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15/ABR/2026
Mentalidad
Reflexión sobre la mentalidad: define ideas, creencias y valores, y distingue ideario e ideología. Explica cómo en Cursillos se articula desde el Evangelio y el sentido común, su vivencia personal y comunitaria, y su transmisión por contagio y experiencia.

I - CONSIDERACIONES PREVIAS

A menudo no se consigue captar lo que se escucha, lo que se lee, debido a que quien se expresa maneja temas y conceptos en distinto sentido de su oyente. Esto se hace especialmente probable cuando se trata de nociones o conceptos abstractos, como son los que han de utilizarse al hablar de un tema como el de la mentalidad, ya sea la de los Cursillos, o de cualquier otra realidad o persona.

Se hace preciso, por ello, mencionar que se entiende en este estudio por cada uno de los conceptos básicos que lo componen, y especialmente clarificar aquellos conceptos por su afinidad con el de mentalidad pueden llegar a confundirse con éste.

A) CONCEPTOS PREVIOS

Sin ánimo de elaborar una teoría de la lógica y el criterio, parece interesante señalar que:

Entendemos por idea, lo que la persona posee como verdad interior, o sea, lo que sabe o eres saber.

Ideario es para nosotros un conjunto coherente de ideas: el ideario de cada uno será, por tanto, la historia personal de sus ideas, que dejará de ser coherente cuando el individuo deja de serlo consigo mismo. Las fisuras, fracturas o incoherencias, no hace falta decir, que no se producen solamente en el ámbito personal, sino que pueden darse y de hecho ocurren, en la historia de los movimientos y colectividades.

El ideal se nos presenta como un conjunto de ideas eficaces, o sea, hechas programa y meta. La definición peca quizás de abstracta, ya que el ideal es siempre algo en trance de encarnación, y por tanto vivo: no puede hablarse de que predominen las ideas que lo componen sobre la decisión personal o colectiva de configurar la realidad según dichas ideas.

Entendemos por ideología un conjunto de ideas, relacionadas y jerarquizadas entre sí, que ofrece una interpretación de toda la realidad. Si toda persona y toda colectividad tienen ideario, sólo algunas poseen una verdadera ideología, capaz de dar respuesta a todos y cada uno de los interrogantes que la existencia plantea. En cada época son muy contadas y típicas las ideologías en presencia, que, al estar proyectadas hacia todas las áreas del quehacer, suponen siempre para la persona una tentación de adherirse al miedo a su libertad y renunciar a su propia y personal cosmovisión.

La persona, al pensar, no maneja solamente ideas, que ya queda dicho siente como verdades. Elemento trascendental a la hora de pensar con las opiniones, que calificamos como ideas no confirmadas.

Junto a ellas operan las creencias, es decir, las ideas por las que se vive; las verdades que se aman. Todo hombre posee el núcleo motor de algunas verdades —o que él estima como tales— en las que cree, y a las que lógicamente puede ser infiel, como sucede en toda relación en que está en juego la libertad.

Han de tenerse en cuenta también los valores, o sea, el sentido de jerarquía entre ideas que adopta y emplea la persona. De ordinario ésta empleará su escala de valores sin la previa elaboración de un proceso intelectual y lógico, sino de un modo vital, a caballo entre su espontaneidad y su maduración mental previa.

Para elaborar ideas, opiniones, creencias y valores utiliza la persona sus recuerdos (experimentales o comunicados), que constituyen el caudal de datos con los que se elaboran aquéllos, y que, a su vez, en términos de cibernética, diríamos que han de programar su vida, mediante el proceso de datos correspondiente.

La realidad que integra todo lo anterior es la mente, capacidad para elaborar ideas y depósito de las mismas.

De mente desembocamos en la noción de mentalidad, que definimos como la plataforma de ideas, valores y creencias desde la que se piensa. O también general de referencias que motiva, informa y preside el pensar, y a su través, la vida. La mentalidad de una mente es su estructura.

En múltiples ocasiones tiende a confundirse la mentalidad de alguien o de  algún grupo con su ideario, con el muestrario de ideas y creencias que pueden tenerse sin una verdadera interiorización, integración y encarnación en la persona o grupo; o con su ideología, recetario de soluciones capaz de proporcionar el alivio de una respuesta a cualquier cuestión, sin necesidad del riesgo que supone pensar, equivocarse y pechar con las consecuencias, alguien, por tanto, puede tener el ideario de los Cursillos sin haber adquirido en absoluto su mentalidad.

B) TEMAS PRELIMINARES

1 - La relación entre mentalidad y evolución del pensamiento y mentalidad y dogmas parece necesario desvelarla antes de enunciar qué entendemos hoy por mentalidad de Cursillos y cuál haya de ser su línea evolutiva posterior, dentro de la rosa de los vientos de los posible.

No existe ninguna mentalidad sin evolución, sin vida e historia. Esta evolución es a la vez consecuencia de la mentalidad que se posee y causa y origen de la mentalidad que deviene.

Junto a la inevitable evolución en las formas de expresarse, es el mismo contenido lo que también varía en el tiempo. Normalmente la recta evolución de una mentalidad apunta a su progresiva implificación, a condenarse y cristalizar en su autentificación más plena, su interiorización más real y su síntesis más incisiva. No obstante, existen procesos evolutivos en los que la mentalidad primigenia sufre la adicción barroca de más y más elementos, que la convierten cada vez en menos operativa ante la realidad, en menos liberadora para la persona y en más folklórica ante los ojos de quienes la observan. Quien se siente imprescindible suele intentar añadir su impronta característica a la mentalidad común, y por narcisismo la complica.

El dogma constituye la constante de una mentalidad, su densidad de absoluto.

El hombre llega siempre a asimilar lo absoluto o en caso contrario a absolutivizar algunas de sus ideas.

Las creencias conllevan siempre determinadas referencias a lo absoluto, y mientras opiniones, ideas y valores son por naturaleza renunciables, las creencias no se renuncias; se mantienen o se pierden. Incluso la Teología católica admite una evolución homogénea del dogma, con lo que ha de distinguirse siempre entre la creencia en dogmas y la anulación del elemento personal. 

La mentalidad, no es, por tanto, dogmática, pero comporta siempre un núcleo irreductible que en último término la identifica.

2 - Al ser la mentalidad algo que sólo existe en el interior de un sujeto (persona o grupo), se llamaría a engaño quien no advirtiera que a menudo no coincide la mentalidad que se tiene con la que se cree tener, o con la que se aparenta tener o con la que se estima que debería tenerse.

La mentalidad que efectivamente se posee es, en definitiva, la que destila realmente la propia vida, sin que por ello haya de olvidarse que existen elementos que puedan dificultar o impedir en ocasiones un comportamiento completamente coherente en la realidad.

La mentalidad que se cree tener es siempre fruto de una elaboración interior sobre la que efectivamente se posee. Normalmente la divergencia obedece a un afán de autojustificación, o al interés en adecuar la mentalidad a los condicionamientos ambientales o a una ideología determinada, ya adquirida, ya impuesta. Mientras la mentalidad que se tiene se ejercita y fructifica en realidades, la mentalidad que se cree tener se utiliza para sermonear, para defenderse empleándola como escudo, o para instalarse y hacer de ella su torre de marfil.

Cuando la mentalidad (que se tiene o se cree tener) se produce dentro de una circunstancia social determinada, quienes la observan efectúan su propia asimilación a distancia de la misma, y aparece entonces la mentalidad que se aparenta tener. Consiste en una imagen deformada de las anteriores, una vez que ha sido sometida a la caricatura que sus encarnaciones concretas siempre pueden originar, o se ha sobrevalorado por virtud de montajes hábilmente propagandísticos o publicitarios.

