de la Ciencia, parecía que nos interesaba solamente que los cristianos se hicieran científicos, o que los científicos se hicieran cristianos.
Cuando ha despuntado especialmente el arte, diría que nuestro objetivo era que los cristianos se hicieran artistas y que los artistas se hicieran cristianos. Y, ahora, en la misma línea, se pretende que los cristianos se hagan políticos o que los políticos se hagan cristianos.
Los maestros en Israel de hoy en día, parece que intentan en algunas ocasiones abaratar el Evangelio, sin darse cuenta de que al presumir la radical exigencia que éste precisa, formulan un haz de exigencias de segundo grado que no facilitan nada, y lo complican más.
Algunos también siguen la manía de manejar el Evangelio como si fuera recetario. Antes se nos asustaba señalándonos lo que no podíamos hacer, hoy se nos apabulla indicándonos lo que debemos hacer. Sería mucho mejor para todos que se insistiera siempre, o se enfatizara, como se dice hoy, sobre lo que deberíamos ser. Que no es otra cosa que aceptarnos como somos y ponernos en la vía de nuestra más posibilidad de llegar a ser.
En la medida en que no nos propongamos este protagonismo de sentirnos maestros, acertaremos a ser testigos y seguiremos comprobando que puede pasar a través de nosotros algo de verdad que el mundo hambrea y necesita.
A veces sucede que alguien se cree que está dando testimonio porque en nombre del Señor, hace algo con el único fin de que impacte a los demás.
Muchas veces hemos dicho que cuando las cosas se viven, siempre dicen bien, a no ser que se vivan para decirlas.
Cuando vivimos o actuamos “para” algo o alguien, en lugar de hacerlo “por” plena convicción, nunca acertamos a dar testimonio, todo lo más, estaremos dando ejemplo -y no nada más aburrido que un hombre ejemplar- estaremos haciendo publicidad, o estaremos haciendo el ridículo.
Solamente el que ama a los demás, testifica, y testifica al Señor en la medida en que va amando. Es fácil pensar que testifica quien siguiendo lo que quizás pueda ser el sentido común, pero no el Evangelio, opta de una vez por todas y se compromete a amar a los demás, odiando a lo menos.
El compromiso y el testimonio cristianos no son estáticos, y vamos optando sin excluir, porque ya hemos optado por Cristo, y sabemos que Él ama a todos. No podemos descomprometernos con la posibilidad de lo nuevo, ya que sería una falta de fe en la creatividad de Dios y de los hombres. Los hombres incidimos en los demás por la vivencia de nuestras convicciones, y por asumir el riesgo que en cada momento nos acarrea vivirlas.
Testifica, por tanto, quien va siendo testigo y va amando a los demás, y acierta a hacerlo de un modo a la vez plenamente evangélico y plenamente personal.
Lo que configura a la persona por dentro, el material vital y estructurado de cada sí mismo, lo que hace de verdad a cada uno peregrinar hacia su más original y personal plenitud, lo que puede de verdad dar vigor y brío a la vida, es lo que hay o puede haber en el interior de cada hombre. Se trata siempre de que le hombre consiga la percepción consciente de sus motivaciones y ponga su intención, su decisión y su voluntad en línea, que está o quiere estar, en recta con aquella percepción. Cuando este hombre es cristiano, lo que vive es esa misma percepción de sus motivaciones lo que le va generando y acrecentando la fe, la esperanza y la caridad.
Esto es lo que esponja, elastiza, reactiva, dinamiza y dilata lo más nuclear del hombre, lo que le impulsa a avanzar por las pistas más personales de su persona, hacia su más plena y total realización.
El hombre, frente a la conciencia de su ser de hombre, no puede menos de querer ser más, buscar los medios para serlo, e intentar remover los obstáculos que se lo impidan. Se diría que estas tres pistas forman el triángulo de radical autenticidad, fuera del cual es más que difícil mantener una postura honrada y totalmente imposible dar con ella testimonio.
