INTRODUCCIÓN
Este es el punto III de la 1ª. Parte, Entrevistas a los fundadores y líderes de los movimientos, del libro "Signos de Esperanza - Retrato de siete movimientos eclesiales" de Paul Josef Cordes, Isbn:84-285-2112-3, San Pablo 1998)
EDUARDO BONNÍN
Fundador de los Cursillos de Cristiandad
1. Por favor, ¿puede decirnos ante todo algo de usted y de su camino de fe? ¿En qué ambiente ha vivido y qué tipo de formación ha recibido?
Creo sinceramente que el Señor, sirviéndose de circunstancias normales y ordinarias, me ha manifestado poco a poco su voluntad a lo largo de mi vida.
Soy un providencialista convencido y veo que en mi vida no se ha realizado casi ninguno de los objetivos que me había propuesto de joven, pero el Señor me ha demostrado en muchísimas ocasiones, por no decir en todas, que tiene mejor gusto que yo, conduciéndome por otros caminos.
El ambiente en que nací y crecí tal vez sea uno de los regalos más preciosos recibidos de Dios.
En mi familia éramos diez hermanos, tres varones y siete mujeres. Uno de los tres chicos ahora es sacerdote diocesano y una de las hermanas, hoy fallecida, era carmelita descalza en Valencia.
Mi juventud transcurrió en los años de la Guerra civil española y de la II Guerra mundial, por lo que mi servicio militar duró nueve años. Antes había hecho unos estudios normales en los Hermanos de San Juan Bautista de la Salle y en el colegio de los PP. Agustinos.
Estoy convencido de que nada influyó en mí tanto como el obstinado y siempre creciente interés por la lectura. Ya de pequeño solía decir que prefería estar un día sin comer que un día sin leer. El dinero de que disponía siempre lo he empleado en libros.
2. ¿Qué importancia tuvo la fe en su juventud?
Muchísima, y esto porque, a mi modesto entender, la fe, cuando es cristiana, lo es porque es evangélica, y es evangélica porque es cristiana. La fe ilumina, aclara y orienta las situaciones, a veces complicadas, de la vida cotidiana hacia Dios y hacia su Iglesia.
3. ¿Cómo sentía el problema de Dios?
Nunca he llegado a pensar que Dios es un problema, sino la solución (con artículo determinado: la solución) segura, eficaz y plena de todas las dificultades que se presentan y se pueden presentar al hombre de ayer, de hoy y de siempre.
He podido experimentar que cuando una persona tiene fe, demuestra confianza, cree, se fía y confía en la realidad más impresionante y profunda y quizá más incomprensible y difícil de entender, a saber, que Dios, en Cristo, nos ama -me ama-; todo lo demás se le concede en abundancia por añadidura.
Creo sinceramente que a veces, y quizá con la mayor buena voluntad, nos equivocamos creyendo que Cristo se hizo hombre y entró en la historia para salvar al mundo; confieso humildemente que no creo que esta fuera su idea, sino que se encarnó y vino al mundo para salvar al hombre, no al mundo. Para que el hombre fuese feliz a través de su fe en él.
Durante la vida he podido ver personas que, faltas de todo, son felices y otras que, teniéndolo todo, se mueren de aburrimiento.
Esto me ayuda en parte a comprender por qué dice el Señor que su reino no es de este mundo y por qué lo coloca donde está, donde El quiere estar, donde se encuentra más a gusto, esto es, en el espacio interior de toda persona, en su inteligencia y en su corazón, para que a través de la unión con El, mediante la gracia, pueda vencer su egoísmo, su orgullo y su ambición, y su convicción, su decisión y su constancia sean más cristianas.
En efecto estoy firmemente convencido de que, si bien el reino de Dios no es de este mundo, es el único que puede dar sentido y plenitud a los reinos de este mundo.
4. ¿Ha hecho experiencia desde joven de una intervención fuerte de Dios en su vida, significativa para el desarrollo sucesivo?
Siempre he visto traducido mi modo de pensar en esa petición que, desde el principio, hacemos al Señor en lo que llamamos «hora apostólica»: «Señor, haz que no tengamos necesidad de milagros para creer y obrar, pero haz que tengamos tanta fe que merezcamos que tú nos los hagas».
Estoy más impresionado por el silencio de Dios y su capacidad de soportación que por los milagros y las apariciones, porque la verdad en general llega siempre a través de personas que en apariencia -pero sólo en apariencia-están más lejos de la transparencia del Padre y de la frescura perenne de las bienaventuranzas.
5. El carisma de los Cursillos está muy ligado a la historia de su fundador. El movimiento nació en un preciso momento histórico, con particulares exigencias, a las cuales usted dio una respuesta. A la luz de su historia personal, ¿cuáles fueron los primeros pasos que contribuyeron al nacimiento de la experiencia del movimiento?