Las mentalidades que postulan una actuación sobre la realidad para destruirla o modificarla sufren además siempre el fenómeno de que los demás, por un reflejo de inhibición, consiguen no ver ni oír determinados componentes de ella, de forma que puedan seguir viéndola en su caricatura o su imagen publicitaria, según los intereses.

Dentro de la mentalidad que se aparenta tener es de destacar lo que podríamos llamar la mentalidad publicada e impresa, cuyos condicionamientos de lugar, tiempo y autor tienden casi siempre a convertirla en mentalidad fosilizada y por ello, al cabo del tiempo por lo menos, en mentalidad deformada.

Junto a estas manifestaciones de la mentalidad, aún podemos descubrir otra variante: la mentalidad que se cree se debe tener. Es frecuente que se evite el esfuerzo de llevar a la práctica la mentalidad que se tiene, pensando que lo mejor sería cambiarla. Aquella aparece entonces como incompleta o como perniciosa. Unas veces por el carácter dinámico y evolutivo de la mentalidad que hemos indicado y otras ya porque se opera donde puntos de vista apricrísticos —por razón de prejuicios o esquemas dogmáticos no interiorizados— es frecuente que existan tensiones de planificación en unos y de contrición en otros. Y es asimismo frecuente que se adopten posturas de tensión en orden a hacer evolucionar la mentalidad por puro ejercicio de voluntad o real decreto. Al evolucionar la mentalidad siempre desde dentro, es ocioso decir que normalmente estos intentos son sólo eficaces a muy corto plazo.

II - LA MENTALIDAD DE LO FUNDAMENTAL CRISTIANO

Los Cursillos de Cristiandad no son una mentalidad, sino que solamente la tienen. Y aún más, no la detentan en exclusiva ni han de pretender efectuarlo.

La mentalidad de Cursillos es la plataforma de ideas, valores y creencias cuya comunicación, profundización y vigencia se intenta conseguir aplicando un método específico, de forma que se origine un movimiento tendente a que dicha mentalidad incida, fermente y conforme el mundo. Llamamos a ésta la mentalidad de lo fundamental cristiano.

Puede estudiarse dicha mentalidad desde dos ángulos distintos.

Cabe analizar su contenido desde un punto de vista objetivo, considerando ideas, creencias y valores en sí mismas. Pero no puede perderse de vista que toda mentalidad es un hecho interior y que, por tanto, ha de referirse al hombre en tanto que persona. Ello nos llevará a describir cómo es fundamentalmente el hombre que posee la mentalidad de Cursillos. Sólo así puede conseguirse huir de una postura excesivamente intelectualista, que a la larga no haría sino convertir la mentalidad en un producto de manufactura.

A) – A ESCALA OBJETIVA

Integran la mentalidad el Evangelio y el sentido común con exclusión de todo otro ingrediente.

Evangelio y sentido común son no sólo compatibles sino convergentes. Esta es la idea básica que configura dicha mentalidad como un todo.

Ni el Evangelio ni el sentido común aportan programas o soluciones concretas ante los hechos que constituyen la trama del vivir, aunque por su propia densidad excluyen y descalifican determinados enfoques, imposibilitando así ciertos programas y ciertas soluciones ante cada perspectiva. Ambos están por tanto ineludiblemente destinados a la persona y constituyen para ella planteamientos, criterios y orientaciones que a la vez le urgen una toma de postura y precisan de su anuencia para ser algo más que una abstracción.

Admitimos la evolución coherente de la interpretación evangélica y la impostación sociológica e histórica del sentido común, pero parece evidente que ambos constituyen factores estables de referencia, que, sin anular el riesgo de ser persona o comunidad, aporten luz para serlo en plenitud.

1º- Evangelio

Es imposible confinar en pocas páginas el pleno contenido evangélico, y al propio tiempo ello sería un intento a todas luces excesivo. Habremos de movernos en el terreno de la síntesis de sugerencia que sitúe los trazos decisivos y anuncie el completo perfil.

Ante todo, el Evangelio nos presenta a un Dios que ama y se manifiesta como Padre. Cualquier relación del hombre con lo absoluto que derive y se sitúe en una dimensión distinta de la de filiación ante Dios, queda por tanto al margen.

La relación de filiación contiene la convicción de que Dios nos conoce, nos ama de forma personal y confía en nosotros.

En segundo lugar, el Evangelio, como historia del amor que Dios nos tiene, se centra en Cristo. La verdad no sólo es persona y nos ama, sino que se expresa en lo humano y puede ser amada por nosotros.

Cualquier enfoque que no encarne un pleno cristocentrismo, queda al margen de la mentalidad que estudiamos. Asimismo, se excluyen de la mentalidad propuesta, las deformaciones de la imagen de Cristo que le alejen hacia el símbolo o el misterio inasequible, y cualquier trivialización que le presente desvinculado de su relación con el Padre.

En tercer lugar, este Dios que nos ama y al que podemos amar se nos manifiesta en el Evangelio de forma tal que podamos amarle con su mismo amor, o sea, con su Espíritu.

La comunicación del Espíritu y participación en la vida de Dios que llamamos Gracia aporta a todos la posibilidad eficaz de ejercitar este amor, sea cual sea la dificultad que para ello ofrezca la realidad, tanto personal como externa; y otorga al mismo tiempo dones específicos a cada persona (carismas).

La participación en el amor de Dios y el concreto ejercicio de los carismas de cada uno, se ponen de manifiesto según la lógica evangélica cuando la persona lo vive desde lo más profundo de sí mismo, de forma comunitaria, encarnada en la realidad del mundo.

Por lo anterior, habrá de establecerse que en cuarto lugar el Evangelio conlleva una radical valoración de la persona. No cree en el Evangelio quien no cree en el hombre.

La capacidad individual para descubrir a Dios en Cristo y para amarle en el Espíritu, no puede ser puesta en duda dentro de la mentalidad que estudiamos, cualquiera que sean los condicionamientos histórico-culturales en que se mueva la persona. Sí variará en cada ocasión el itinerario que sitúe dicha capacidad en pista de inmediata posibilidad.

La realización evangélica, que es siempre personal y que pone en juego a la persona toda, es también siempre comunitaria.

Es en los demás que se han incorporado al Evangelio y que forman el pueblo vivo de Dios, (la Iglesia que cree, espera y ama), donde cada uno puede encontrar, realizar y potenciar su identidad cristiana.

En consecuencia, todo enfoque individualista, elitista, como todo confinamiento en un grupo impermeable, son incompatibles con la mentalidad de que hablamos.

En último término parece conveniente indicar otra línea Evangélica esencial, como es el que este amor que se tiene a Dios de una forma a la vez personal y comunitaria se traduce necesariamente siempre en un empeño de encarnación. O sea, que se ama a Dios precisamente través del hombre y de todo lo creado, y que este amor se concreta en esfuerzo para salvar la persona y para contribuir al pleno desarrollo del mundo.

2º- Sentido común

La mentalidad genuinamente humana, libre de implicaciones sociológicas que la tergiversen o la compliquen, ha dado en llamarse sentido común.

No es el sentido común la constante estadística del pensar humano; al contrario, entendemos que pesan en dicho pensar más aquellas implicaciones sociológicas, que el propio sentido común.