No querer ser más hombre.
No poner los medios para serlo.
No proponerse remover los obstáculos que lo impiden, es abdicar de la prerrogativa más importante que pueda tener una persona, porque como dice Machado: “por mucho que valga un hombre, nunca tendrá el valor más alto, que el valor de ser hombre”.
El hombre tiene estas virtualidades, porque se las ha dado Dios al crearlo, al tomar conciencia de ellas se da cuenta de que mientras unos hombres, con ayuda de la ciencia y el apoyo económico han recorrido la distancia que hay de la piel del hombre a la luna, nosotros intentamos hacer algo inmensamente más difícil: llegar desde la piel del hombre hasta dentro del hombre, para conocer cada vez mejor el camino hacia nosotros mismos y el camino hacia los demás; para tomar mayor conciencia de la maravilla de nuestro vivir y para mejor saber convivir con los hermanos la gran aventura de ser personas.
Esta actitud supone asumir el pasado, agradecer el presente y creer en el futuro.
Asume el pasado, porque ayuda a digerirlo. A encajarlo que no es encajonarlo. A situarlo, que no es meter una cosa donde adorne y no estorbe.
A aprovecharlo, que no es valerse de él, ni servirse de él, ni servirle, sino emplearlo convenientemente.
El hombre que agradece el presente es capaz de gozar la positividad de todo lo bueno que tiene y que le pasa; asume el reto que le ponen las dificultades con que se encuentra, sin hacerlas objeto de fijaciones obsesivas, y no adopta frente a ellas una resignación que las haga revertir al saldo cuentas escatológicas más allá de lo temporal. Agradecer el presente es también sentirse inmerso en el fluir de posibilidades que nos ofrece, sin esperar pasivamente que nos alcancen y sin amargarnos la impaciencia de que lleguen.
Agradecer el presente quien no se limita a estar en la vida, sino que se preocupa de ser, dentro de cada circunstancia integrándolas todas en sí mismo y renunciando al cómodo sincretismo del que cree que son compatibles, de por sí, todas las cosas que le pasan porque no sumen en realidad ninguna de ellas.
Creemos en el futuro porque mientras el hombre exista, Dios seguirá teniendo fe ilusionada en él. Porque creer en el futuro es creer en el hombre, en la virtualidad de uno mismo y en la capacidad de los demás como personas.
Solamente la persona puede ayudar a realizarse como personas a los demás y como sus virtualidades son en principio ilimitadas, tan sólo acertará si proyecta en él fe, esperanza y caridad de un modo personalizado, ya que son lo único que puede crecer indefinidamente en el hombre, sin que la proporción de su crecimiento desequilibre su armonía y la de su entorno.
Todas las demás virtudes, al crecer desmesuradamente, se convierten en caricaturas de sí mismas. Un hombre justo hasta extremos excesivos se convierte en una verdadera pesadilla para quienes le rodean, y son víctimas de sus exigencias y de sus lamentos. El exceso de magnanimidad es pura prodigalidad. El exceso de veracidad puede ser impertinencia, Y así sucesivamente; en nada que no sea la fe, la esperanza y la caridad, cabe el infinito, porque sólo ellas lo son.
Por esta vía de testimonio de fe, esperanza y caridad, la realidad del hombre y del mundo interesan de una forma total y plena y pueden ser realmente transformadas.
Nada humano nos es ajeno. No podemos ignorar la novedad irreducible que la situación actual presenta, tanto en nuestra condición de hombres, como en la de creyentes. Debemos sin duda ayudar a la difícil gestación del ejercicio de las libertades fundamentales. Sabemos que la salvación total, don gratuito del Señor que nos hace hijos, se recibe en la historia, por lo que la historia y su curso son vitales para nosotros, ya que sólo ella nos podemos hacer hermanos. Nos duelen todas las situaciones de opresión, que se producen cuando en algún lugar no se hace sitio a la persona, o cuando un sitio está ocupado por quien no piensa y obra como persona. Vemos igualmente, en las desigualdades que permanecen cómo la pobreza excluye y la riqueza aísla. Cómo mientras unos no comen, otros no duermen.