Leí una vez en el libro de los Profetas de Alfonso Schökel y Sicre Díaz una cita de un tal Ellermeier, que decía: «Un fenómeno histórico puede ser captado adecuadamente sólo cuando se hace la luz sobre sus inicios».
Pues bien, lo que podríamos llamar el inicio de todo, sucedió así. Cuando hice el servicio militar -soy de la quinta del 38- pude constatar que el mundo era muy diferente del concepto que yo tenía de él. En aquel ambiente eran apreciados algunos valores opuestos a los que yo había vivido en familia. Esto me hizo pensar: «Esta gente ¿es así porque siente el peso de la ley o porque ignora la doctrina?». Observando la vida de aquellas personas, me convencí de que más que por la ley estaban abrumados por la ignorancia de la doctrina.
Desde ese momento mi casi única preocupación fue la de comprender lo más posible el núcleo fundamental, esencial, de la doctrina, la cosa más importante del mensaje cristiano. Lo que de él decían los autores cristianos, aquellos que, a mi entender, lo explicaban mejor o con más claridad. Y leí a san Agustín, santa Teresa, san Juan de la Cruz...
Me interesaba también saber cómo es el hombre, el que debe recibir el mensaje, y leí, entre otros, a Dante, Cervantes, Baltasar Gracián...
Si bien las horas muertas durante el servicio militar son casi infinitas, el tiempo de que podía disponer me obligaba a dar preferencia, cuando podía leer, a aquellos libros que, a mi juicio, podían ser más eficaces, y eran los libros de los autores que estaban entonces en la cresta de la ola: Hugo y Karl Rahner, Romano Guardini, el P. Plus, el cardenal Mercier, el cardenal Suenens, Tristan Amoroso Lima; y los psicólogos Carl Rogers, Maslow...
Pero sentía entonces, y siento hoy, que lo que mejor sintetiza y resume la doctrina es el evangelio, el mensaje de Jesús, de este Cristo que ante todo es noticia para el hombre y por tanto inquietud y deseo de saber de él, y que la increíble posibilidad de ser su amigo, a través de la gracia experimentada y vivida, desvela y potencia, en lo íntimo de cada persona, lo mejor de sí misma.
Progresar en el conocimiento de Cristo y en el conocimiento del hombre como persona y por ende de su capacidad de convicción, decisión y constancia, fue mi interés primario.
Para lo primero me ayudaron muchos libros: Vive tu vida, de Arami; El a l ma de todo apostolado, de Chautard; L a s maravillas de la gracia, de M. J. Scheeben.
Para lo segundo, para poder llegar a un mejor conocimiento del hombre: Las potencias del yo, de Lavelle; Las grandes amistades, de la pareja Maritain, y posteriormente En tierra extranjera, de Lilí Alvarez.
6. ¡Textos importantes, sin duda! Pero no fue esto sólo...
Todo esto y, sobre todo, mi contacto con la gente me llevaron a verificar, en vivo y en directo, que cuando el mensaje del evangelio es acogido con fe personalizada, y llega a la singularidad, a la originalidad y a la creatividad de cada uno, potencia sus cualidades humanas. El hombre, a medida que su vida de gracia se hace consciente y creciente, es llevado cristológicamente -esto es, a través de la lógica que suele usar Cristo- a acrecentar su deseo de vivir y de dar gracias por el don de la vida y a experimentar la alegría que da al comunicarlo al mayor número posible.
El Movimiento de los Cursillos, por la gracia de Dios y las oraciones de muchos, nació de una viva preocupación por el hombre concreto, normal, cotidiano, el tomado de la vida de cada día y agobiado por el solo hecho de tener que vivir y poder seguir viviendo, que raras veces dispone de tiempo para pensar por qué vive y menos aún para ocuparse y preocuparse del sentido de su existencia.
Lo que queríamos al principio, y seguimos queriendo aún, es que la libertad del hombre se encuentre con el espíritu de Dios.
Todo giraba en torno a esta idea central y estábamos convencidos de que gran parte de su eficacia consistía en encontrar el modo para facilitar este feliz encuentro.
Inicialmente solo, y más tarde con algún otro, nos propusimos estudiar el lugar y el modo más adecuado para alcanzar nuestro objetivo de manera rápida, sencilla, ágil y atrayente.
En aquel tiempo, el consejo superior de los jóvenes de Acción Católica había sido invitado por su presidente nacional, Manuel Aparici, que luego se hizo sacerdote y consejero del mismo organismo superior, a convocar en Santiago de Compostela a 100.000 jóvenes dispuestos a vivir en gracia de Dios en respuesta a las afirmaciones que el papa Pío XI había hecho en la encíclica Con viva ansia, de 1937, sobre la situación de la Iglesia en el Reich alemán. En ella se decía que el mundo necesitaba una cristiandad que pudiera ser, con sus sólidas virtudes cristianas, ejemplo y guía.
