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20/MAR/2026
Las heridas
Las heridas más profundas suelen venir de las personas y, muchas veces, de interpretaciones erróneas. El camino para sanar pasa por el acercamiento, la sinceridad y el diálogo. Evitar prejuicios y chismes ayuda a no alimentar conflictos y a favorecer la comprensión y la paz.

Los hombres en la ruta de su vida a veces son lastimados por las personas, los acontecimientos o las cosas. Las heridas que más duelen son las producidas por las personas, sobre todo cuando suponemos que hay intención de hacernos daño (clara intención de herirnos) no siempre acertamos al dar así por supuesta la intención, pues podría muy bien ser otra.

Las antipatías, como las simpatías, son mutuas y recíprocas. Si alguien te cae gordo es posible que a ese alguien le ocurra lo mismo que a ti contigo. El camino más rápido para despejar las nubes de los malentendidos y las tergiversaciones es el acercamiento, la sinceridad y el esclarecimiento.

Cuando se toma el camino inverso, la persona se aísla, ve fantasmas y todo se enreda. El lío mayor se produce cuando con el pretexto de ayudar, se “compadece” al que se siente agraviado, fomentándole directa o indirectamente sus posturas amargas. El cultivo y engorde de esta clase de “piojos” puede devenir en catastróficas plagas que, sino se cortan de raíz causan enojosos estragos.

Cuando nos cuentan un chisme, si es la víctima del chisme la que lo cuenta, nunca hace de él una fotocopia exacta, sino una desmadrada ampliación. Ello da una visión falsa que puede llegar a falsear o a dar como falsas muchas cosas.

Cuando alguien nos cuenta algo de alguno, hemos de procurar quitar hierro, apagar fuego, remansar encrespamientos, serenar actitudes. Cuando se da toda la razón a quien nos cuenta algo menos bueno de alguien le catapultamos a un sin fin de sinrazones que tarde o temprano nos va a doler, haber, quizás ingenuamente, provocado.

El engorde de prejuicios ajenos suele ser manantial – a veces caudaloso- de muchos líos. 

Esto no quiere decir que tengamos que echar un cubo de agua fría para quitar la temperatura alta de una confidencia que nos haga con el calor y hasta el ardor apasionado del que necesita sin falta ser escuchado, comprendido y sostenido. Un corte en una circunstancia así podría guillotinar muchas ilusiones y echar a rodar un sin fin de esperanzas siempre posibles.

A veces el que nos hace la confidencia nos hace ser testigo de sus dudas, de sus vacilaciones y de sus luchas, aquello es el lugar donde se cuece su criterio, viene a ser una radiografía de la digestión de su pensamiento antes de entrar en el horno de su definitiva reflexión, mientras no llegue a tomar uno de los tres caminos: ser, querer ser o dolerse de no ser.

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