El sentido común consiste fundamentalmente en la convicción del valor de lo humano y de la compatibilidad de los distintos valores humanos.

En concreto decimos que posee sentido común quien mantiene ante la realidad la siguiente postura:

a) Ante el mundo en general:

  • Capacidad de asombro y ejercicio eficaz de la misma ante lo que ocurre, su significado o su eficacia, y que se conceptúe como bueno.

El pleno ejercicio de la capacidad de asombro se consigue solamente cuando se vislumbra la perenne novedad de lo cotidiano desde la perspectiva de la propia persona.

Cuando la capacidad de asombro se manifiesta ante las otras personas, se denomina capacidad de admiración. El elenco de admiraciones de cada uno constituye a su vez la pista útil o deslizante del sentimiento común que se posee.

  • Capacidad de humor, que lleve a encarar la realidad y sus limitaciones de forma tal que permita no perder la serenidad ante el conjunto de todas las realidades, ni las ganas de actuar a pesar de todas las limitaciones.

De ordinario se traduce en crítica risueña de la realidad sin olvidar la propia. Deriva al diletantismo cuando paraliza la actuación propia, y al sarcasmo, cuando paraliza la de los demás.

  • Capacidad de aguante. La configuración de la realidad se convierte a menudo en opresiva o limitativa para la persona, en tal grado, que ejercitar entonces solamente el sentido del humor, sería carecer de profundidad humana. Cuando entra en juego la dignidad o la identidad del hombre y éste carece de medios inmediatos para afrontarlo, el sentido común exige no iniciar una serie de palos de ciego, ni batirse en retirada, sino tomar conciencia de los hechos, para adquirir el reposo interior suficiente que permita un posterior planteamiento y actuación.

La tentación de dramatizarlo y el escape de trivializarlo, quedan siempre al margen del sentido común.

  • Capacidad creativa, cuyo ejercicio conduce a potenciar lo que se admira y a configurar las realidades que no nos gustan según una dimensión que se juzga más válida.

Requiere una aguda conciencia de lo posible. En otro caso la capacidad de aguante o la capacidad de humor habrán de venir a soslayar lo que la creatividad utópica dejó sólo en buenos propósitos. 

Junto al sentido de lo posible, se precisa suficiente energía personal para llevar a la práctica los deseos, y suficiente energía personal para llevar a la práctica los deseos, y suficiente paciencia o templanza para buscar los segundos o terceros caminos que convertirá en realidades los proyectos.

Producen una falsa sensación de capacidad creativa las actitudes encaminadas a destruir lo establecido por sistema, aunque, evidentemente, cuando de construir se trata en inevitable que algo sufra o desaparezca.

b) Ante los demás:

Sin duda los hombres constituyen una parte de la realidad y ante ellos el sentido común provocará las reacciones descritas anteriormente.

Sin embargo, existen concretas exigencias del sentido común que solamente se plantean ante otro ser humano. En dichas relaciones el sentido común exige el ejercicio de:

  • Capacidad de comprensión, cuya utilización conduce a comprobar que cada hombre tiene su clave y a descubrir las motivaciones de los demás en aquello que nos asombra, nos hace ejercitar el humor o nos confina en la capacidad de aguante cuando incide en nuestra vida. Nos hace descubrir asimismo lo bueno de cada actitud y cada silencio, y nos desvela que ninguno de ellos, a escala humana, es enteramente bueno ni enteramente malo.

Comprender con sentido común no es limitarse a tolerar, ni apresurarse a aplaudir.

Solamente puede comprender al otro realmente quien, porque intenta amarle, procurará también ayudarle a cambiar hacia su plenitud.

  • Capacidad de amistad, que es participación viva y profunda en la existencia del otro por mutua voluntad.

El sentido común exige ejercitar esta capacidad, tanto para intentar ser amigo de aquellos a quienes hasta ahora simplemente se comprende, como para procurar ser más amigo de los que ya lo son, de forma que la propia existencia se convierta cada vez más en realidad comunitaria, sin renuncia de lo auténticamente personal.

Conduce igualmente a conseguir que la convivencia y las relaciones humanas en general, estén en todo momento lubricadas por el afecto que convierte el diálogo en conversación y el trabajo en tarea común.

  • Una reducida área de intransigencias, de forma que la flexibilidad y adecuación que exigen la comprensión y la amistad, no desmedulen al individuo de aquello que considera le define en lo interior.

El mismo sentido común que provoca una progresiva reducción del área de intransigencias de modo que vaya ciñéndose a lo puramente esencial de cada uno, provoca la afirmación inviolable de determinadas parcelas sustanciales a su persona.

Lo que excluye el sentido común, pese a la frecuencia con que se produce, es mantener áreas de intransigencia respecto al comportamiento de los demás cuando no nos afecta directamente y precisamente en el área de lo que valoramos como esencial.

c) Ante uno mismo

El sentido común provoca en el diálogo interior de cada uno consigo mismo, además de todas las actitudes citadas hasta aquí, algunas específicas, como son:

  • Autovaloración o sentido del propio valor como persona, en tanto que hombre y como individuo dotado de capacidades y experiencias irrenunciables y válidas.

Frente a la autosatisfacción de quien da por bueno lo propio por serlo, y frente al complejo de culpabilidad de quien nunca fía y siempre recela de sus actitudes, el sentido común impone al hombre partir de la base de su realidad, conocerla y saber que precisamente por existir puede y debe cumplir determinadas funciones para las que está capacitado, y que singularmente o en su conjunto no poseen los demás.

  • Autocrítica. El conocimiento del propio valor y de las posibilidades personales, provoca casi automáticamente el sentido de la distancia entre ambos.

No es la autocrítica el formento inconsciente o deliberado de las propias frustraciones, sino más bien el análisis sereno y en orden de actuación de todo aquello que por ser posible y mejor, debe ser hecho.

Sin embargo, el descubrimiento de sus limitaciones conduce al hombre, también por sentido común, a una insatisfacción, de forma que el sentimiento por lo que no se posee se convierta en motor para conseguirlo.

Pocas realidades más alejadas del sentido común que la de aquellos que aún ante el espejo siguen pensando que todo lo hacen bien.

  • Capacidad de cambio, que excluye las posturas herméticas, y que provoca una actitud de disponibilidad interior para aquello que presente mayores posibilidades de plenitud.

La capacidad de cambio en cuanto a actitudes fundamentales y a zonas de influencia decisiva, por su propia naturaleza, ha de ejercitarse con gran serenidad y no sin reflexión. Las actitudes del cambio por el cambio, o el cambio por inseguridad, distan tanto del sentido común como los dogmatismos inexpugnables de aquellos a quienes la evidencia irrita.

Configurada la mentalidad desde el punto de vista objetivo por el Evangelio y el sentido común con exclusión de otro ingrediente, los posibles errores han de buscarse no en sus contrarios, sino precisamente en sus proximidades.

Así, los riesgos objetivos de la mentalidad pasarán a ser:

Lo accidental evangélico: todo aquello en nombre del Señor se predica sin su respaldo, o la inversión de valores evangélicos que hacen del cristianismo su propia caricatura, y a menudo caricatura eficaz. Enumerar todas y cada una de las variantes seudoevangélicas supera cualquier intento humano.

Lo ambiental: confundir el sentido común con el común de los sentires es tentación que respalda siempre el aplauso de quienes rodean al que se equivoca. Ver como normal lo que no pasa de ser corriente y usual, es siempre una fácil evasión.