Una delegación de jóvenes de Acción Católica fue a Roma para prometer al Santo Padre que sería España la que ofreciera aquella cristiandad que el papa deseaba.
Para esto, aprovechando las vacaciones de Navidad y de Pascua, acudían a las diversas diócesis y daban cursillos de una semana de duración; cuando los daban para las diócesis se llamaban «Adelantados de Peregrinos»; para la parroquia, en cambio, «Jefes de Peregrinos». El objetivo era interesar a los jóvenes por el ideal de la peregrinación a Santiago y, en aquellos años, se hicieron famosas las expresiones: «En Santiago, santos» e «Ir en peregrinación no sirve de nada, ir de peregrinación con fe es abrir un camino».
Cuando se dio el primero de aquellos cursillos en Mallorca, a pesar de haber sido invitado, no quise ir. Más aún, no formaba parte de la Acción Católica, y su modo de ser y de actuar no me animaba a entrar.
Cuando se dio el segundo cursillo de aquel tipo, al año siguiente, el presidente insistió mucho para que fuese, y fui. Vi en aquellos jóvenes un estilo y un modo de obrar desenvuelto y alegre que me convenció.
Así, algún tiempo después, cuando se celebró de nuevo en Mallorca otro cursillo como los anteriores, fui invitado a participar. Pero aquella vez se adjuntó al esquema la aportación del volumen Estudio del ambiente y otras cosas; claramente se desarrollaba en una óptica muy diversa de las precedentes.
No podía sustraerme a la preocupación de lo que sucedería tras la gran peregrinación, y con otros amigos nos preguntábamos: Y después de Santiago, ¿qué pasará? De aquellos cursillos sacamos la idea de que para que se nos escuchase, para comunicar nuestras ideas -no la de los cursillos, que, como habíamos dicho, actuaban en otro plano y tenían un fin específico diverso-, debíamos hacerlo no a base de conferencias o explicaciones, sino conviviendo con aquellos que queríamos contagiar, reunirlos en un lugar aislado y formar grupos para facilitar el diálogo y la participación de todos. Tomamos de los cursillos también el tema de algunas conversaciones, porque no podíamos inventar otras y teníamos que adecuarnos exactamente a su ritmo, pero al mismo tiempo estudiábamos cómo animarlas y agilizarlas.
7. Por tanto, se trató de la valorización de la idea de los cursos ya organizados por la Acción Católica, pero, evidentemente, con aportaciones nuevas, pues el contexto que quería afrontar era también nuevo
De una cosa estábamos seguros: estos cursillos duraban demasiado, en detrimento de la cantidad de personas a quienes comunicar el mensaje. Pensamos que tres días era la duración ideal y que, si los tres días comprendían el sábado y el domingo, la cosa era más sencilla todavía, porque era relativamente fácil obtener un día de permiso, el viernes; empezando, en efecto, el jueves por la tarde se podía reunir a un grupo de personas para el fin de semana; así el mensaje podía llegar a muchas más personas. Lo que más nos interesaba era estudiar a fondo las ideas que constituían y sintetizaban dicho mensaje, para poderlo comunicar de manera ágil, integra, profunda, densa y atrayente al mayor número de gente posible.
Así, pensando en ello y rezando, estudiando y volviendo a rezar fue gestado y se desarrolló nuestro Movimiento de Cursillos de Cristiandad. Al principio se llamaron simplemente cursillos; posteriormente, no nosotros, sino otros, para distinguirlos de los cursillos que se daban en aquellos tiempos (cursillos de los maestros de escuela, de los sargentos y de cualquier otra categoría), los llamaron Cursillos de Conquista, cosa que no agradó en absoluto a sus ideadores.
Del aire que se respiraba en aquellas reuniones nos da una idea la oración que recitábamos antes de comenzarlas o cuando la tensión de las discusiones lo aconsejaba. En aquel tiempo formaba ya parte de la Acción Católica, pero no me gustaba aquel clima de devota apatía que debíamos dar a nuestras actividades para que no resultaran inoportunas.
Nosotros nos movíamos con un ritmo y una orientación diversos, teniendo siempre presentes, más que ninguna otra cosa, a los lejanos; para evitar tensiones con la Acción Católica y no enfrentarnos con ella, sino mantenernos a los márgenes de la misma y con el deseo de mejorarla, comprendíamos que debíamos tomar las debidas distancias para poder observar las cosas desde una perspectiva distinta. A tal fin nos reuníamos para estudiar lo más fiel y profundamente posible las ideas que queríamos comunicar y las situaciones concretas de las personas a las que queríamos hacer llegar el mensaje de la manera más personal posible.
Ante todo profundizamos en grupo en el estudio del ambiente.
