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2/ABR/2026
Los factores de los que depende la realidad
La realidad del hombre depende de la constitución, la formación, la libertad y la gracia. La voluntad actúa entre influencias internas y externas, y la gracia eleva al hombre a hijo de Dios, distinguiendo lo temperamental, el carácter y lo cristiano.

Los factores de los que depende la realidad presente de un hombre son: 

CONSTITUCIÓN 

Factores:

- Fisiológicos: temperamento

- Espirituales: inteligencia

FORMACIÓN

- Educación

- Ambiente

EJERCICIO DE LA LIBERTAD - VOLUNTAD

OBRA DIRECTA DE DIOS - GRACIA

La constitución es la dotación hereditaria del individuo: su potencia y posibilidades internas. Posteriormente los factores externos podrán influir poderosamente, del mismo modo que una roca de una determinada composición química da por resultado un terreno muy distinto según el clima que sobre ella actúa. Los factores fisiológicos y espirituales están íntimamente ligados, por ser los primeros el cauce por el que los segundos trascienden al individuo, de tal modo que, en sentido estricto, quizá sería mejor decir que los factores constitucionales son únicamente fisiológicos y que las aparentes diferenciaciones espirituales de constitución son consecuencia de aquellas.

La formación viene constituida por el conjunto de circunstancias externas que actúan sobre la roca. En ella podemos distinguir la educación o esfuerzo encaminado explícita e intencionalmente a la formación, y, ambiente, o factores externos que concurren a la formación, de modo decisivo, aunque no estén animados de dicha explícita intención. La educación se sabe, el ambiente se vive.

La constitución y la formación por si solas, al conjugarse, darían un resultado que seguiría unas leyes complicadísimas pero fijas. Estaríamos sujetos a un férreo determinismo.

Pero el hombre rompe estas leyes mediante el uso de su libertad. Pero, así como la voluntad trunca el determinismo también la constitución y la formación actúan incesantemente sobre aquella mediante una presión constante que tiende a inclinarla en un determinado sentido. En principio la voluntad es absolutamente libre, pero en la práctica todo acto será la resultante de la libertad y de estas fuerzas que sobre ella actúan. Por esto es que el esfuerzo de la voluntad no puede medirse únicamente por el acto sin tener en cuenta todas estas fricciones internas. El “no juzguéis…” no es sólo una norma moral, es también una regla basada en la íntima estructura natural del hombre. El hombre es evidentemente libre, pero esta libertad no es sólo un don de Dios, es un don de Dios, es un don, un esfuerzo y una victoria que se le exige en cada momento, a pesar de lo dicho la voluntad tiene la propiedad de poder concentrarse sobre sí misma y lanzarse hacía una dirección determinada por motivos puramente racionales. Entonces es cuando aparece más desligada de las influencias externas, aunque no del todo, ya que la conciencia de estos motivos no puede desligarse completamente de la formación anterior. No obstante, son estos los actos de la voluntad de mayor pureza como tales.

La gracia es superior al hombre, por su misma naturaleza es sobrenatural. La constitución, la formación y la voluntad sufren su decisiva influencia. Las dos primeras se purifican y se ven iluminadas por insospechados aspectos y la segunda siente la llamada de Dios que la atrae con suave forcejeo. El hombre natural se convierte en Hijo de Dios por adopción. El cambio es tan maravilloso que es inútil querer precisas aquí más su significado.

Según cuales sean los factores más influyen en la realidad presente del hombre, tendremos:

Constitución - formación - hombres temperamentales

Voluntad - hombres de carácter

Gracia - cristianos

No quiere esto decir que un nombre temperamental o de carácter, no pueda ser también cristiano en el sentido estricto, o hasta jurídico de la palabra, sino que la característica “cristiano” resaltará más que las restantes únicamente cuando el factor gracia adquiera tal importancia que sea capaz de dar su sello inconfundible a todo el ser y sus obras.

Precisemos aún más: 

El hombre temperamental es y parece ser lo que es.

Es como un lingote de metal, que puede ser de diversas calidades, pero es igual tanto al exterior como en la más escondida de sus moléculas.

El hombre de carácter se “ha trabajado” a sí mismo, y hasta es posible que su íntima naturaleza esté recubierta de una eficiente capa de oro, tan eficiente que le permita ganar algún premio Nobel de los que (de vez en cuando) son entregados por el Rey de Suecia.

El cristiano es el que sabe lo que es latón, lo que es hierro y lo que es oro, e intenta ser oro en todas sus dimensiones. Es el único que va a obtener algún premio Nobel de los que dará Dios en el Valle de Josafat.

El temperamental es sin preocupaciones ni problemas internos.

El hombre de carácter se esfuerza en parecer, incluso ante sí mismo.

El cristiano intenta ser, de acuerdo con la palabra de Dios que llega a su alma.

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