La contestación de lo ambiental por sistema viene muy a menudo por confundir la necesidad de pensar con la de pensar distinto. En épocas de transición histórica, en las que por sentido común se avizora la necesidad de un cambio de rumbo, no es de extrañar que existan quienes se sientan tentados a cambiar también de embarcación y de brújula.

B) -  A ESCALA SUBJETIVA

Posee la mentalidad quien ha encontrado y se preocupa de encontrar en cada momento el punto en que se juntan Fe y Persona.

Su fe y su personalidad constituyen el eje y los límites o el perímetro de la plataforma desde la que piensan y subordinan a ellas todos los demás ingredientes.

Es de señalar, que mientras al hablar de mentalidad a escala objetiva, nos referíamos al Evangelio y al sentido común con exclusión de todo otro componente, al referirnos a la persona, dichos elementos evidentemente aparecen, y su exclusión provocaría existencias desencarnadas hasta un punto que no solamente rechazamos, sino que sería incompatible con la vida misma.

El hombre ha de poseer su mentalidad respecto al trabajo, a la diversión, a la política, a cuantos sean los campos del quehacer humano. En todos ellos, quien posea la mentalidad que nos ocupa, sin embargo, subordina su postura a los ingredientes de fe y persona, que a su vez constituyen para él una urgencia para que realice las tomas de posición necesarias en todo lo contingente.

1º- Fé

Tener fé verdadera, a nuestro entender no consiste únicamente en tener por cierto el Evangelio, sino que constituye una postura ante la vida, que deriva de haber interiorizado y encarnado esas creencias.

Esto supone:

  • Vida de Gracia intensamente sentida, vivida y comunicada.

No concebimos la vida de la Gracia como el resultado de un balance puramente moralístico, sino como una participación real, esforzada y libre en el amor de Dios, que lógicamente, supone imperiosas consecuencias de conducta.

Evidentemente, el hombre antes de emprender la vida de la Gracia, ha de recorrer otras dimensiones previas, pero sin embargo para analizar la plenitud y la autenticidad de su fé, es ésta vida la que cobra primacía, de forma tal que si no se da en verdad o no se mantiene el dolor de que no se dé, se convierte en ocioso cualquier intento de profundizar más en averiguaciones sobre si posee o no la mentalidad pretendida.

  • Un conocimiento claro y sintético de las verdades de su Fe.

El conocimiento que se requiere para identificar la Fe es, como queda indicado, de carácter sintético y no se precisa que quien la posee haya efectuado un análisis exhaustivo, y ni siquiera que la sepa explicar a los demás.

La mera asimilación de fórmulas y doctrinas especialmente inválida ante un hecho como el cristiano que dice relación a una Persona —Cristo— y no a una simple teoría.

  • El convencimiento de que no son viables las variantes no cristianas al uso, o sea que el cristianismo no constituya un condicionamiento sociológico que haya suprimido a la persona cualquier otra alternativa, excepto, como es lógico, la de vivir a su aire y sin planteamiento profundo alguno, lo que es siempre factible.

Este convencimiento comporta la convicción de que lo cristiano se sitúa en orden distinto al de las ideologías, y que por ello, puede y debe ser compatible con algunas, y con elementos de todas ellas.

  • Reflexión vital que le haya conducido al planteamiento y a la superación personal de las dudas probatorias de la misma Fe —el dolor, la guerra, la injusticia, la muerte, …—

Dicho planteamiento no ha de haber conducido a las fáciles soluciones de convertir en misterios los problemas o de providencializar lo responsabilizable. Las convicciones a que haya llegado habrán tenido que provocar decisiones consecuentes cuando las situaciones límite hayan invadido su vida, al menos al cesar los momentos de conmoción.

  • Comunicación, o sea, un esfuerzo reflexivo para hacer comprensible su Fe al que no la posee, sabiendo, sin embargo, que lo que le puede convencer no es una explicación acertada, sino una vivencia auténtica, coherentemente explicitada.

2º- Persona

Según la mentalidad que nos ocupa, solamente cuando en las decisiones se conjuga plenamente la persona con la Fe, ésta libera y aquella puede tener plena realización.

La puesta en juego de la persona que es uno mismo, ante una circunstancia determinada, solamente se comprueba interiormente, si de la misma sale, no sólo intacta, sino potenciada la personalidad.

No han de confundirse persona y personalidad. La primera tiene validez y vigencia en todo caso, mientras que las personalidades van desde su práctica inexistencia a su mejor realización, pasando por numerosos supuestos de medios intentos y parciales frustraciones. Cada uno, sin embargo, sentimos el valor persona a través de la puesta a punto o de la avería de nuestra personalidad.

Para enunciar en síntesis la esencia del valor persona, cuyo ejercicio se propugna, diríamos que el hombre es tal, cuando mantiene las dimensiones de identidad, relación y dinámica.

  • Por identidad, entendemos la conciencia del valor del hombre como tal (centro de la creación y de la historia, y para el cristiano motivo de la encarnación del Hijo de Dios) y del hombre concreto que se es: alguien singular, único, irrepetible, incangeable, intransferible, vivo, consciente, dinámico, concreto, con percepción crítica de su existencia y de los valores que él valora.

La identidad con uno mismo se traduce en el sentido de la propia dignidad y queda conculcada cuando el hombre padece cualquiera de los fenómenos de elienación, que le confinan en un “rol” al que tiene que ceñirse, destruyéndose, adormeciéndose o truncándose el llamado de su propia realización.

  • La realización, como integrante del ser de la persona, es lo que añade al dato de la identidad el que éste se produzca frente a los demás y a los demás.

El conjunto de solicitaciones, condicionamientos, estímulos, fronteras y agresiones que el entorno sitúa alrededor del hombre, hacen que su identidad sea siempre una identidad dialéctica, en realización.

Cuando el hombre establece su identidad en viva y auténtica relación con lo real, sin que por ello aquella se destruya, da en sentirse libre, hombre entre los demás hombres, sin vinculaciones subordinadas que le impidan ser uno mismo y vivo dentro de aquellas subordinaciones que sean inevitables, porque consigue o intenta superar por planteamiento personal, lo que sufre como presión de circunstancias y estructuras.

  • La dinámica del ser humano exige que éste (con su identidad, conscientemente situada en su entorno) actúe operativamente sobre el mundo, en orden tanto a hacerse lugar en él, como a configurarlo.

Por digna y libre que se sienta la persona, no es tal desde el goce pasivo de sus prerrogativas, sino que pasa a serlo cuando, además, vuelca en la “praxis” su mismidad (su genuina manera de ser), y se compromete en la acción asumiendo el riesgo en que, desde entonces, sitúa su mismo ser a través de su conducta.

La dinámica general, para contribuir a la plenitud de la persona, no puede ser indiscriminada. Hacer por hacer, es a menudo deshacerse. Ha de tratarse de una acción que venga destilada, exigida y respaldada por la propia forma de ser, por la personal mentalidad y por la propia situación circunstanciada del hombre.

Quien posee subjetivamente la mentalidad expuesta, ante cada situación, intuye, busca o crea una actitud personal en la que no sufran ni su Fe ni su persona, sino que potencia a ambas hacia una auténtica personalidad humana centrada en un eje cristiano.

Cualquier pequeña desviación de este eje produce un ángulo de deriva, y en el principio del despiste suele encontrarse siempre alguno de los siguientes elementos:

  • La superstición ha sustituido total o parcialmente a la fe. Se otorga poder mágico a lo que es sagrado. Lo absoluto ya no es el sentido de la realidad, sino que se identifica con realidades concretas y contingentes. Lo mágico es siempre más arbitrario en su expresión que lo religioso, pero a cambio es más utilitario en su proyección. Promete soluciones, sin exigir el esfuerzo necesario para crearlas.