Yo contribuí con lo que había elaborado desde hacía mucho tiempo. Tratamos ante todo de reflexionar sobre cómo eran las personas: las catalogamos mentalmente en grupos, empezando por los cristianos coherentes, auténticos, prácticos, que piensan y obran como católicos, hasta llegar a los ateos intelectuales. Preparamos incluso fichas, siempre imaginarias, aunque sacadas de la realidad de la vida. Por ejemplo, la del «joven soldado»: «Obedece por delante porque no le queda más remedio, rezonga y murmura por detrás, porque no puede más».
En aquellas reuniones no tomaba parte ningún sacerdote, no por una voluntad explícita de excluirlos, sino porque, además de sus múltiples tareas, sentíamos que la novedad de nuestras ideas, sobre todo antes de estar plenamente estructuradas, podían turbar la mentalidad tradicional, tan apegada a un modo de obrar derivado de su ministerio.
Algunas anécdotas pintorescas de aquellos años pueden seguramente proyectar luz sobre nuestras intenciones.
Cuando decíamos que el cursillo debía ser heterogéneo, reuniendo en la aventura a toda categoría de personas, cercanos y lejanos, ricos y pobres, inteligentes e ignorantes, «señoritos» y trabajadores, estudiantes y obreros..., nos respondían que lo que interesaba a un estudiante no podría interesarle nunca a un peón.
Nuestra posición era en cierto sentido difícil, porque teníamos que adoptar una actitud comprensiva con los neoconvertidos cuando su espíritu desbordante e incontenible chocaba contra la rigidez petrificada de la costumbre. Por ejemplo, cuando en horas imposibles -las únicas posibles para ellos, las horas posteriores al trabajo- iban a pedir a algún sacerdote que les diera una «hora apostólica» en la iglesia, la respuesta era neta y categórica: «No se puede abrir la iglesia a esta hora». Desde su punto de vista el sacerdote tenía toda la razón, pero nosotros debíamos utilizar un tiempo precioso, porque teníamos que luchar siempre contra el reloj; se trataba de hacer entender al párroco la mentalidad de aquellos jóvenes neoconvertidos y de procurar que el hecho no acrecentara en ellos los prejuicios viscerales que tenían contra el clero.
El espíritu del cursillo no es otra cosa que la sustancia del evangelio llevada a la realidad de muchas vidas; a veces irrumpe en la persona con un ímpetu efervescente que no siempre ha sido fácil embridar, pero que posee toda la fuerza de una generosidad irrumpente que impresiona, hoy como entonces, cuando el cursillo no es sofocado a fuerza de normas y procedimientos burocráticos.
Una de las cosas por las que hemos de dar gracias a Dios es la unión del papel del sacerdote y del laico en los tres días del cursillo. En él, si se desarrolla como es debido, el sacerdote se siente más sacerdote y, más que entender, vive aquella feliz expresión de san Agustín: «Con vosotros soy cristiano, para vosotros soy obispo».
Por otra parte el cursillo pone al desnudo y descubre valores humanos en los laicos que, si se les ayuda a ser cristianos en el mundo, en lugar de encaminarlos a resolver los problemas intraeclesiales, harían crecer el prestigio de la Iglesia y la acercarían al mundo.
Es preciso reconocer la confianza que nos dieron algunos sacerdotes dejándonos obrar con libertad. Libertad que exigía explorar y recorrer nuevos caminos con el deseo de descubrir el más adecuado para nosotros, para comunicar la noticia más bella que, de algún modo, rompiera los esquemas y venciera el hastío de la costumbre con el vigor siempre nuevo de lo que es evangélico.
No es necesario subrayar que todos los «comienzos» originan también problemas. Pasamos por momentos duros; en el movimiento hicimos experiencias que todavía hoy me provocan dolor y hieren mi sentido de justicia.
8. Dios ha suscitado siempre en la Iglesia carismas diversos.
Siempre me ha parecido evidente que Dios no abandona nunca a su Iglesia y que su infinita providencia dispone, a lo largo de la historia, que el amor que tiene al hombre sea manifestado de alguna manera.
El medio que normalmente usa Dios para llegar a la conciencia del hombre y para despertarlo a la increíble pero posible amistad con El, es siempre diverso y cambia incluso de persona a persona.
A veces el vehículo para obtener la atención y la intención de la persona es otra persona, o bien un acontecimiento, una idea, una comunidad, una institución, un comportamiento.
9. ¿Qué es para usted un carisma?
Creo firmemente, y he podido verificarlo, cuanto dice la teología: «Un carisma es un don que Dios da a quien quiere, pero no para el destinatario que lo recibe, sino para que se beneficie toda la comunidad y la Iglesia».
