La tarde del 25 de abril, día en que empezaron las II Conversaciones de Cala Figuera, era un gozo ver como llegaban a la cita un "montón de amigos", venían de muy distintos y diferentes lugares, pero todos con el mismo afán: profundizar en el conocimiento y el manejo de este instrumento providencial que Dios ha puesto en nuestras manos: los Cursillos de Cristiandad.
Ya empezábamos a saborear el percibirnos los unos a los otros como imagen viva de Dios, pues eso somos si nos contemplamos con suficiente profundidad.
Como en el cursillo "todo estaba previsto", preparados todos y preparado todo para que todo resultara un nuevo éxito del Señor. Todos estábamos llenos de ilusión, de entrega, y de un gran espíritu de caridad. Habían llegado la mayoría, los demás llegarían a la mañana siguiente.
Y yo, antes que llegara la mañana, repetidas veces durante la noche acariciaba la esperanza de poder, por lo menos, saludar a todos y departir con los más posibles, para recordar aventuras apostólicas vívidas y compartidas con ellos en sus respectivos países, gustando en común el gozo de la fe y hablando de la alegría de contagiarla.
Pero por lo a mi respecta, los planes del Señor eran otros. ¡Quien iba a pensarlo! A la mañana siguiente, durante la meditación, me sentí algo indispuesto y durante la misa, hice todo lo posible para no dar un espectáculo, pero una vez terminada, tuve que retirarme en mi habitación porque me sentía francamente mal. Llamaron a un médico y después a otro y los dos fueron del parecer de ingresarme en el cercano "Hospital de Muro", donde tuve que permanecer hasta la tarde del domingo, último día de las Conversaciones.
Durante el tiempo que permanecí en cama, fui objeto de un sin fin de atenciones por parte de todos, que nunca podré agradecer bastante.
Dejando por algún espacio de tiempo el agradable clima de las Conversaciones, algunas mujeres cursillistas se turnaron - hasta día y noche - para atenderme.
Nunca pensé que mi "particular y personal intendencia" para pedir a Dios el éxito espiritual y apostólico de las II Conversaciones de Cala Figuera, tuviera que ser de esta clase.
Una vez más experimenté en vivo y en directo, aquello que tantas veces nos resulta incomprensible en boca del Señor: "Mis caminos, no son vuestros caminos", y le dí gracias porque, aunque contribuí de manera tan desconcertante y hasta pintoresca, para mí, las II Conversaciones de Cala Figuera, fueron un nuevo éxito del Señor. Y éste era el objetivo que, gracias a Dios, se cumplió
Lo que sucedió al finalizar el último día en el Pueblo Español, soy el menos indicado para relatarlo, solo cabe decir: "No a nosotros Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre sea dada toda la gloria".
Eduardo Bonnín