El hombre de hoy en sus principales fijaciones se nos descubre como un ser que, cuando no está oprimido, se convierte en opresor dentro de las estructuras de poder; que, frente al saber, o está sumido en la ignorancia o está instalado en la presunción. Que, en el área del dinero, o por no tenerlo vive en la miseria, o por tenerlo en exceso vive de caprichos. Y frente al sexo, frecuentemente, quien no sigue magnetizado, es porque desventuradamente ya esta quemado.
Todos estos problemas son problemas en sí, pero son sustancialmente problemas del hombre.
Muy frecuentemente, vemos que soluciones inteligentes y bien intencionadas a toda esta problemática pueden, quizá, aumentar la justicia, pero no incrementan el número de los justos. Aumentan la paz y no crece el número de los pacíficos. Crece la libertad y el hombre no se siente más liberado. Cambian las estructuras, pero las personas han permanecido olvidadas, y entonces sigue siendo muy grave, e incluso inminente, la posibilidad de que lo conseguido se desmorone y los logros se hagan reversibles.
Solamente creemos en el futuro y damos testimonio de ello, si actuamos simultáneamente sobre estructuras y personas, pero estando plenamente conscientes de que la persona conserva absoluta prioridad en valor y en necesidad de atención.
No podemos contentarnos, por tanto, con metas fáciles de propagar, pero inmensamente difíciles de alcanzar que marquen objetivos utópicos para el hombre concreto y se conviertan después, en la causa de su amargura, el motor de frustración o el índice de su resentimiento.
La solución a todos los problemas humanos sólo puede llegar a hombros de hombre y, precisamente, de los hombres que asumiendo su pasado y agradeciendo su presente, demuestran con sus vidas que creen en el futuro.
Quizá frecuentemente confundimos el camino y nos empeñamos con ser los testigos de la pasión del Señor, cuando nuestro testimonio es que Cristo ha resucitado.
Los testigos de la Pasión conducen su cristianismo por la calle de la amargura y se olvidan de la avenida de la alegría que es el clima natural del cristiano.
Cuando alguien se encuentra en una circunstancia penosa de enfermedad, accidente, contrariedad o disgusto, siempre hay quien le hable de lo religioso, que aparece así íntimamente ligado a lo dificultoso. Para ello contamos con un verdadero arsenal de frases estereotipadas, no sólo para salir del paso sino para endosarle a Dios el mal paso.
A quien se fracturó una pierna, algún alma pía le intentará convencer de que debe dar gracias a Dios de no haberse roto también la otra; pero, cuando ésta misma persona se encuentra en circunstancias distintas, en su normalidad o en horas de alegría, nadie le recuerda que Dios se complace en ella.
Incluso en el ámbito general, la comunicación entre los hombres suele más bien referirse a desgracias y dificultades, sin que existan cauces normales de comunicación de ilusiones. Va siendo hora de que además de la Organización Mundial para la Salud, que se dedica a luchar contra las enfermedades, nazca también un cauce para que los que están sanos aprecien y compartan la alegría de estarlo.
La avenida de la alegría, el testimonio de la Resurrección, nace de este creer en el futuro y hace posible, al mismo tiempo, el conseguirlo.
La alegría es la piedad de toque que nos revela si lo cristiano, y la acción cristiana, brota desde dentro de la persona.
Cuando se vive con ese inconfundible talante de la alegría, no necesitamos mayores pruebas de identificación. Nuestro testimonio fluye con naturalidad del mismo vivir y el contagio de lo bueno se saborea.