Es fácil confundir superstición con idolatría o con la simple filosofía del número trece; y sin embargo, también es frecuente dislocar lo cristiano de forma que se deforme y que ya no haga referencia a Cristo, valorándose por sí mismo supersticiosamente.

  • El clericalismo supone una superstición de tono menor y provoca una alienación de segundo grado. Lo que se cree, se piensa o se proyecta se convierte, ante múltiples casos concretos, no en algo real, sino en un cheque endosado a quien detenta, según se cree, la facultad de tener que acertar siempre.

El clericalismo, sin variar los planteamientos básicos, introduce a medio camino el fácil trámite de llenar con referencias autorizadas, las lagunas y los riesgos que encarnar la fe lleva consigo.

Puede existir clericalismo respecto a una persona concreta que, la mayoría de las veces sin proponérselo concita a su alrededor un cero de devotos si es pre-conciliar, y de “fans” si es post-conciliar. 

Pues existir también referido a grupos, cuerpos o líneas de actuación.

Produce siempre la imitación del carisma, y recuerda aquello de “bienaventurados nuestros imitadores, porque ellos serán nuestros defectos”.

  • El telologísmo abstracto sitúa la fe en el terreno de la elucubración, desvinculándola de la vida y recreándose más en el planteamiento que el contenido.

Unas veces es el refugio de quien, porque sabe pensar, intenta a la vez ahorrarse el esfuerzo de vivir comprometidamente, y aparentar una profundidad de que carece.

En otras ocasiones, tiende a convertir el cristianismo en una ideología, con lo que se le desnaturaliza y se le priva de dinámica interior para incidir en el mundo y fermentarlo, ya que éste vive y cambia sin atender al dictado de los teóricos de ideologías.

  • Respecto al factor persona, también existe una suerte de clericalismo laico, miedo a la libertad, que provoca los fenómenos de masificación, y se introduce en la persona, convirtiéndola en simple discípulo de escuela o en mero eslabón de una cadena de realizaciones, cuya motivación le es ajena.
  • El individualismo en el pensar produce la escasez de diálogo o el diálogo de sordos, porque precisamente se valora la originalidad de lo que se piensa y no el acierto con que se interprete y se integre en ella el hombre.

Querer ser original es lo menos original de los deseos.

III - ADQUISICIÓN DE LA MENTALIDAD

La mentalidad no se adquiere simplemente con proponérselo, y frecuentemente se asimila mezclada con múltiples elementos que se le han adherido y que la desfiguran.

Es frecuente pensar que las personas adquirirán la mentalidad por vía de adoctrinamiento, explicándoles con la conveniente pedagogía, la ideas que la integran. De ordinario el hombre “aprende” lo que se le enseña; pero solamente “sabe” lo que el descubre.

Sin embargo, no suele accederse a la entraña de una mentalidad por simple investigación personal. En las expresiones humanas, lo que es verdadera mentalidad, va tan mezclado con condicionamientos y encarnaciones contingentes que, distinguir entre una y otras, es una labor de artesanía prácticamente inasequible.

Es necesario estudiar por separado cómo adquiere la mentalidad una persona concreta, de cómo se mentaliza una colectividad o un movimiento.

A) A ESCALA INDIVIDUAL

Se adquiere la mentalidad por vía de contagio coherentemente explicitado.

Se precisa alguien que no solamente conozca la mentalidad, sino que la haya incorporado tan vitalmente, que la convierta en elemento contagioso. Las personas consecuentes con sus ideas producen siempre una onda expansiva que provoca la aproximación y el interés vital de quienes les rodean.

Pero tampoco es suficiente el simple contagio, si quien encarna la mentalidad no se preocupa de explicitarla, de forma que pueda hacerse objeto de compresión, y precisamente en el modo concreto, mediante el cual quien se le ha aproximado, pueda ver dicha mentalidad como un haz de luz que se proyecta hacia sus auténticos problemas.

La comunicación de la mentalidad se produce, supuesto el contagio de quien la posee, en la medida en que esa comunicación actúa sobre alguien que posee la aptitud y la actitud convenientes. 

La aptitud del individuo para alcanzar la mentalidad, que nos ocupa, se manifiesta en la posesión del sentido común, o en su defecto, en la conciencia de no tenerlo.

En muy difícil encontrar la persona que posea un pleno sentido común. Más frecuente, aunque también difícil, es descubrir a quien sabe que en diversos campos de su vida piensa y decide sin sentido común. Llegar a conseguir conciencia de las alienaciones concretas que se padecen y cultivarla después, es el remedio eficaz para llegar a moverse libremente y con acierto en los campos donde se está actuando sólo por reflejos o condicionamientos.

El esfuerzo previo a la comunicación de la mentalidad se dirigirá, por tanto, en una doble dirección:

  • a descubrir, entre quienes nos rodean, personas de verdadero sentido común. Pocos hallazgos tan sorprendentes y agradables como el de encontrar a alguien con verdadero sentido humano, sin la artificialidad de posturas estudiadas y con verdadera maduración personal.
  • a fomentar, por vía de amistad, la simplificación interior de quienes nos rodean, para que por sí mismos, puedan descubrir hasta que distancia se habían alojado del sentido común y así emprender su propia recuperación.

La actitud que se precisa podría definirse como una actitud de búsqueda. La inquietud a la vez sincera e ilusionada es el principio de insatisfacción que podrá convertir las ideas en convicciones operantes, a injertar al mismo hombre en su nueva mentalidad sin que su humanidad haya sufrido merma alguna, sino que precisamente por ello, se haya potenciado.

Aun existiendo todos los ingredientes antes citados (contagio, aptitud y actitud), ha de tenerse en cuenta que existirán interferencias que dificulten o agosten el proceso.

Las interferencias internas derivan de la inercia ante el cambio, de los intereses que saldrían dañado con él, y del vértigo ante el riesgo de adoptar el compromiso que supone.

Las interferencias externas ofrecen una amplia gama de posibilidades. Desde la agobienate insistencia proselitista de los que con su mejor voluntad producen antes el rechazo que el trasplante, hasta la intromisión de quien aprovecha la actitud de cambio para llevar las aguas a su molino, pasando por la posibilidad de que se produzca cualquier acontecimiento personal, familiar, profesional, etc. del individuo que interrumpa la maduración y la aproximación.

Adquirida la mentalidad, es tan fácil serle fiel como difícil resulta despojarse de ella.

B) A ESCALA DE MOVIMIENTO

Un movimiento solamente se mentaliza si en el seno del mismo predominan las personas que poseen la mentalidad. El predominio no se refiere en este caso a una dimensión jerárquica, sino a la presencia mayoritaria o estratégica, de forma que se consiga impregnar y colorear el conjunto.

Para que el Movimiento de Cursillos posea eficazmente la mentalidad propuesta, se hace todo lo necesaria la existencia suficiente de personas mentalizadas.

Aunque existan dichas personas, la mentalización global resultante no es siempre proporcionada, ya que han de tenerse en cuenta:

Las inercias internas, que operan frenando o desviando los procesos de interiorización.

Las personas influyentes y demás circunstancias de lugar y tiempo escoran hacia lo peculiar la mentalidad común, con el riesgo, siempre presente, de las encarnaciones específicas primen sobre lo sustancial y se valore más el tinte que el tejido. De ser realizaciones válidas como encarnación singular de la común mentalidad en ocasiones tienden a constituirse en categoría, enquistándose como un elemento más de aquella mentalidad.