10. Un carisma opera en el interior de la Iglesia.
Sentirse cristiano y no sentirse Iglesia me parece una contradicción; significa ignorar lo que es ser cristiano y lo que es la Iglesia. Pero es una contradicción muy frecuente porque el mensaje de Cristo llega a muchas personas única y exclusivamente a través de algunos preceptos morales rígidos y exigentes. Separados de su razón y verdad, estos preceptos parecen absurdos y la noción de Iglesia aparece así restringida y falseada; para muchos está formada sólo por algunos señores que viven a años luz de la realidad de la vida de cada día y usan un lenguaje que hace muy difícil la comunicación, por no decir el diálogo.
11. ¿Cómo ha vivido y cuál es su relación con la estructura eclesial y con el papa, que tiene el cometido de discernir los carismas?
A mi modesto entender es la estructura eclesial la que tiene el cometido de discernir, apoyar y no sofocar las iniciativas y las ideas.
A propósito de esto he leído con mucho placer: «El juicio sobre la autenticidad de un carisma y sobre su razonable ejercicio corresponde a aquellos que tienen la autoridad en la Iglesia, a los cuales compete, ante todo, el deber de no sofocar el Espíritu, sino de examinar todo y quedarse con lo bueno».
El Movimiento de los Cursillos es un movimiento de Iglesia, pero no para la Iglesia, sino para el mundo, como la Iglesia misma. Al pertenecer a la Iglesia, tiene necesidad de sacerdotes y de laicos, pero unos y otros, además de mantenerse en diálogo, deben ser fieles y no desligarse del «carisma inicial». Pues bien, desde siempre se ha dado más importancia a las cosas extrañas, sobre todo jurídicas, y a las ideas de aquellos que dan mayormente la impresión de buscar más el protagonismo que el estudio serio y profundo del porqué y para quién.
Creo haber explicado que siempre he querido ser hijo de la Iglesia; pero veo que en la historia se repite a menudo que, cuando alguien rompe esquemas ancestrales, surgen siempre otros que se dedican a perseguirlo o a tratar de desacreditarlo. Creo que es justo que el cometido de discernir corresponda a la jerarquía. A mi entender, las ideas nuevas pueden ser chispas pasajeras o llamas que iluminan el panorama. A veces los innovadores -he debido experimentar personalmente esta afirmación- adoptan una actitud parecida a la asumida por los discípulos de Jesús cuando los samaritanos no quisieron acogerlo. «Señor, que baje el fuego!». He pensado con frecuencia que el Señor tal vez se alegrara de la determinación y vehemencia de la petición de los discípulos, pero nada turbó su actitud serena, y no llovió fuego. Creo que todas las iniciativas e inquietudes que, gracias a Dios, casi rebosan por tantas partes, tienen ciertamente necesidad del criterio de la jerarquía, a fin de que la reflexión y el juicio puedan aplacar los ímpetus y templar los ánimos. Pero me parece extraño que el camino para llegar a esto sea tan complicado.
En cuanto a los cursillos, el dialogo no fue nunca posible, y tampoco fueron acogidos los iniciadores. Debo confesar que a veces miento hablando en plural, pero el singular me da mucho fastidio. En la mejor de las hipótesis, la culpa es mía por haber adoptado la solución fácil de callar verdades vividas; pero no lo he hecho para elegir el camino más fácil, sino por haber experimentado en la carne, infinitas veces, que se daba más importancia a la obediencia que a la verdad, y mi interés era que los cursillos siguieran adelante a pesar de todo.
12. ¿Puede decirnos cómo se configura concretamente su carisma? ¿Cómo se expresa en las personas que forman parte de su movimiento?
Ante todo debo decir que este «SU» de la pregunta no me gusta. Creo que todo lo que ha obtenido el movimiento y esta obteniendo en el mundo es debido al hecho de que el Espíritu Santo es su autor.
A mi entender, el carisma se ha ido configurando en el tiempo a través de la acogida que se le ha dispensado cada vez; las personas que toman parte, con las debidas disposiciones, en los tres días del cursillo comprenden la sencillez del mensaje y tratan de traducirlo en la vida concreta de cada día. Cuanto han aprendido en el cursillo, a nivel individual, lo consolidan y confirman en la «reunión de grupo» y, a nivel social, asistiendo a la «ultreya».
Ambas cosas están orientadas al cuidado atento de la dinámica de la conversión, mediante la fuerza cohesiva de la amistad, que no sólo hace estar juntas a las personas, sino que hace que se sientan activamente insertas en la vida cotidiana del pequeño grupo, que crea y mantiene, incluso en las pequeñas cosas, una cercanía de corazones, de modo que cada uno pueda expresarse frente a los demás tal cual es.
El vínculo vivo e interesado a estos actos hace más fácil a la persona el empeño de llevar adelante en la vida las tres cosas que se le piden el primer día del cursillo: su sueño, su don y su espíritu de caridad.
Todo esto es vivido después en un clima de gran fraternidad, que se expresa en un lenguaje y en un estilo gozosamente natural y sincero, muy diverso del que generalmente vive la gente devota.
