La amistad consigo mismo nace en relación con los demás y exige madurez, amor y entrega. Es don de sí, crecimiento personal y comunión auténtica. Vivirla plenamente da sentido a la vida y permite amar y ser amado con verdad.
La amistad empieza a existir cuando alguien se decide a vivir en un clima de atención a los demás, disponibilidad interior, humildad y esfuerzo.
Sólo es posible encontrarse a si mismo “EN” y “DESDE” los demás.
El amigo es un “mediador imprescindible” para la autoposesión, para la plena liberación.
De la amistad depende, el que nuestra existencia sea vida o hibernación.
Resulta del todo imposible a una persona que lo sea de verdad, el vivir sin amar y ser amado.
La amistad ha sido una realidad de siempre; porque el hombre siempre ha sentido su necesidad, aunque la mayoría de las veces no haya sabido saciarla.
Vivir sin amar y ser amado es insostenible y no es vida.
La amistad se convierte en un medio eficaz para el ensanchamiento de la personalidad.
Para comprender la amistad hay que construirla, hay que introducirse en su aventura, hay que experimentarla.
La amistad es siempre fruto de la madurez psicológica; hay falsificaciones perfectas de la amistad que son fruto de la inmadurez.
La amistad es algo más que el mero estar juntos. El amigo forma parte de mi ser.
En la amistad lo que se ofrece no es esto o aquello, sino a si mismo.
La amistad es un don de si y nadie puede darse si no se posee.
La amistad es darse y para ello hay que poseerse.
Al que se le toma en serio termina siendo serio.
Es necesario ser discreto, pero sin llegar al límite de ser tímido.
El saberse soportar en los días grises madura la amistad.
La única forma de afianzarse válidamente es el amor; y la amistad es la plenitud del amor.
En la amistad el hombre se reafirma auténticamente.
El hombre es un ser abierto a la comunión. En lo más profundo de su ser grita llamando a los otros para que compartan su vida y compartir la de ellos en reciprocidad.
Podemos permitir que nos falte tiempo para muchas cosas, pero no para la convivencia, para el encuentro amistoso.
Si al final de tus años, después de tanto peregrinar y de tanta angustia, te queda Dios y un amigo, eres el hombre más rico de la tierra.
Cuando el hombre no tiene a su lado a alguien con quien dialogar, dialoga con su propia sombra. Se desdobla su personalidad.
“La única manera de tener un amigo es ser un amigo”.
Para “tener” amigos hay que “ser” amigos.
Lo único sensato por mi parte es intentar vivir la amistad en serio.
Después de haber considerado el asunto detenidamente, a solas conmigo mismo, soy del parecer de que, a excepción de Dios, nada hay más excelente que un hombre amigo, que lo sea de verdad como para merecer tal denominativo.
La vinculación meramente genealógica la compartimos con los irracionales. La vinculación afectiva de la amistad es exclusiva del hombre.
El que vive con hondura la amistad, necesariamente tiene un sentido optimista de la vida; la vida tiene razón para él. Tiene sabor. Es bella. Apasionante.
Después que se ha tenido experiencia de la amistad no se anhela más que una cosa: crecer en la amistad.
“No hay mayor amor que dar la vida por el amigo”. No es necesario que sea de una manera dramática e instantánea, basta que sea minuto a minuto, gesto a gesto, preocupación a preocupación; la cuestión es “desvivirse” por el amigo.
No se puede ser amigo sin ser sufrido e indulgente.
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