Precisamente como cauce para compartir la ilusión, la Reunión de Grupo es la clave de la posibilidad de nuestro testimonio permanente y creciente. En el amigo que es cristiano, esta fe en el hombre alcanza su máxima dimensión, porque día a día, vamos creyendo más en él y en el Cristo que vive.
Porque el testimonio que es siempre rigurosamente personal, sólo alcanza su plenitud y con ellos su garantía de eficacia, cuando es plural y está cohesionado por el vínculo de la amistad, ya que el testimonio que puede ofrecer el grupo es mucho mayor que la suma de los que ofrecen sus componentes, pero siempre a condición de que ninguno de ellos se despersonalice. El todo vale más que la suma, pero este todo vale, porque valen todos.
Este testimonio del cristiano que va asumiendo su pasado, agradeciendo su presente y creyendo en el futuro, es por tanto y sustancialmente un testimonio de alegría y un testimonio de amistad.
La alegría es lo más personal de la persona, la característica que más le caracteriza, la genuina expresión de su más radical originalidad.
La alegría, por ser comunicativa, facilita, posibilita, y expresa la comunicación. La alegría se expande y, al ser captada, remite al que la capta a interrogarse por lo que la produce.
Por su parte el árbol de la amistad no puede plantarse ni por sus frutos ni por su sombra, sino por el gozo de que existan más árboles, por la alegría de saber que existen, por el placer de su compañía, porque su sola presencia crea cercanía.
Cuando el cristiano cree tanto en lo que ha visto y oído, el hombre que se cruza con él en el camino, no puede menos de interrogarle. Esta disposición de curioso interés que suscita el testigo, es sin duda más adecuada para que el hombre que interroga pueda encontrarse con el camino, la verdad y la vida que el otro con su vida le atestigua.
Al cristiano, cuando no da testimonio el mundo le acusa; y cuando acierta a darlo, el mundo le interroga. Éste interrogante no se limita al interés de averiguar cómo vive este cristiano que evidencia alegría y amistad. El hombre de hoy no tiende tanto decir “mirad cómo se aman”, como a preguntarse por qué aman.
Efectivamente, el testimonio, cuando es plenamente personal y radicalmente evangélico, no produce un estímulo de imitación, porque queda patente que lo que se testifica no es un cómo sino un porqué, y se genera la expansión de ése porqué en los demás, que lo realizarán en un cómo a su vez personal, distinto e irrepetible.
Además de este circuito de interrogaciones, el testigo provoca una onda de admiración. Admiración que no es adulación, ni mistificación, y produce la sincronía de dos realidades personales, que se impulsan mutuamente hacia su respectiva realización más acertada.
Ni el que admira se deslumbra y paraliza, ni el que es admirado se envanece o se aprovecha.
Frente a esta reacción que normalmente tiene el hombre de hoy ante un testimonio cristiano, somos los mismos que nos creemos cristianos, quienes muy a menudo nos tomamos la triste misión de no acertar a comprenderle y hacer peligrar su desarrollo en plenitud.
Cuando en una circunstancia concreta y determinada de su vida, el hombre libre de prejuicios, se encuentra con Cristo y opta por creer en Él, se diría que el eje de su persona queda centrado y puesto a punto. Y que se inicia una más o menos intensa conversación; algo sentido pero inexplicable, que parte de lo más íntimo de uno mismo y le proyecta hasta el verdadero logro de su intención.
Se va percatando de que Cristo vino a salvar al hombre, para que el hombre unido a su Persona por la Gracia, y a su doctrina por su criterio, en unión con Él, salvara el mundo, dándoselo como tarea.
Si nadie se encarga de ofuscarle en su ser de persona libre, va captando cada vez más el mensaje y va tratando de profundizar en él con voluntad decidida y sostenida y no se saldrá de área, porque parte del principio de que todo en él tiene que estar motivado y orientado por la disposición de conversión progresiva a la Persona de Cristo, en la fe, en la esperanza y en la caridad, o por lo menos, en algo que está en honrado y sincero camino de serio.