Toda persona que ha vivido la experiencia del cursillo sale de él con la convicción de que Dios la ama en Cristo.
Sabe que ser cristianos, más que ninguna otra cosa, es sentirse amados por Dios y vivir en este estupor, pues el elemento más genuinamente cristiano es dejarse amar por Dios.
La actitud interior generada por esta realidad, cuando es creída verdaderamente y vivida en plenitud, crece y se hace contagiosa. Pero para captarla, para experimentarla, para ir al encuentro con Dios que es amor, tal como es El, debemos tratar de presentarnos ante Él tal como somos.
13. Normalmente se piensa que el evangelio es algo para especialistas. Su carisma, ¿para quién es? ¿Por qué laicos y consagrados lo viven juntos?
Fin del Movimiento de los Cursillos ha sido, desde el principio, hacer llegar la Buena Nueva del evangelio a todos los hombres y las mujeres del mundo sin distinción. El carisma de los Cursillos de Cristiandad es para todos; en nuestro lenguaje interno solemos decir que si van las personas que llamamos «locomotoras», entonces pueden ir también los «vagones».
Donde y cuando el carisma de los cursillos ha sido sentido por sacerdotes y laicos ha habido siempre una unión fecunda para unos y otros. La preocupación viva y apremiante de que todos los llamados a los cursillos puedan conocer y vivir en gracia de Dios alimenta la amistad sincera y hace desaparecer muchos prejuicios y malentendidos.
La cosa más singular de los cursillos es que son seguidos por personas de todo tipo y que en ellos se explica sólo lo esencial, lo que llamamos «el cristianismo fundamental».
Ateniéndonos siempre a lo concreto y tratando de apuntar a la singularidad, la originalidad y la creatividad personal y concreta de cada uno.
Operando a fin de que la persona, cuando se da cuenta del bien y del mal que puede obtener descubriendo y ejercitando la propia libertad, no se encuentre sola, sino con el Espíritu de Dios.
Precisando y explicando la vía de la estima que el dinero devalúa y prostituye.
Valorizando lo que vale al cambio que no cambia nunca, o sea, lo que se valora basándose en los valores del evangelio.
Comunicando al mayor número de personas posible la buena noticia de que Dios nos ama, expresada con el medio mejor, la amistad, dirigida a lo mejor de cada uno, su singularidad personal, su capacidad de convicción, de decisión y de constancia. Sabiendo que el triple encuentro que se hace durante el cursillo, consigo mismos, con Cristo y con los hermanos, se está transformando en amistad, en amistad consigo mismos, con Cristo y con los hermanos.
Esto, con la fidelidad a la gracia, nos ofrece un criterio cristiano que hace más fácil y segura una orientación precisa, nos ofrece la claridad necesaria y el estímulo constante para resolver cualquier problema a la luz de Dios.
Entonces poco a poco se entiende que Cristo ha venido al mundo para traernos la verdadera felicidad, simplificándonos el camino y dándonos los medios necesarios. Y experimentamos que, con Cristo interiorizado, vivido a través de la gracia, podemos estar mal y sentirnos bien. Estamos llamados a hacer transparente la ternura de Dios.
14. ¿Cómo juzga, hoy, su relación con Dios?
Mi relación con Dios se manifiesta en mis relaciones de sincera y profunda amistad con gente marginada, sobre todo presos, drogadictos y alcohólicos; nunca he llegado a enseñarles nada, pero trato de aprovechar lo que puedo aprender. Muchos de ellos son maestros en la virtud de saber esperar, otros han sabido perdonar ofensas inimaginables, otros esperan contra toda esperanza y muchos, incluso con el corazón sangrando, dan la precedencia a la posibilidad de proporcionar alegría a los demás, tratando de endulzar su vida amarga.
Creo que este contacto, que he tratado de realizar con tacto, sin paternalismos, pero con fraterna y amigable cercanía, me ha acercado mucho a Dios, a la oración, a los sacramentos, a la relación viva con Él, en su Iglesia.
15. ¿Cómo le sale Dios al encuentro en su camino?
Hoy, como ayer y como siempre, veo o, mejor, experimento la relación con Dios a través del don que me hace de poder vivir en su gracia, que trato de hacer consciente y reavivar con la oración y la frecuencia de los sacramentos.
Siempre me ha parecido extraño y difícil de entender que se deban buscar motivaciones actuales de tiempo e incluso de lugar para empujar a las personas al amor de Cristo.
Sinceramente, creo que si se diera precedencia a la motivación suprema -esto es, si las personas llegaran a captar la maravillosa realidad del amor que Dios tiene por ellas, y si todo se realizara en esta línea, profundizando, estudiando y explicitando medios- se obtendría de cada uno mucho más, y todo cristiano, en lugar de incrementar lo «religioso» en torno a sí, obtendría la cristianización de los corazones y de las mentes de muchas personas.