Las relaciones del Movimiento con su entorno “eclesiástico” lo someten siempre también a determinadas inercias que dificultan el pleno desarrollo de su mentalidad y, con ella, de su eficacia.

Como los Cursillos implantados sin su genuina mentalidad, causan también su efecto, el limpio afán de conservar lo conseguido, y el no tan limpio de defender la propia actuación, constituyen siempre otra inercia suplementaria en este campo.

En contra de las inercias y favoreciendo la progresiva implantación de la adecuada mentalidad, operan lo que llamamos atracciones de la experiencia. Cuando cesan los optimismos iniciales y se observa la diferencia entre lo que se estuvo a punto de alcanzar y lo que se mantiene, suele darse un intento de profundización, que constituye un momento especialmente propicio para una correcta mentalización. 

Unos y otros factores son sin embargo ineficaces si no actúan debidamente los fermentos de reflexión.

Llamamos fermentos de reflexión a las personas y los grupos que, además de estar mentalizados, mantienen una actitud pensante dentro del Movimiento.

La importancia de este factor requiere un estudio algo más detenido, de forma que quede patente cuál es el cometido natural de dichos fermentos de reflexión y cuál debe ser la postura del Movimiento, especialmente de sus dirigentes, frente a los mismos.

a) Actuación

Los fermentos de reflexión actúan mediante:

1.- El estudio y la interiorización de la verdad, tanto del Evangelio como del hombre. Descubrir los más puros perfiles de lo cristiano y la más auténtica trama del hombre, constituye para ellos un que hacer ineludible.

No poseen la verdad en mera actitud de goce pacífico, sino que junto a la luz que en ella encuentran la sienten radicalmente como interrogante continuo.

2.- El estudio de la realidad desde dentro de la misma. La verdad carece de sentido para ellos si no se encarna en lo real y produce un bien.

La realidad, tanto del mundo en general como de la Iglesia y del propio Movimiento de Cursillos, se somete a examen a la vez valorativo y crítico, siempre en revisión, atendiendo a la fluidez de su propia vitalidad.

No sólo supone estar en contacto vivo con el mundo, la Iglesia y los Cursillos, sino tener vivo, despierto y alerta el interés por descubrir sus signos de los tiempos: aquellas realidades germinales que anuncian ya la realidad de mañana.

Rehúyen los elementos edulcorantes que puedan presentar las realidades deformadas y teñidas en su propia leyenda rosa.

Por otra parte, mantienen tensa su capacidad de asombro para descubrir aquellas realidades cuya validez justifica el conjunto y cuyo alcance pueda ser eficaz en otros campos.

3.- La búsqueda de nuevos cauces que permitan una más plena adecuación de las realidades a las verdades.

Alumbran y difunden nuevas ideas, plantean nuevos métodos y descubren y explicitan nuevas honduras de los ya existente.

Como poseen la facultad de equivocarse, solamente en el diálogo, el contraste y la experimentación de sus nuevas inquietudes producirá, por poso y sedimento, lo que pueda darse como válido y digno de incorporarse al caudal común.

4.- La revisión de las ideas y métodos vigentes en un momento determinado, intentando descubrir sus posibles deficiencias y sus líneas de mejora.

Esta función crítica de los fermentos de reflexión no siempre es bien recibida por quienes permanecen instalados en lo que se viene haciendo. Como es lógico, las tentaciones de la crítica por la crítica, la crítica inmadura, o la que se formula sin sentirse implicado en ella está siempre al acecho. Solamente cuando la crítica se hace sin olvidar que las verdades que se manejan valen más que uno mismo y que por ello se plantea con cierto inquieto temblor, acostumbra a dar en la diana de lo cierto y a ser bien recibida.

A menudo la crítica que emiten los fermentos de reflexión es su única dimensión que resalta, bien por el escozor que suscita, bien porque siempre es más fácil encontrar una réplica que asimilar una idea.

b) Tratamiento

Es preciso ante todo que los dirigentes del Movimiento de Cursillos acierten a descubrir los fermentos de reflexión existentes.

El encontrarlos se dificulta porque nunca constituyen un elemento visible e institucionalizado, y porque, si no son atendidos en sus iniciales inquietudes de profundización, frecuentemente se sitúan fuera del área del Movimiento, haciéndose difícil su posterior reincorporación.

Es una habilidad poco común saber distinguir las personas que piensan y profundizan, de aquellas que se dedican a servir de meros exégetas o de comparsa intelectualizada; de los que se limitan a vestir con fraseología al uso verdades de a puño o mentiras corrientes; de los que ejercitan solamente la crítica como deporte.

La tentación de tener un elenco de pensadores oficiales, o de seguir considerando profundo lo que pueda decir quien alguna vez pensó, dificulta el arte de descubrir al que piensa, casi tanto como la inclinación a considerar que bien piensan, los que piensan como uno mismo.

Confundir cultura y ejercicio del pensamiento, es otro posible error.

Aunque se tenga la perspicacia suficiente para averiguar dónde residen los fermentos de reflexión, nada se consigue si los dirigentes no tienen al propio tiempo la suficiente capacidad de escucha

Saber escuchar supone una aproximación cordial y un interés, no sólo por las ideas que el otro posea, sino por la persona misma que las ha pensado y por su problemática humana concreta. Supone asimismo saber que no se admitirá una respuesta más que si se le ha dejado explicar plenamente su inquietud, aunque sea una inquietud ya muy familiar al que la oye. Exige también abordar el diálogo con más ganas de enriquecer el mutuo pensamiento, de convencer, y ninguna de aniquilar.

La conexión del dirigente con los fermentos de reflexión, que es imprescindible, nunca puede sustituir a la necesidad de conectar entre sí a los que existan.

Las convicciones colectivas solamente maduran por el diálogo, y en particular por el diálogo sincero y preocupado entre quienes, por vocación y forma de ser, valoran más las convicciones y las ideas.

Será siempre un servicio eficaz, por tanto, el que los dirigentes, porque no teman a quienes piensan, programen incluso su recíproco encuentro y trabajo común.

Por otra parte, a la tentación de desvincularse de la realidad y permanecer en su peculiar laboratorio de ideas que acostumbran a padecer los fermentos de reflexión, hade oponerse, desde dentro, la convicción de que pensamiento y vida han de permanecer indisolublemente ligados para tener sentido, valor y eficacia; y desde fuera —por parte de los dirigentes— ha de contrarrestarse mediante un esfuerzo continuado para vincular al todo las personas que integran estos núcleos.

Esto supone interesar de quienes piensan más, que acentúen su vibración interior y su incardinación en el caudal de inquietudes que, pensadas o no, están vivas; y asimismo, procurar que quienes con su llaneza no precisan planteamientos intelectuales especiales, sepan ser amigos, y por tanto entender a aquellos.

El esfuerzo por vincular al todo los núcleos de reflexión, no debe inducir a los dirigentes a una fría asignación de cometidos a unos y otros. No se trata de ordenar (dar órdenes), sino de ordenar (poner orden), ya que si cada hombre se encuentra en su lugar conveniente, y rodeado de quienes no son como él, y son sus amigos, rendirá al máximo y encontrará por sí mismo, su dimensión más exacta.

Ni a todos se exige una profundización intelectual que a muchos no haría sino complicar, ni a nadie se le exime del deber de pensar.