Por desgracia, es muy frecuente que acentuando nuestro interés por las añadiduras, y quizá con toda nuestra buena fe, frustremos este proceso de conversión y con él su testimonio, porque en lugar de centrarnos en el gozo y el asombro de su encuentro, nos dediquemos a manipular su cristianismo y a teledirigir su testimonio, exigiéndole o aconsejándole que lo invierta en el cómo concreto que nos apetece, bien porque es el nuestro, bien porque es el que está de moda, o porque se lo asignamos paternalmente como el que más le cuadra.
Lo correcto y lo evangélico es adoptar la actitud del Señor tras la resurrección de Lázaro, que indicó a los presentes: “soltadle y dejadle andar”. Ni lo soltamos, porque no nos fiamos, o porque no creemos que le necesitamos más que propio ambiente. Ni le dejamos andar, porque le trazamos el itinerario, o le envolvemos, recetándole un complicado tratamiento para su formación, capaz de entusiasmar a los más ilusos, pero que desilusiona rápidamente a los que no lo son.
Es cierto que, como el ciego de nacimiento del Evangelio tras su curación “los árboles le parecerán hombres y los hombres árboles”, pero lo menos adecuado es aprovechar la ocasión para colocarle un tratado de botánico y de otra anatomía.
No nos contentemos con el gozo de ver que los ciegos ven, que los cojos andan, que los leprosos quedan limpios, que los sordos oyen, que los muertos resucitan y que a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. No paramos hasta que le hemos metido unas gotas de sensatez, que nos hacen cambiar el gozo por otra cosa, que a penas se le parece.
Los ciegos ven y en lugar de gozar de que ya vean, gastamos el tiempo complicándoles la vida diciéndoles dónde tienen que mirar y qué gesto tiene que poner al mirarlo.
Los cojos andan y preferimos decirles cómo han de andar y dónde han de ir, en lugar de alegrarnos de que ya no cojeen. En ocasiones hasta les reforzamos, para agravarla un poco, a inscribirse en una carrera de competición en nuestro club favorito, o no les dejamos tranquilos hasta lograr hacerles bailar al son de nuestro particular pandero.
Los leprosos quedan limpios y, en lugar de gozarnos en su salud, parece que nunca acabamos de perdonar que ahora ya limpios, tengan mejor cara y mejor prestancia que muchos cristianos de siempre, entre los cuales tal vez estemos nosotros.
Los sordos oyen y, en lugar de alegrarnos del fino oído que tienen ahora, pensamos que quizá eso esa para nosotros una complicación, ya que no podremos seguir en adelante diciendo según qué cosas.
Los muertos resucitan y, en lugar de gozarnos con su vuelta a la vida, con su presencia y con su compañía, nuestro empeño parece querer fastidiarles, asediándoles, a fuerza de exigencias: cuando aún se están recreando, no acabando de creer lo que en ellos se ha obrado, procuramos no sólo meterles en el “negocio” de nuestra “religión” y complicarlos con nuestros tinglados de turno, sino que incluso, a los primeros que se presentan, a los más entregados, solemos cargarles, eso es, hacerles responsables de todo el pasivo de la “empresa”.
Y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia y cuando la saben, la creen y la viven, es decir, la ponen en práctica y se la comunican unos a otros, con gozo tan incontenible como contagioso, nos duele que lo vayan poniendo todo patas arriba, al revés de cómo había estado siempre. Y, al ver nuestras contemporizaciones, nuestros arreglos y nuestros convencionalismos saltar hechos añicos, porque la Buena Noticia les va transformando y les hace dar aire de fiesta a todo, pensamos que tampoco es para tanto y nos escandalizamos de que Cristo siga haciendo en ellos tantas maravillas.