Siempre me ha resultado curiosa la idea de usar animadores para mover a las comunidades cristianas. Creo que si estas energías se usaran para que cada uno pudiera encontrarse a sí mismo y descubrir sus cualidades, se simplificaría el camino para aprender a dar gracias por ellas y estaría en condiciones de aceptar incluso con optimismo sus propios límites.
Este es el modo mejor para que cada persona pueda, basándose en la respuesta que da a la suprema verdad del amor de Dios por ella en Cristo, tener y disponer de un criterio cristiano con el que discernir cualquier acontecimiento a la luz del evangelio.
De amar se tiene la certeza, de ser amados se tiene fe. El que ama duda de todo, quien se siente amado no duda de nada. Cuando una persona experimenta esta realidad y la fe de ser amada por Dios en Cristo se convierte en motor, orientación y meta de su vivir, entonces comprende que ser cristiano no es sólo saber que un día deberemos rendir cuentas, sino que es vivir dándose cuenta de vivir, y esto la impele a dar gracias a Dios. Si afrontamos la vida con esta actitud, entonces nos damos cuenta de que la vida es bella, que la gente es importante y que vale la pena vivir.
16. Entonces es indispensable apoyarse en el evangelio...
Para mí el evangelio es siempre orientación segura, luz clarificadora y estímulo constante en todas las situaciones de la vida.
Mi objetivo de siempre es poder recitar el padrenuestro cada día con verdad.
17. ¿Qué quiere decir evangelizar hoy?
A mi entender significa lo que significaba ayer y significará mañana. El evangelio no cambia, somos nosotros los que debemos cambiar. El evangelio es siempre nuevo y nos renueva. Lo que sí cambia son los medios. Veo que la dificultad de hoy es que el hombre estima más lo inmediato que lo verdadero, pero esto sucede porque en el mundo todo está dispuesto para que el hombre no piense, no pueda disponer de tiempo para pensar, para poderlo manipular y proponerle cualquier cosa, siempre que no se ejercite para ser hombre.
Para evangelizar a este hombre no basta, pues, hablarle del evangelio, sino que hay que ponerlo en condiciones de que pueda captar el mensaje de Cristo para que, en medio de su complicado vivir, logre descubrir que el evangelio es orientación segura para usar su libertad y ser más feliz, luz para encontrar el equilibrio necesario a fin de que en su intimidad haya paz y estímulo constante para interpretar los hechos que le suceden, buenos o malos, a la luz de la fe.
18. Por fin, ¿qué reflejo tiene su carisma dentro del mundo moderno?
Aunque no resulte evidente, no quiero dudar de las buenas intenciones de aquellos que siempre han tratado de explotar la generosidad personal de los nuevos convertidos, orientándola, no hacia el mundo donde viven o donde se encuentran, sino hacia los compromisos eclesiásticos. Desde enseñar el catecismo hasta visitar a la tercera edad, hay todo un abanico de actividades que necesitan de personas generosas; ¿qué mejor entonces que recurrir a los «cursillistas»? Esto hace que encuentren satisfacción en aquello que hacen, se sientan satisfechos, realizados, y así la dinámica de su conversión, que debería ser continua, se repliega sobre sí misma, satisfecha del bien hecho.
Sería en cambio muy diverso y más eficaz, estamos convencidos de ello, si el «cursillista» fuese orientado hacia el mundo, hacia su mundo, hacia el ambiente donde vive, para vivirlo como cristiano con naturalidad, espontaneidad y alegría.
En cambio se ha hecho casi siempre lo contrario: el «cursillista» ha sido destinado a Cáritas, a la catequesis, al coro parroquial, etc. Todo esto lleva, con una cierta y casi desesperante regularidad, a la alternativa siguiente: si es muy listo, no es muy santo; si es muy santo y dice que sí a todos, puede despedirse de la mujer, de los hijos, de los compañeros de trabajo y de los amigos, porque apenas tendrá tiempo para ellos. Tal vez así se vuelva muy santo, pero, en mi modesto entender, no como lo necesitan el mundo y la Iglesia hoy.
Estando así las cosas, los que estaban en el mundo de la cultura, de la política, de la economía y de la misma vida social, han sido desarraigados de donde Dios los había plantado y trasplantados a un lugar más piadoso. Cuando a alguno de ellos se le ocurre algo, desde el momento en que tiene sus ideas y personalidad, se le dice que rece; no quiero pensar que esto se diga porque quien reza no molesta o porque a un sacerdote le resultan más cómodas veinte personas obedientes que uno solo que tenga sus propias ideas con espesor cristiano y evangélico, capaz de ser, viviendo personalmente en gracia, luz, sal y fermento entre sus compañeros de profesión y sus amigos, influyendo de manera eficaz en el propio ambiente.