Somos conscientes de que en cada persona predomina, casi por temperamento, alguna de sus potencias, sin anular a las demás. Habrá quienes pongan el acento en el pensar, quienes en el amar, y quienes en el servir. Sin embargo, quien piensa, habrá de amar la realidad que reflexiona y servirla eficazmente, como quien ama descubre que el amor es ingenioso y provoca reflexión, al tiempo que vela por hacer bien al que ama.

Es necesario recalcar que los fermentos de reflexión resultan incómodos, y diríase que son incómodos por vocación irrenunciable, de forma que el día en que solamente pudieran asentir, se crearía el riesgos de perderlos de vista, y con ello quizá también el de que ellos perdieran de vista al Señor.

 V - FUNCIÓN DE LA MENTALIDAD

Dentro del Movimiento de Cursillos, profundizar en su mentalidad y procurar difundirla cubre los siguientes cometidos:

  • Es garantía de autenticidad, ante todo humana. Solamente el hombre que se interroga por el sentido y el alcance de lo que es, lo que hace y lo que ve, puede seguir siendo auténticamente humano. De lo contrario, poco a poco, las costumbres pesarán más que las decisiones, los tópicos más que las ideas, y el ambiente más que su libertad.

Sin autenticidad humana, difícil es imaginar la autenticidad cristiana, pero ésta también reclama que el hombre se interrogue de forma continuada, en orden a no vaciar de contenido la evidencia, anclándose en el rito, y no encontrarse al final del proceso con que la sal se ha vuelto insípida, y el mensaje simple consigna.

Dentro de la autenticidad humana y cristiana del Movimiento, ha de velarse también por su autenticidad metodológica, y ello solamente se consigue ejercitando y cultivando la mentalidad a que el método responde. Sin la debida reflexión, tienden a valorarse todos los aspectos del método por igual, y aun tienden a sobrevalorarse aquellos rasgos que, por ser más llamativos, tardarán menos en pasar de moda.

La autenticidad metodológica no consiste en hacer pasar a las personas por el estrecho sendero de un conjunto de normas y fórmulas estereotipadas, sino todo lo contrario, consiste en conseguir una profundización personal tan honda de los principios inspiradores de actuación, que cualquier encarnación concreta esté en línea con los mismos, y atienda al sentido de cada norma metodológica más que a su letra.

  • El motor de actualización tanto de métodos como de ideas o proyectos.

La función crítica que atribuíamos a la mentalidad hace posible descartar modos estilos y tomas de posición que van quedando arcaicos, antes de que su fosilización los convierta en ridículos. Es curioso comprobar que, mientras quienes piensan desde el mismo interior de la realidad tienen un especial sentido para, en función de los signos de los tiempos, detectar lo que vá dejando de ser válido, otros en el momento en que deja de serlo, se aferran románticamente al detalle accesorio, como si perteneciera a la esencia más intocable del método o del Movimiento.

Junto a la función crítica, la mentalidad es motor de actualización por su función proyectiva o creadora. Nada más alejado de un recto uso de la mentalidad, que el mero ejercicio de la función de censor. Al comenzar a percibir el eco de lo arcaico en algún extremo, por reacción, agudizan la imaginación, en orden a descubrir los planteamientos y sistemas que sí pueden estar adecuados a la circunstancia que se aproxima.

Ha de tenerse en cuenta que, al ser el Movimiento de Cursillos una realidad en vías de alumbramiento, la actualización no se ha de producir solamente en función del factor tiempo, sino también de los nuevos ámbitos han de ser especialmente atendidas las inquietudes de reflexión que surjan.

  • Solamente la plena vigencia de la mentalidad propuesta podrá conseguir y mantener en el Movimiento la unidad dentro de la pluralidad de encarnaciones parciales.

Junto al qué de los Cursillos, o sea, lo que les da sentido y les define, han de existir diversos cómos personales o colectivos de vivirlos ya que el qué se capta y se expresa tan sólo a través de un cómo

Mientras el qué de los Cursillos siga reducido a muy poco más que a ser un instrumento para despertar y mantener despierta el hambre de Dios en el hombre, en medio de una real valoración de la persona y de su insatisfacción, será siempre posible mantener la unidad, y con ella la eficacia.

Solamente cuando un cómo invade arbitrariamente el área de qué, o se intenta convertir un porqué tratándolo de imponer a los demás, la pluralidad deseable se convierte en disgregación inevitable y siempre lamentada.

Cuando en el Movimiento se dá más importancia al método que a la mentalidad y a las personas, éstas, en lugar de sentirse ayudadas en su camino hacia Dios y en su esfuerzo de plenitud humana, sienten la complicación de un sinfín de cosas que los obstaculizan, y no consienten por mucho tiempo permanecer dentro de la opresión que ello les produce.

No se entienda lo anterior como una indicación a la proliferación de originalidades ni a la canonización de cualquier cómo. Introducir novedades metodológicas sin el previo diálogo, la general comprensión y la debida experimentación, será siempre una ingenuidad más o menos vanidosa que, sería hasta curiosa, si de ordinario no produjera víctimas.

  • Sirve la mentalidad asimismo para establecer cauces que expliciten y comuniquen la realidad del método y del Movimiento, así como su contenido y finalidad que, como queda dicho, trascienden a aquellos.

A la hora de explicar lo anterior, es necesario ser conscientes de que nunca es positivo el silencio, ni eficaz la falta de explicación, ya que al situar los Cursillos ante quienes los observan, casi en el terreno de lo misterioso, no consigue sino abrir nuevos cauces a la caricatura de que pueden ser objeto.

No obstante, no puede explicarse todo ello del mismo modo a los distintos grupos de personas que abordan el tema desde una perspectiva diferente.

Será necesario, por tanto, encontrar formas cada vez más aptas y eficaces de exponer la verdad y la realidad de los Cursillos, a los no cristianos, a los cristianos no cursillistas y a los propios cursillistas, que a menudo aman más de lo que conocen al Movimiento. 

No puede servir la misma explicación tampoco para los no cristianos general, que para aquellos sectores inquietos y en búsqueda, a través de una actitud consciente y reflexiva. Mientras para unos los Cursillos habrán de provocar el encuentro con lo inesperado, en los otros pueden y deben aparecer como una respuesta potencialmente válida.

A los cristianos por lo general les interesará conocer tan sólo lo que contribuya a su aproximación hacia sí mismos y hacia Dios; para aquellos cristianos con profunda inquietud para encontrar los más adecuados cauces de fermentación cristiana de la realidad, es obligado explicitarse en forma tal, que nunca puedan ver en los Cursillos un planteamiento teórico, sino por el contrario una exigente invitación a participar.

Dentro del área de los propios cursillistas, ha de huirse de empacho de teoría de los que no la precisan en dosis masivas, así como de la falta de la necesaria profundización en los dirigentes, ya que, sin el debido conocimiento de los instrumentos, se desafina, y sin la asimilación de la melodía, todo desentona. Sin mentalidad podrán conseguirse brillantes rollistas, pero nunca dirigentes.

Este último aspecto, o sea, la explicación de los Cursillos a los propios dirigentes del Movimiento, es el único de los señalados que a nuestro entender viene siendo medianamente atendido, y ello origina a menudo la existencia de grupos de iniciados que creen ser maestros en Israel y utilizan los resortes más simples, como si de fórmulas magistrales se tratara.

