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23/ABR/2026
El Cursillo, un proceso de amistad
Proceso de amistad vivido en precursillo, Cursillo y postcursillo, que impulsa la conversión personal. A través de la cercanía y el detalle, invita a conocer a Cristo, aceptarse, crecer y caminar acompañado, descubriendo a los demás como valiosos.

Un proceso de amistad que empieza en el precursillo, se cuece en el cursillo y se continúa en el postcursillo.

El Cursillo es también un proceso de conversión.

La amistad se hace el cauce de este proceso.

El Cursillo es un proceso personal para conocer a Cristo desde el método de la amistad.

El Cursillo es también testimonio de Cristo con ofertar de amistad, lo contrario sería una estafa.

El árbol de la amistad no tiene que cultivarse ni por sus frutos, ni por su sombra, sino por sus flores.

La flor de la amistad es el detalle, que florece de una atención desinteresada hacia al hermano próximo, cercano.

El mandamiento de amar al prójimo es hacerse amigo del cercano.

Ser amigo del cercano es una de las pruebas que más prueban que se ha comprendido el mandamiento de amarnos los unos a los otros, ya que la convivencia con el cercano supone conocer sus defectos y no tenerlos en cuenta y hasta saberlos olvidar, pues, así como la amistad crea cercanía, la cercanía raras veces crea amistad.

Amar al lejano es altruismo difuso, amar al próximo, supone aceptar y encajar con alegría sus defectos y dar brillo a sus cualidades.

El Cursillo propicia el aceptarse como uno es, da a comprender que siempre puede ser uno mejor y facilita el hacer el camino en compañía.

Porque el Cursillo es un encuentro de cada uno consigo mismo, descubriéndose como persona y por tanto con capacidad personal de convicción, de decisión y de constancia.

Un encuentro con Cristo vivo, normal y cercano.

Y un encuentro con otras personas concretas, próximas, amadas y valoradas por Dios, como nosotros mismos. En esto consiste su dignidad y hasta su grandeza.

El Cursillo es un proceso de acercamiento de las personas para aprender a escucharlas, a conocerlas y a admirarlas porque Cristo está en ellas, en positivo por la gracia, o en negativo por la falta de ella.

El listo en ejercicio sabe descubrir lo bueno de cada uno y aprende a cubrir lo menos bueno de los demás. Alegrándose con los que se alegran y compartiendo los avatares de su vivir, entendiendo aquello de que los amigos tienen que ser como la sangre, acude al menor rasguño.

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