No puedo por menos de pensar que si la cultura, la política, la economía y la vida social no pueden contar con personas que sean realmente cristianas con convicción, decisión y constancia, no iremos muy lejos. Esto no quiere decir que la única vía para lograrlo sean los cursillos, sino que es también verdad que donde han sido usados según sus finalidades, se ha logrado el fin que desde el principio nos ha cautivado y sigue cautivándonos. Lo decimos con una expresión del padre Beda Bernegger: «Si el cristianismo es capaz de demostrar al exterior que puede unir en un mismo espíritu de familia a personas de diversas clases sociales, al profesor y al artesano, al empleado público y al obrero, a la mujer de negocios y al ama de casa, la fuerza misma de la cosa se convertirá en un impulso irresistible y se transformará en el mejor instrumento de apostolado».
19. ¿En qué relaciones está con quien no tiene fe o quien pertenece a otra religión o a otra confesión cristiana?
Óptimas, mejores que con los cristianos de siempre, que se creen -quiero suponer que en buena fe- que ya han llegado y están convencidos de que las prácticas religiosas son una meta y no un medio para poder llegar. Que les cuesta creer que un cristiano tenga que convertirse un poco cada día. Que todo lo que se refiere a Dios se comprende mejor sabiendo creer que creyendo saber.
Una cosa por la que no acabo de dar gracias a Dios, y ciertamente uno de los regalos más bellos que me ha hecho, es el haber sido invitado repetidamente por nuestros hermanos protestantes de los Estados Unidos. Hermanos separados, que yo llamaría hermanos deseados. Me han invitado varias veces, y siempre he aceptado, para que les explicase qué es y qué quiere nuestro Movimiento de los Cursillos. Todas las veces se ha registrado una cálida y fructuosa convivencia que ha hecho bien a todos. He podido hablar con plena libertad, notando una gran diferencia respecto a las reuniones de «alto nivel» de la OMCC, donde no nos han escuchado nunca y donde son impartidas normas según una línea diversa de aquella que siempre hemos querido y seguimos queriendo nosotros los fundadores.
20. ¿Cuáles son los desafíos de la Iglesia de hoy?
Muchas veces me he preguntado qué es lo que más necesita el mundo de hoy: si algunas personas de Iglesia o una Iglesia de personas. Pero personas que sean realmente tales, hombres y mujeres capaces de convicción, de decisión, de constancia.
Hubo un tiempo en el que parecía que se debían usar las cosas humanas para proteger las divinas. Hoy constatamos que sólo las realidades divinas, hechas vida en las personas que las aceptan con convicción y las realizan con decisión y constancia, pueden dar el criterio justo para que los descubrimientos científicos y técnicos tengan el espesor humano necesario para contribuir a un verdadero progreso en el que todos los hombres se sientan hermanos.
Creo sinceramente que la única institución que tiene todos los requisitos necesarios para poder ser una autopista segura, clara y sólida hacia el futuro es la Iglesia católica, siempre que esté dirigida hacia las personas del mundo más que hacia el mundo de las personas y no quiera ser y existir sólo para sí misma.
21. A su entender, ¿la Iglesia está preparada para afrontar el futuro?
Puesto que el demonio no se toma vacaciones ni siquiera en Navidad, y está siempre al acecho como «león rugiente», los cristianos no pueden dormirse.
A mi modesto entender, los peligros han sido siempre los mismos, los producidos por la ausencia de Dios en la inteligencia y en el corazón de los hombres. Frente a cualquier acontecimiento negativo de los muchos que se verifican hoy, ayer y siempre, y que tienen la misma causa si lo pensamos bien, no queda más que llegar a la conclusión a que llegaron las hermanas de Lázaro cuando Cristo fue a su casa tras la muerte del hermano: «Si tú hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto».
He pensado siempre que a veces, por la debilidad de los hombres, la Iglesia no ha sido humana, no ha sido cristiana. Y siempre que el cristiano no es humano, no es tampoco cristiano.
Creo que el cristiano existe -ocupa un puesto en el tiempo- cuando las olas del mar del mundo se estrellan contra los rompeolas de una convicción cristiana. Lo importante es que el hombre que vive en el mundo, en esa porción de mundo donde lo ha colocado Dios, pueda constatar la atracción formidable que ejerce y se manifiesta cuando se realiza la maravillosa convergencia de lo humano con lo cristiano y de lo cristiano con lo humano. Los acontecimientos negativos pueden hacerse buenos en el corazón del hombre.
Como hijo de la Iglesia, quiero seguir en todo y para todo las orientaciones dadas por el Papa para el tercer milenio.
Obtener que personas diversas se encuentren consigo mismas, con Cristo y con los hermanos es ciertamente un gran modo de prepararnos todos mejor y poder seguir con más convicción y mayor entusiasmo las enseñanzas de la Iglesia.