V - RIESGOS DE LA MENTALIDAD

Sin ánimo exhaustivo, señalamos:

  • La pedantería, o superficialidad brillante, donde tienden a refugiarse la carencia de ideas importantes y las ganas de conseguir ser aplaudido, cuando se sientan por encima de las que sin duda también se tienen de que se aplauda a la verdad.
  • La atomización de criterios, ya que en épocas y ambientes en los que pensar viste, cada uno se preocupa más de cuidar su pincelada, que de su casi invisible aportación al conjunto. La dispersión de criterios es probablemente un síntoma de que ninguno de los que están en presencia tiene hondura suficiente para aglutinarlos, o de que las personas que los manejan, no los poseen, sino que los utilizan.
  • La abstracción, cultivo de la mentalidad por sí misma, inmersión en la sagrada teoría, que, al no incidir en la realidad, ni responder a inquietudes reales, sirve sólo al narcisismo de los que se creen intelectuales.
  • La manía de cambiarlo todo, escudándose en actitudes renovadoras auténticas al uso, suele conducir, al final de un proceso, a dejar las cosas como estaban, las personas fuera de su sitio y el vocabulario ya perfectamente incomprensible.
  • La suficiencia, que cambia la sana ilusión por aportar al conjunto la palabra concreta de que cada uno es depositario, por el afán de pronunciar siempre la última palabra. Dentro de ella, la manía de publicarlo todo, no suele llevar más que a inmortalizar superficialidades, sorprendiendo en su buena fe a los que se dejan cautivar por la letra impresa.
  • el sincretismo, o sea, el ansia de hacer sintonizar distintas mentalidades, y de elaborar un coctel de ideas de distinta procedencia que suele carecer del sabor de cada una de ellas. Consigue crear tan sólo un mosaico inexpresivo y jamás un criterio vivo.

Siempre resulta agradable decir, ante el criterio ajeno, que coincide con el propio, pero ello no puede manipularse a base de hacer decir al otro lo que no quería expresar, y de variar sin justificación el propio pensamiento. A menudo el intento de sincretismo se debe a la paternalista actitud de aderezar los criterios, en lugar de confrontarlos y dialogarlos.

Dentro de este mismo riesgo hay que situar a quien cultiva la ambigüedad del pensamiento, para tener que evitar el trance, que se le antoja doloroso, de descubrir que no estaba en plena posesión de la verdad; o para disimular su cobardía de pensamiento o de acción.

VI - VIGENCIA DE LA MENTALIDAD ORIGINARIA

Hasta aquí se ha intentado explicar con palabras de hoy y el talante de ahora, la mentalidad que entrañan los Cursillos de Cristiandad.

Al comparar esta exposición con la que efectuábamos en “El Como y el Porque” (Proa nº 197 abril 1955), creemos observar lo siguiente:

  • Existe una coherencia radical, planteando el cristianismo como solución integral de lo humano, atendiendo a la encarnación de lo cristiano en la realidad, apoyándose en la persona, encarando de lo cristiano en la realidad, apoyándose en la persona, encarando lucidamente la situación de la Iglesia y del mundo, y apuntando hacia la simplificación progresiva del planteamiento.
  • Es perceptible una evolución dentro de la línea sustancial, que afecta principalmente a los modos de expresión, y que incide, asimismo, en la forma de presentar lo cristiano, condicionada, como siempre, por factores de lugar y tiempo.

Para apreciar ambos extremos, es oportuno reproducir literalmente lo que decíamos en el estudio antes citado al referirnos a los antecedentes ideológicos de los Cursillos, señalando las “Características de este pensar”:

Se puede deslindar claramente lo que podríamos llamar las líneas fundamentales del nervio ideológico de los Cursillos de Cristiandad, y que es ahora nuestro objetivo señalar con precisión. Tales son: 

  1. Un concepto triunfal del cristianismo que es el único exacto y verdadero, como solución integral de todos los problemas humanos, en contraposición con la concepción aburguesada, estática, conformista e inoperante que de cristiana no tiene sino el nombre que usurpa.
  2. Una visión dinámica del catolicismo militante, entendiendo el apostolado no como una superabundacia sino como una exigencia de vida que, lejos de realizarse en una organización burocrática, constituye la vanguardia decidida del Reino de Dios, el fermento vivo y operante de la Iglesia.
  3. Un principio de insatisfacción sincero, recto e ilusionado, único punto de partida posible para toda acción eficaz y fuente inagotable de múltiples y siempre mejores realizaciones.
  4. Un conocimiento profundo y exacto de los hombres de hoy, de sus problemas y de su angustia, pero un conocimiento experimental, vivo, sacado no de fórmulas estáticas o tomado de “manuales sencillos y prácticos”, sino aprendido en la vida misma nacido de la convivencia íntima con la masa que el fermento evangélico de vivificar.
  5. Un convencimiento profundo de la insuficiencia o inadaptación de ciertos métodos para conseguir el objetivo esencial de toda acción apostólica, convencimiento que, lejos de esterilizarse en lamentaciones o resignarse a la fatalidad de los acontecimientos, impulsaba con creciente interés a la vitalización de todo lo aprovechable y a la búsqueda de nuevos y fecundos horizontes.
  6. Una firme convicción de que era realmente posible que cuantos vivían al margen de lo religioso sintieran la fuerte sacudida de la gracia y que, por más alejados que estuvieran, de Cristo, eran capaces de entregarse totalmente a El, siempre que se les presentaran las cosas de Cristo y de su Iglesia tales como son en sí, prescindiendo si era necesario, de cualesquiera preferencias o criterios personales por más arraigados que estuvieran, y que, en el último término, no eran sino aspectos accidentales.
  7. La firme esperanza de que, al llevarse a cabo esta experiencia, sucedería lo mismo que en tiempo de Cristo: las samaritanas y los zaqueos se convertirían en los más dinámicos apóstoles del Señor.
  8. Un esfuerzo tenso por encontrar una técnica de realización concreta que, calcada en los procedimientos apostólicos, tuviera en cuenta los problemas personales y las exigencias concretas de cada individuo para solucionarlas de raíz, con una solución que partiera de Cristo y de su gracia aceptados como fuerza y peso que influenciarán toda su vida.
  9. La convicción de que la solución era simple, y, por simple, universal: por ello debía vivirse en el cursillo la catolicidad efectiva de la fe al toparse en una misma solución y en un mismo ambiente, aunque lanzadas a distintos horizontes, las diferentes clases y las diversas culturas”.

Desde entonces puede apreciarse que ha cesado tan sólo el tono apologético que se hacía imprescindible y espontáneo en un contexto en el que era general la incomprensión del Movimiento, y donde precisamente se achacaba a los Cursillos falta de contenido ideológico o indeterminación del mismo.

Los adjetivos —triunfal, militante, etc.— no pueden ocultar, ni siquiera con el paso del tiempo, la vigencia de lo sustantivo. 

No puede dudarse que peregrinábamos desde lo cristiano a lo humano, y que en dicho intento proseguimos.

La exposición ahora efectuada, que refleja quizá con más claridad la autonomía de lo humano y la íntima correlación entre los órdenes de Creación y Redención, carece sin embargo del frescor primero, y ostenta los riesgos de toda elaboración, pese a que se ha emprendido con el deseo de sugerir e invitar a reflexionar y sin ánimo alguno de hacer un tratado aséptico, ni de pontificar. 

Quisiéramos que este estudio constituya invitación y tema para el diálogo. No pretende sentar cátedra, ni es lógica que su punto final sea otro que un renovado y diario intento de seguir reflexionando en común sobre lo que es patrimonio de todos, por serlo del Dios que nos urge y de los hombres todos, que quizá lo ignoran. 

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