Evidentemente, hay muchas clases de personas, pero hay una división importante, que puede observarse en la realidad por poco que se piense.
Las personas son como las plantas, las hay que para desarrollarse y crecer tienen que estar dentro de la casa.
Y otras que tiene que estar a la intemperie, pues dentro de la casa, se mustian y acaban por morirse.
Estas dos clases de plantas tienen que cultivarse adecuadamente para que den su flor o su fruto o las dos cosas.
De los seglares podíamos hacer una división igual. Todos son Iglesia y tienen que sentirse Iglesia, pero algunos se sienten en su salsa cuando los llaman para servir a la parroquia, e incluso si tienen algún cargo en ella: ser de la Junta Parroquial, leer las lecturas, preparar la misa, pasar la bandeja, etc.
Otros hay, que, si tuvieran que hacerlo por necesidad, lo harían, pero se sentirían muy violentos al hacerlo. Sin embargo, en el mundo, en su mundo, cuando viven en gracia, se mueven con naturalidad y hablan de Cristo y de lo cristiano de una manera que siempre cae bien a los demás, hasta parece que tienen el don de la oportunidad.
Los dos son importantes, pero estos últimos son los que impresionan a la gente, tal vez no tengan el don de la constancia, por eso es por lo que tanto unos como otros, como todos, necesitan un cauce de amistad para sentirse acompañados y preservar.
Lo importante es que unos y otros aprendan a aprender a admirarse, que es una dimensión visible del dogma de la comunión de los santos, la admiración de los santos.
Ni unos tienen que sentirse los amos de la parroquia, ni los otros los amos del mundo.
Eduardo Bonnín Aguiló