Es una pena, aunque no lo parezca, ser el único testigo ocular de ciertos sucesos acaecidos de los cuales, sin propiciarlos ni desearlos, he tenido que ser el principal protagonista.
Es algo muy parecido a estas novelas policíacas en que hay un solo testigo del crimen y por muchas razones, todas muy comprensibles, los autores intentan no hacerlo desaparecer, en este caso que nos ocupa, pues se trata de “buena gente”, sino de construir un muro de silencio que le aísle de toda comunicación oficial.
Se ha dicho que la Historia la escriben siempre los vencedores. En este caso se ve uno obligado a relatar lo sucedido por ser el único superviviente.
Como los hechos se tergiversaron desde un principio por gente de autoridad, sin duda más por mala información, más o menos interesada, que, por mala intención, pretendiendo que la primigenia idea del Movimiento de Cursillos de Cristiandad fuera clerical y no seglar.
Defender la verdad de este hecho incuestionable que altera toda la perspectiva y el enfoque del Movimiento de Cursillos de Cristiandad entiende que es un deber de conciencia y un servicio a la verdad, aunque defendiéndola, corra el peligro de parecer que quiero erigirme en fundador y protagonista único de unos hechos en que no intervino nadie más que yo.
No me parece buena la defensa personal, ya que tarde o temprano resplandece la verdad y no necesita que los humanos intentemos ponerle flotadores.
Siempre he tenido cierta repugnancia al tener que hablar de mí. Sobre todo, desde que vi en un café, un letrero que decía “No hables tanto de ti mismo, cuando te vayas, ya lo haremos nosotros”.
Esta postura me ha llevado a emplear siempre el nosotros, al relatar algo de Cursillos, empleando el plural mayestático, cuando debería haber empleado el singular, para no mentir. He oído decir que por cada mentira hay que estar siete años en el purgatorio, menos mal que esto no debe ser verdad en buena teología.