No queramos ser jueces ni de los hombres ni de la historia, pero reflexionemos con sencillez, lo más evangélicamente posible lo que los hombres son capaces de hacer cuando les llega la Buena Noticia del Reino de Dios y se saben implicados y lanzados por Él a la más original de las aventuras.
Cuando pretendemos encauzar en un cómo a las personas que están motivadas, orientadas y asombradas por un porqué, quitamos espontaneidad a la vida y hacemos el mundo menos bello. Tengamos presente que a la original libertad de elección que tiene el hombre, le sigue acompañando durante toda su vida, de forma irrenunciable, la libertad de realización plenificadora que no por ser compartida y comunicada, deja de ser fruto de una decisión personal. Recordemos también que este hombre conservará siempre el derecho a equivocarse, del que nos hablará Juan XXIII.
Cristo parece tener esto muy en cuenta siempre y en casa de Zaqueo, no hace lo que de seguro hubiéramos hecho cualquiera de nosotros. No le revisa el sueldo de sus empleados para ver si cumple satisfactoriamente con la legislación laboral, ni le aconseja creare una cooperativa, ni un banco para los pobres, ni le pide un donativo para el templo de Jerusalén, ni le dice que contribuya con su dinero a alguna cosa concreta en la Sinagoga. Y es que sabe muy bien que Zaqueo, una vez liberado hará muchísimo más y lo hará con más ilusión, porque habrá puesto en ello su creatividad personal.
Fue por esto que dijo el Señor: “Hoy ha llegado la salvación a esa casa”. El hombres liberado por Cristo adopta, a la luz de la luz que Cristo le da, una actitud y una visión nueva que sabe poco de casuística y de tantos por cientos.
Por la gracia de Dios, nuestro trabajo no es liberar al hombre, porque el hombre está ya liberado, redimido y salvado por Cristo. Lo que sí tenemos es la asombrosa ocasión de hacer actual, personal y eficaz la liberación que ya tiene, casi siempre sin haberlo descubierto.
Y es que el Reino de Dios está dentro de nosotros mismos, y la historia de la humanidad, tal vez se pueda resumir diciendo que es la historia de los intentos de los hombres por querer situarlo, buscarlo y encontrarlo en otra parte. Esto hace que seamos eternos buscadores, en lugar de conscientes, y por conscientes, alegres poseedores.
Frente a los maestros que quieren demostrar; el testigo de Resurrección de Cristo se limita con espontánea naturalidad, a mostrar la verdad de su vida, gozándose en la alegría de que es posible amar a todos los hombres y, a los que están próximos, amarles tanto como a uno mismo.
Se hará gentil con los gentiles, judío con los judíos, llorará con los que lloran y reirá con los que ríen, no porque sea un “chaquetero descomprometido”, sino alguien que se va comprometiendo con todos, por estarlo con Cristo; alguien que entre las radicales opciones que parece exigirnos el mundo, adopta una acción mucho más radical, porque va absolutamente por todo y por todos y sabe que todo lo creado es redimirle, y que el mundo y la historia le precisan a él en su puesto, dando su nota precisa en perfecta armonía con las notas, siempre jubilosos, por sentirlas cercanas de quienes, con su amistad, también viven en gracia.
El hecho de ser simplemente cristiano hace al hombre levadura que fermenta la masa por contagio; sal, que, al dar gusto a la vida, la facilita; y luz, que al proyectarse en la circunstancia concreta, le posibilita la marcha hacia su plenitud. Así, nuestro empeño no puede ser otro que el simplificar, facilitar y posibilitar el dinamismo esencial de todo el hombre conscientemente cristiano. Y estoy seguro de que no hay nadie en mejores condiciones para conseguirlo que quienes como vosotros, sobre cristianos, tenéis la suerte de pertenecer a unos países que son la actual esperanza de la humanidad y que, quizá por pertenecer a lo que desde la otra parte llamamos el Nuevo Mundo, tengan especial capacidad para alumbrar un mundo nuevo.